LN OPINIÓN

Costa Rica, Viernes 6 de noviembre de 2009

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Delin Cuente y su permiso de portar armas

 Le tomó siete semanas y ¢320.000, pero pronto olería la sangre de su víctima…

Gerente de operaciones, Fundación Costa Rica-Canadá

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TAMAÑO

Ese día, el señor Cuente despertó un poco antes de lo usual, estaba ansioso, un poco exaltado y sudaba frío copiosamente; había amanecido con inmensas ganas de matar, de halar el gatillo, tal y como lo describió uno de los asesinos del caso del casino en Escazú.

Se incorporó rápido de la cama y se propuso hacer todo lo que estuviera a su alcance para satisfacer sus ansias homicidas. Si bien le sobraban ganas de actuar, estaba en una difícil posición, ya que no tenía arma ni permiso, ni sabía disparar, ni nada. Entonces comenzó su búsqueda.

Lo primero que hizo fue entrar en la página de Internet del Ministerio de Seguridad Pública (MSP) para saber cuáles eran los requisitos y condiciones para obtener un arma. Ahí, después de sondear la página, llegó a la parte que buscaba: “Requisitos para la portación e inscripción de armas de fuego”.

Paso a paso. Hizo una lectura atenta y exhaustiva de todo lo que ahí decía, ya que él es muy meticuloso. Encontró que para poder tener su arma asesina requeriría primero hacer un examen teórico-práctico que lo hace el departamento de Control de Armas y Explosivos del citado Ministerio. Además, tendría que pasar por una prueba científica para comprobar su idoneidad psicológica. Ese fue su segundo paso. Al día siguiente, se decidió por ir a San José y visitar cuanta armería encontrara. ¿Cuánto costarán? ¿Qué será mejor, pistola o revólver? ¿O acaso una escopeta? Visitó una, dos, tres, cuatro y hasta ocho armerías; no quería dejar nada al azar.

El siguiente día su objetivo eran los polígonos, ya que, según pudo confirmar, ahí es donde se realizan las pruebas requeridas. Llamó al 113 y consiguió los números de cuatro polígonos. Llegó la fecha de su curso, apenas tres semanas después de iniciar su periplo homicida, pues logró un campo dejado por otro postulante. Ese domingo, después de conocer lo básico de la Ley de Armas y Explosivos, hacer un repaso de las reglas básicas de seguridad, conocer los fundamentos de tiro y realizar unos cincuenta disparos de práctica, desembolsó sus primeros treinta mil colones, la tarifa más baja que pudo encontrar por el curso.

Una semana después correspondían las pruebas definitivas. Mientras esperaba su turno para la prueba práctica, se acercó al psicólogo para realizarse la temida prueba científica; sin embargo, fue más el susto que otra cosa, ya que con unas preguntas muy básicas, el psicólogo quedó satisfecho y le firmó y selló su examen; eso sí, medió el desembolso de treinta mil colones más.

Pasado el tiempo indicado, llegó a las seis de la mañana al departamento respectivo del MSP para retirar sus resultados. Después de cuatro horas de fila y espera, los tenía en sus manos, ahora nada le impediría ir de inmediato a la armería escogida para seleccionar su arma. Una hora después ya estaba ahí y aunque tenía varias pistolas y revólveres a su disposición, ya estaba decidido, su escogido era un revólver brasileño, 38 especial, que según le dijeron era seguro, confiable y no tan caro como otros. Se acercó a la caja y pagó doscientos treinta mil colones por su revólver, el cual la próxima vez que viera, sería para llevárselo definitivamente.

Todo listo. La semana transcurrió lento, pero el esperado día llegó. Otras cuatro horas de fila, foto para el carné y unos minutos después fue llamado a la ventanilla para retirar su permiso de portación y su comprobante de inscripción del arma. Tomó el primer taxi que vio y se dirigió de nuevo a la armería. Una vez verificados los requisitos, su arma le fue entregada y sus ojos brillaron. Ya estaba listo. Compró una caja de tiros, de los que canta Pedro Navaja , en diez mil colones y se fue a su casa. Estando allí estalló en risa eufórica. Es cierto, le tomó siete semanas y trescientos veinte mil colones, pero ya estaba, pronto olería la sangre de su víctima. Pensó en comprar un six pack de cerveza para celebrar cuando, en la noche, hubiera estrenado su arma en alguna oscura esquina de San José. Un fuerte golpe en la calle y la luz del sol entrando por la ventana despertaron a Delin Cuente. Se percató por lo tanto de que todo había sido un mal sueño y comenzó a reír, sobre todo del MSP y sus políticas restrictivas para el otorgamiento de permisos. Abrió una gaveta y escogió cuál de todas sus armas usaría esa noche. Daba lo mismo, de por sí todas eran robadas, no estaban inscritas, él no tenía permiso, ni lo necesitaba y su única práctica de tiro en la vida había sido con sus víctimas. Se levantó y mientras tomaba un café amargo, pensó que lo único que haría realidad de su sueño sería comprar las cervezas.

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