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Costa Rica, Domingo 31 de mayo de 2009

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Página Quince

Martín Santiváñez Vivanco

Vargas Llosa y laVenezuela secuestrada

 Hay que arrancar de cuajo la herencia del fusil

Martín Santiváñez Vivanco es director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas (www.fundacionmaiestas.org)

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La libertad siempre es subversiva. Y la inteligencia más, si me apuran. Allí donde el estrecho corsé del autoritarismo y la insensatez de la tiranía ejercen su dominio, el hombre libre se convierte, pronto, en un elemento extraño, un templo presto a ser profanado, un enorme peligro que la Gestapo de turno debe doblegar, aut concilio aut ense .

Por eso, no sorprende para nada lo acontecido con Álvaro Vargas Llosa en la Venezuela del comandante Chávez. Si algo caracteriza la trayectoria intelectual del joven Vargas Llosa es su viejo compromiso moral con los principios de la democracia. Cuando estuvo en política no dudó en perder el favor de presidentes y congresistas, académicos y rabdomantes si en juego estaban los fueros de la poliarquía. Esta entereza de carácter y la precisión de sus argumentos lo legitiman para criticar cualquier régimen que se vanaglorie de un socialismo estrecho emparentado con Beria antes que con Dubèek.

Que Álvaro Vargas Llosa sea retenido en el aeropuerto de Maiquetia, no solo es un abuso de poder y una violación flagrante de los derechos humanos. También, lamentablemente, es una alegoría perfecta de la situación real de millones de venezolanos. Secuestrados contra su voluntad bajo la férula insoportable de un demagogo marxista, aquellos hombres libres que resisten el peso de la autocracia tienen que seguir adelante, conscientes de la temporalidad de su reclusión, esperanzados en la posibilidad del rescate, seguros de la inminencia del triunfo. Venezuela se impondrá al chavismo, aunque tenga que lidiar por décadas con sus remanentes políticos y acostumbrarse a los espasmos dictatoriales que acompañarán por siempre al PSUV.

Caudillismo chavista. Las taras del caudillismo chavista ya empiezan a empozarse en las entrañas de su engendro electoral. Willian Lara, uno de esos pequeños Goebbels que pululan a la sombra del dictador, acaba de afirmar, para asombro de los mortales comunes y corrientes, que en Venezuela hay libertad de expresión. Que el señor Presidente permita la supervivencia –a trancas y barrancas, todo hay que decirlo– de algunos medios heroicos que continúan en la brega, forma parte de una estrategia populista e internacional. Este guiño a la institucionalidad no pasa de ser una maniobra efectista, un punto más en la estrategia de concentración del poder. Chávez, que no tiene un pelo de tonto y no da puntada sin hilo, “avanza” hacia el socialismo de manera escalonada.

Las calculadas dosis de ideología, si bien disolventes, al ser repartidas a conciencia, no terminan de liquidar al paciente. Estamos ante una guerra de largo aliento. El chavismo se ha convertido en un cáncer que asuela un cuerpo indemne. Los órganos sanos, los reductos democráticos y las atalayas librepensadoras han de ser protegidas y animadas por todos aquellos que creemos que la democracia es el único sistema posible capaz de vencer la lacra infame del fascismo estatal.

Hay millones de Vargas Llosa en el país del comandante. Cientos de miles de venezolanos que, pese al creciente poder del gran hermano chavista, continúan defendiendo día a día las libertades que heredaron de Bolívar y un puñado de derechos apresados por una ideología asfixiante que confunde críticas legítimas con maniobras de desestabilización. La izquierda latinoamericana peca de utópica y mal hará si continúa en el sendero siniestro de una doctrina irreal que no duda en apelar a la modernidad del siglo XXI con tácticas propias del Hierón de Jenofonte.

El lastre del guevarismo. La izquierda debe librarse del lastre conceptual del guevarismo y del discurso radical y victimista. Sólo mediante una modernización programática surgirán partidos políticos socialdemócratas con visión de Estado, capaces de respetar reglas mínimas de convivencia y alternancia. Nuestra versión progresista autóctona nació con el pecado original del castrismo. Hay que arrancar de cuajo la herencia del fusil. He aquí un trabajo hercúleo para las nuevas generaciones que se emocionan ante los acordes de la Internacional.

Quienes pensamos que el camino del progreso está unido al grado de libertad y responsabilidad de los pueblos, aplaudimos el coraje de Álvaro Vargas Llosa en tierras llaneras. La batalla de las ideas tiene un campo concreto, un territorio de campaña, un escenario de guerra. Y hasta allí ha llevado el joven Vargas Llosa su artillería. Defendiéndose ante la emboscada de los esbirros del pensamiento único, el peruano nos ha recordado que los conflictos ideológicos repercuten en la sociedad, la perturban e inspiran. La determinan. Venezuela está secuestrada por el paroxismo soviético, cuyo mayor afán radica en expandir a los cuatro vientos la semilla de una revolución sin sentido. Ante este hecho trágico, solo queda resistir, resistir hasta el último cartucho, como Vargas Llosa, con valentía, con astucia, seguros de la victoria final, aunque a veces, como ahora, llenos de indignación e ira santa, nos provoque fulminar al talibán bolivariano con la inmortal palabra de Cambronne.

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