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entre líneasArmando González R. | agonzalez@nacion.com |
En pocos meses, Barack Obama consiguió establecer un diálogo inédito, no con sus conciudadanos, sino con el mundo. Hay en el discurso del nuevo Presidente una saludable dosis de tolerancia y empatía, fundamentales para el debate constructivo.
Cuando la Universidad católica de Notre Dame le confirió un doctorado honoris causa, acudió a recibirlo, pese a las protestas de quienes critican su posición favorable al derecho femenino de optar por el aborto. El mandatario no rehúye la confrontación intelectual y su discurso se centró en el espinoso tema de la protesta.
“No sugiero que el debate en torno al aborto deba o pueda desaparecer”, dijo antes de admitir que en determinado nivel de la discusión, los puntos de vista opuestos son irreconciliables. Luego de reconocer los términos más radicales del conflicto, sugirió la necesidad de identificar los espacios donde es posible el acuerdo. “Trabajemos juntos para reducir el número de mujeres que optan por el aborto. Procuremos disminuir los embarazos indeseados. Facilitemos la adopción. Proveamos de apoyo a las mujeres que deciden dar a luz… ”.
Una semana antes, Obama asistió a la ceremonia de graduación de la Universidad de Arizona, cuyos regentes se apartaron de la costumbre de otorgarle al orador invitado un grado honoris causa. El Presidente, razonaron las autoridades académicas, aún no ha ejercido el mandato lo suficiente como para aquilatar el mérito de su obra. La decisión se interpretó como un desaire para el mandatario y un motivo de festejo para sus críticos.
Obama recurrió al humor para desarticular la polémica. Plantado frente a los graduandos, comenzó el discurso manifestando su acuerdo con la decisión de las autoridades universitarias. El primer presidente negro de los Estados Unidos desnudó la petulancia de los académicos aceptando que sus méritos están por verse y su vida es una obra incompleta.
La carcajada disipó la tensión y el mandatario aprovechó para recordar a los estudiantes que también sus vidas son obras inconclusas, pese al hito de la graduación. Los invitó a completar sus existencias con el servicio y el compromiso con el prójimo, sin extraviarse en la persecución de los fines materialistas y consumistas que tanto contribuyen a explicar los traspiés de las naciones occidentales.
Es un discurso inusitado, tanto como la franca admisión, ante el pueblo mexicano, de la parte de responsabilidad que le cabe a EE. UU. en el fenómeno del narcotráfico.
La promesa del Presidente es grande en estilo y sustancia; lástima que, al fin , dependa del derrotero de una crisis económica heredada y de pronóstico reservado.
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