|
Eduardo Ulibarri |
fg fdg
El 13 de octubre, cinco días después de que la Academia Sueca concediera a Herta Müller el premio Nobel de Literatura, por usar “la concentración de la poesía y la objetividad de la prosa” para dibujar “los paisajes del desamparo”, un tribunal de Moscú desestimó la denuncia planteada por un nieto de José Stalin contra el diario Novaya Gazeta , que meses atrás había divulgado atrocidades del exdictador soviético.
Ambas decisiones carecen de vinculación fáctica alguna. Sin embargo, se unen alrededor de una sutil relación simbólica, tejida por el eco de dos valores indispensables para la integridad individual y la identidad colectiva: el arte como redención y la memoria como acicate.
Por esto, su coincidencia temporal adquiere un significado que la trasciende, y que se torna particularmente revelador cuando el mundo celebra dos décadas de uno de los hechos más estimulantes del siglo XX: la caída del Muro de Berlín, tenebroso emblema del totalitarismo que padeció Müller y multiplicó Stalin.
La autora. Müller nació en Nitzkydorf, comunidad germanohablante de Rumanía, en 1953. Para entonces, su madre, deportada en 1945 a un campo de trabajos forzados en la Unión Soviética, ya había regresado al país. Pero, al igual que Herta desde su nacimiento, se encontró con los rigores del estalinismo impuesto desde Moscú.
Su filigrana represiva había sido insertada en todos los resquicios de la sociedad rumana por el dictador Gheorghe Gheorghiu-Dej, y fue consolidada con perversa devoción por Nicolás Ceaucescu, a partir de 1965.
En tierras bajas fue el primer libro de Müller. Censurado en 1982, apareció dos años después en Alemania. Luego siguieron otros, cuya tónica y vigor, como el primero, son la revelación, desde un oficio literario impecable, de la intolerancia, la marginación, la corrupción y el ahogo cotidianos en la dictadura.
Müller fue víctima y representante de un doble exilio: el interior, forzado por la dictadura circundante, y el exterior que, en 1987, la condujo a Alemania, cuando ya no pudo soportar el primero.
Su uso del alemán como lengua de autor, no solo es resultado de la impronta cultural de su familia. También podemos verlo como una escogencia deliberada para marcar distancia emocional e intelectual con la cruda realidad rumana: un testimonio más, y claramente visible, de su marginación interior, y de la palabra como tabla de salvación.
En declaraciones posteriores al premio, Peter Englund, secretario permanente de la Academia Sueca, comentó que la singularidad de Müller descansa, precisamente, en utilizar un lenguaje minoritario mientras padecía en una sociedad oprimida.
El 9 de noviembre de 1989, dos años después de su exilio físico, cayó el Muro de Berlín. En la Navidad de ese año, Ceaucescu y su esposa fueron ejecutados tras una incontenible rebelión popular y el comunismo sucumbió en Rumanía. Con él se desplomó también el muro interior que había encerrado a la escritora.
A 20 años de esos históricos acontecimientos, es muy probable que, con el Nobel, se haya querido honrar tanto el sólido valor literario de Müller, como la tensa fibra ética que atraviesa su obra.
Con ambos recursos, la autora explora, expone, denuncia y también recuerda el envilecimiento que conduce a la exclusión, y revela la fuerza redentora de la literatura; su capacidad para fortalecer al individuo frente a los engranajes totalitarios y para imprimir hondas huellas en la memoria colectiva.
El dictador. La querella del nieto de Stalin contra el periódico moscovita fue una acción en sentido contrario: un intento por ocultar el horrendo legado del dictador; por evitar que, desde los hechos probados de la historia, el recuerdo permita a los rusos un claro ajuste de cuentas con ese ser despiadado y con el sistema desde el cual diseminó su maldad.
El artículo del diario, escrito por el periodista Anatoli Iablokov, denunció lo que ya se sabía, pero poco se había discutido abiertamente en su país: que en 1940, tras repartirse Polonia con Adolfo Hitler, Stalin había firmado personalmente las órdenes de ejecución (asesinato) de miles de prisioneros de guerra polacos en el bosque de Katyn, Rusia.
Fue una masacre vil y tristemente simbólica, pero tenue a la luz de las políticas de persecución y exterminio que caracterizaron todo el régimen de Stalin, a partir de la muerte de Lenin, en 1924, y hasta la suya, en 1953.
En La revolución inconclusa: Rusia 1917-1967 , el historiador polaco Isaac Deutscher escribió que “el estalinismo puede ser descrito como una amalgama de marxismo con el atraso primordial y salvaje de Rusia”.
