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Página QuinceMario Madrigal | papasil@ice.co.cr |
Escritor
Por esas cosas curiosas que ocurren en muchas familias, incluyendo viudez y varios matrimonios, mi familia más cercana estaba compuesta por personas de diferentes apellidos. Teníamos, entonces, dos primos Picado y dos Arrieta. De los primeros recuerdo en especial a Teodoro Picado, siempre muy cercano a nosotros y asiduo visitante de nuestra casa, aun durante el período durante el cual ejerció la Presidencia de la República.
Del apellido Arrieta tengo la imagen de dos hermanos, Teresita y Víctor Manuel, a quien recuerdo siempre de sotana ya que era un sacerdote católico. En la familia casi todos le decían “Padre” y luego, cuando fue ascendido a Monseñor “Monsi”. Para mí fue siempre Víctor, mi primo cercano, mi amigo y compañero de algunas aventuras.
Acostumbrábamos a hacer algunos paseos dominicales, casi siempre a alguna montaña no muy lejana o a un río de, en aquellos tiempos, aguas puras y transparentes. Para evitar la lluvia, Víctor siempre pedía una salida temprana, pero, al encontrar la resistencia de quienes, sobre todo las mujeres, alegaban la obligación de la misa de ocho, el primo Arrieta, con su autoridad religiosa, los eximía de esa obligación y les ofrecía, en cambio, un rezo en el verde y suave césped o debajo de algún frondoso árbol.
En una ocasión hicimos un paseo mucho más largo, a una finca que tenía un tío más allá de San Isidro de El General. Íbamos Víctor, un invitado de él, un sacerdote mucho más joven, creo que de apellido Coto y yo. La carretera llegaba unos cuantos kilómetros más allá de Cartago y de ahí en adelante había que ir a caballo, en lo que duramos más de 12 horas. Un guía nos llevaba por trillos entre helechos gigantes y árboles que parecían tocar el cielo, acompañados por tábanos que volvían locos a los caballos. Fueron horas de montaña cerrada, de inmensidad y de ruidos extraños.
Al llegar a San Isidro de El General, nos encontramos un pueblo del oeste de los Estados Unidos con la cantina-prostíbulo como centro de reunión. El sacerdote más joven entró a comprar un poco de pan, ya que teníamos muchas horas de no probar bocado. Como no llevaba ningún signo religioso, fue asediado por todas las prostitutas, que le ofrecieron todos los encantos del mundo por unos pocos colones. Su rubor –aumentado por las burlas del sacerdote mayor– duró hasta que llegamos al final de nuestro viaje.
Cuando me casé, Víctor obviamente presidió la ceremonia religiosa solicitada por mi novia, ya que yo no era creyente. Pasamos la luna de miel en la casa campesina que mi primo había heredado de sus padres en una colina de Escazú. De ahí en adelante a menudo llegaba a cenar con nosotros, con la esperanza de que tuviéramos olla de carne.
Cuando lo nombraron director del Eco Católico, me pidió algunas colaboraciones sobre temas no religiosos. Él escribía muy bien y firmaba sus escritos con el seudónimo Ludovico . Luchó hasta que logró fundar un hogar para los sacerdotes ancianos.
Fue discreto y solo una vez me enfrentó por mi agnosticismo. Hablamos un par de horas sobre temas religiosos, escuchó mis argumentos con paciencia y sabiduría y nunca más volvimos a tocar el tema.
Honestidad. Fue honesto en todos sus actos y nunca se aprovechó de su condición eclesiástica para obtener ventajas económicas y más bien distribuyó los pocos bienes que había recibido de sus padres entre las personas más necesitadas.
A través de los años, he escrito muchas veces contra los privilegios de la Iglesia Católica, contra la inmensa fortuna que maneja sin dar cuenta a nadie y sin usarla, como sería lógico, para aplacar la miseria que existe en nuestro país y contra muchos otros vicios de algunos altos jerarcas de esa institución, pero estoy seguro de que existen muchos humildes sacerdotes que cumplen con sus deberes y sacrifican muchas ventajas económicas y placeres mundanos para ayudar a sus feligreses.
Uno de ellos fue un primo mío, de apellido Arrieta, que vivió una vida austera, sin hacer daño a nadie y entregándose siempre a una vocación que consideraba útil y necesaria para sus semejantes.
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