Periodista
Ayer, mientras entrevistaba a Rónald González, el técnico de la Selección Sub-20 que nos enorgulleció a todos en el pasado Mundial de Egipto, donde quedó cuarta, este despertó mi curiosidad al decir que los egipcios invirtieron $4 millones (¢2.340 millones) en toda la preparación de su combinado.
¿2.340 millones?, me dije, y de inmediato lo comparé con los ¢297 millones que gastó la Federación de Futbol en nuestra Sub-20.
Al poner ambas cantidades en una balanza no hay que ser Pitágoras para saber el resultado, pero si resulta extraño que los ticos eliminaran a los anfitriones de su propia Copa del Mundo.
¿Dónde estuvo la diferencia?, ¿cómo un equipo que gastó casi 10 veces menos que su rival, lo dejó vencido y llorando en la cancha?
La respuesta no es cuestión de números ni de plata, la respuesta está en las ganas que tuvieron todos los integrantes de la Sub-20 para sobresalir y triunfar.
Aquellos muchachos se aferraron al corazón para demostrar al país que no hay obstáculos grandes, sino temores enormes.
Decía la mamá de Lance Armstrong: “Convierte tus obstáculos en oportunidades”, y eso fue precisamente lo que hizo el ciclista tejano para vencer al cáncer y luego ganar siete Tour de Francia.
“Yo creía que subir los Alpes era difícil, pero nada en comparación con el cáncer”, dijo Lance.
Me imagino que así fue con la Sub-20 cada vez que un obstáculo asomaba, los jugadores lo tomaban como un chance para decir al mundo futbolero: aquí estamos.
Y ahora le toca el turno a la Selección Mayor, esa que está a punto de disputar la serie de repechaje ante Uruguay, un rival, a todas luces, de mayor abolengo y riqueza futbolística que nosotros.
Nosotros no tenemos un Diego Forlán, un Luis Suárez o un Diego Lugano, pero sí tenemos un Bryan Ruiz, un Celso Borges y un Dennis Marshall, pero sobre todo, tenemos ganas de triunfar.
Acá no hay apellidos ni contratos multimillonarios que valgan, no existe plata ni prestigio que compren las ganas de destacar.
Eso se lleva en el corazón, y, que yo sepa, todos tenemos uno.
Así que, aunque Uruguay se muestre como un rival complicadísimo, tengo fe de que podemos sobrepasar este obstáculo.
Así como aquellos chiquillos ticos callaron un estadio con 75.000 egipcios en octavos de final, así nuestros “viejos” pueden hacer lo mismo con los charrúas.
Para mí, y estoy totalmente seguro que para Lance Armstrong, solo es cuestión de ganas.
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