Ignacio Sotelo, profesor español de universidades alemanes, es más agudo y abarcador en su juicio. En su libro Del leninismo al estalinismo (1976), caracteriza a este último como “la reducción del marxismo a los condicionamientos del subdesarrollo, lo que implica la sustitución de la clase obrera por la burocracia, pero ocultando esta sustitución por medio de una congelación dogmática y simplificación burocrática del marxismo”.
El sistema. Sin embargo, esa aberrante adaptación del marxismo a un entorno distinto al pensado por Marx, precedió y sucedió a la dictadura de Stalin. Sin Marx y su pretenciosa e insensible doctrina determinista, no habría existido Lenin, con sus soviets, comisarios y asesinatos en nombre de la “historia”; sin él y sus estrategias, nunca habría surgido Stalin y, sin este, nunca se habría extendido el dominio soviético sobre Europa oriental y central.
Es decir, el estalinismo no puede considerarse un accidente en la evolución del marxismo “real”, sino una un resultado orgánico de este último, congruente con su naturaleza dogmática. Por algo el régimen totalitario (aunque más cuidadoso e institucionalizado), fue la constante del poder soviético hasta la implosión de la URSS, en 1991.
Una vez que la congelación y simplificación que menciona Sotelo se enraizaron en la cabeza del imperio, la consecuencia fue su traslado a los dominios adquiridos tras la Segunda Guerra Mundial; entre ellos, el pueblo que vio nacer a la escritora y el Berlín dividido por el Muro.
La redención. El revés judicial del nieto de Stalin, empeñado en penalizar un ejercicio periodístico de honestidad histórica, es modesto frente al premio de Müller y, sobre todo, la caída del Muro. Pero no por ello su significado pierde importancia para Rusia: refleja una necesaria disposición para escarbar en el pasado y, desde allí, entender mejor el presente y asimilar lecciones para el futuro.
El propio presidente ruso, Dimitri Medvedev, apartándose de la amnesia cómplice de su predecesor, mentor y hoy primer ministro, Vladimir Putin, declaró que era imposible justificar a quienes habían exterminado a su propia gente.
“Intentar recordar el pasado es como tratar de entender el significado de la existencia”, ha escrito Joseph Brodsky, poeta ruso expatriado a Estados Unidos y ganador del Nobel en 1987, en su ensayo Menos que uno .
Brodsky, Müller y tantos otros autores víctimas de los rigores totalitarios, conocen mejor que nadie la capacidad esclarecedora de la memoria y la fuerza liberadora de la palabra, sobre todo aquellas que, desde los impulsos éticos y el depurado oficio literario, nos confrontan con la naturaleza humana.
Por esto, a pesar de las censuras, con sus obras generaron importantes cuotas de redención individual y colectiva frente al totalitarismo marxista, y han dejado un legado esencial para el futuro.
En su conferencia al recibir el Nobel, Brodsky dijo: “Si el arte enseña algo (al artista, en primer lugar) es la privacidad de la condición humana (…) En el universo de los ceros en que los campeones del bien común y los amos de las masas tienden a operar, el arte (…) transforma cada cero en un pequeño, aunque no siempre bello, rostro humano”.
He aquí al gran poder de la literatura, asida a la memoria, frente a la dictadura. Al conmemorar la caída del Muro, es un legado, casi eterno, que debemos resaltar.
FOTOS

![]() |
EN VELA | ![]() |
EN GUARDIA | |
| JULIO RODRÍGUEZ | JORGE GUARDIA | |||
![]() |
LETRAS DE CAMBIO | ![]() |
OJO CRÍTICO | |
| LUIS MESALLES | RODOLFO CERDAS | |||
![]() |
ENFOQUE | ![]() |
POLÍGONO | |
| JORGEVARGAS | FERNANDO DURÁN | |||
![]() |
TAL CUAL | ![]() |
ENTRE LÍNEAS | |
| ALEJANDRO URBINA | ARMANDO GONZÁLEZ |
| SERVICIOS |
|
En tu Celular |
|
En tu PDA |
|
Noticias por email |
|
RSS |
|
Fax |
|
Horóscopo |
|
Cartelera de cine |
| QUIENES SOMOS | | GRUPO DE DIARIOS DE AMÉRICA | | ESTADOS FINANCIEROS | | ANÚNCIESE | | TARIFARIO | | TRABAJE EN LA NACIÓN |
|
© 2009. GRUPO NACIÓN GN, S. A. Derechos Reservados. Cualquier modalidad de utilización de los contenidos de nacion.com como reproducción, difusión, enlaces informáticos en Internet, total o parcialmente, solo podrá hacerse con la autorización previa y por escrito del GRUPO NACIÓN GN, S. A. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.com Apartado postal: 10138-1000 San José, Costa Rica. Central telefónica: (506) 2247-4747. Servicio al cliente: (506) 2247-4343 Suscripciones: suscripciones@nacion.com Fax: (506) 2247-5022. CONTÁCTENOS |
|||||