Periodista
El que Barrio México ganara el torneo de Clausura del futbol de la Segunda División representa un justo resultado para un club de amplio historial que, por mucho, consiguió el mejor rendimiento de los 20 clubes que integran esa liga.
La cosecha mexicanista en el Clausura fue más que fructífera: obtuvo la mayor cantidad de puntos (45), tuvo el ataque más efectiva (54 goles) y la defensa más sólida (21 anotaciones recibidas) y solo perdió un juego de 20.
Más allá de los números cabe preguntarse: ¿cuáles fueron los cimientos sobre los que se apoyó el rendimiento que, de lejos, marcó amplia diferencia dentro y fuera del terreno de juego?
No es obra de la causalidad que a la final de la segunda parte del torneo llegaran dos de los clubes con el mayor respaldo financiero y logístico, muy similar, incluso superior, al de algunas de las planillas de la categoría mayor.
En honor a la verdad se impuso una lógica que en el deporte, como en casi todos los órdenes de la vida, resulta implacable: toda acción genera una reacción; es decir, nada es obra de la casualidad.
Los años cuando los clubes de Segunda División podían subir de categoría a punta de rifas, venta de “gallos” y recolectas de la muchachada se quedaron atrás.
Ese trabajo comunal es valioso en sí mismo porque demuestra un alto grado de identificación con los colores de la camiseta que se ama; sin embargo, temo que en las actuales circunstancias esas tácticas derivan en una pérdida de tiempo, como arar en el mar.
Es muy poco lo que se puede hacer a punta de sueños o ilusiones ayunas de apoyo financiero, equipos de trabajo con planes de acción y tareas definidas porque también en la mesa del trabajo directivo se teje buena parte de las victorias en el campo de juego.
Durante los últimos torneos de la Liga de Ascenso quedó claro que planillas con presupuestos sólidos (Grecia, Barrio México y Santos, para citar únicamente tres casos) estuvieron en posiciones protagónicas a las puertas de lograr el ansiado boleto.
Es sano que a la Primera División lleguen clubes con apoyo económico, buenos estadios y planteles competitivos que se atrevan a plantarle cara a los llamados “grandes”.
Las estrategias basadas en una visión idílica del equipo de barrio que de pronto toca el cielo con las manos ya pasaron a mejor vida porque el equipo canela nos demostró que en el deporte competitivo el romanticismo es un perfecto estorbo.
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