LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 31 de mayo de 2009

/OPINIÓN

Eduardo Ulibarri

Cuba a la OEA

 Debe volver, pero respetando la Carta Democrática Interamericana

periodista

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Es necesario que Cuba regrese pronto a la OEA, pero no por la hendija de las triquiñuelas ideológicas o la diplomacia cómplice y oportunista, sino con apego a las normas, procedimientos y esencia del Sistema Interamericano.

Y si algún valor constituye el corazón de ese sistema, es el respeto a la libertad y la democracia, y a su ejercicio representativo como forma de hacerlas realidad. Son fundamentos sobre los que no caben concesiones.

“La misión histórica de América es ofrecer al hombre una tierra de libertad”, dice, en su primera línea, la Carta de la Organización de los Estados Americanos, suscrita en Bogotá en 1948, y añade: “La democracia representativa es condición indispensable para la estabilidad, la paz y el desarrollo de la región”.

Claros detalles. La Carta Democrática Interamericana, adoptada en Lima en el 2001, es aún más explícita y enérgica. Dispone que “los pueblos de América tienen derecho a la democracia y sus Gobiernos la obligación de promoverla y defenderla”; también, que “el ejercicio efectivo de la democracia representativa es la base del Estado de derecho”.

Y para que no existan dudas sobre qué entiende por representatividad democrática, enuncia claramente sus elementos; entre otros: “respeto a los derechos humanos”; la “celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal”, y la existencia de un “régimen plural de partidos… y la separación e independencia de los poderes públicos”.

Más adelante declara que “la ruptura del orden democrático” constituye “un obstáculo insuperable” para que un gobierno participe en las instancias políticas de la OEA. Por esto, su Asamblea General podrá suspenderlo mediante votación de dos tercios.

Lo anterior no quiere decir que los 34 miembros activos de la OEA se apegan rigurosamente a los principios de ambos documentos.

Verdad histórica. Hubo épocas en que la mayoría de sus integrantes eran dictaduras militares, oligárquicas o corporativistas.

En la actualidad, un puñado de Gobiernos populistas autoritarios, más lejanos que cercanos a la Carta Democrática, despliegan una intensa labor en la OEA.

Incluso, la suspensión de Cuba, en 1962, no se fundamentó explícitamente en su régimen totalitario, sino en su adhesión al marxismo-leninismo, que resultaba “incompatible con los principios y propósitos del Sistema Interamericano”.

El marxismo-leninismo, como bloque o sistema, no existe; Cuba, por su extrema debilidad, no representa una amenaza real a la soberanía de otros Estados, y todos los Gobiernos del hemisferio, excepto El Salvador y EE. UU., mantienen relaciones diplomáticas con la Isla.

¿No es esto suficiente para que regrese de inmediato a la OEA, y que la decisión se tome, como han pedido Nicaragua y Honduras, en la Asamblea General que se celebrará en este último país a partir del martes próximo?

De no existir la Carta Democrática, la respuesta, dentro de un oportunismo jurídico-diplomático desdeñoso de los derechos humanos, podría ser positiva. Si antes estuvieron Trujillo, Duvalier, Pinochet y Stroessner, ¿por qué no uno de los Castro?

Carta vigente. La gran diferencia es que la Carta Democrática está vigente, por decisión unánime de los Estados de la OEA. Y, aunque es difícil medir sus efectos, hay indicios para suponer que ha servido para contener los peores ímpetus autoritarios de algunos gobernantes latinoamericanos.

Admitir sin condiciones al único Gobierno que, de manera explícita, sistemática y abierta, reniega de la democracia representativa, impide las elecciones libres, conculca las libertades básicas de la población y ni siquiera ha pedido regresar a la Organización, sería catastrófico.

Implicaría condenar la Carta –y, con ella, a la OEA– a la irrelevancia y adoptar la hipocresía jurídica como norma de conducta hemisférica; es decir, renegar en la práctica de lo que se impulsa en la prédica.

Lo que se impone es promover el regreso de Cuba a partir de compromisos concretos, crecientes y verificables de respeto a la libertad, la democracia y los derechos humanos.

Para lograrlo, sin embargo, se necesita un tipo de diplomacia recta, visionaria, coordinada e inteligente que, hasta ahora, las grandes democracias de América Latina no han podido impulsar. He aquí otro serio problema del Sistema Interamericano.

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