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Alejandro López Solórzano |
Asesor de matemática del MEP
En una escuela en un país lejano, muy lejano, la maestra avisa a sus estudiantes que saldrá por un momento del aula y que deben seguir trabajando en los ejercicios que deja en el pizarrón. Al salir, uno de los estudiantes se levanta y lanza el siguiente reto con voz retumbante: “¿A que no hay nadie en este grupo que se atreva a subirse en su pupitre y dejarse caer de espaldas? Todos son unos bebitos miedosos”.
Uno de los niños, creyendo que se trata de un juego, acepta el reto y procede a subirse en su pupitre, extiende sus brazos y con una sonrisa heroica, se deja abrazar por la fuerza de gravedad. La maestra que entra al aula en ese preciso instante, al mejor estilo de Gabelo Conejo en Italia 90, se lanza sobre el niño y logra sujetarlo, impidiendo la tragedia. Lo anterior nos hace pensar, que de aparecer jóvenes que manifiesten conductas moralmente retorcidas, estos no podrían ser expulsados del sistema educativo, pues se les violentaría el derecho constitucional a la educación. Sin embargo, sería conveniente analizar en detalle el citado derecho que les ampara.
Si me infectara del virus de la gripe AH1N1, y, con plena conciencia de la enfermedad, decidiera recorrer el país entero, contagiando a toda la población, ¿puedo ampararme en mi derecho constitucional al libre tránsito?, ¿puede el Estado aislarme en un lugar seguro en contra de mi voluntad? En casos como este, es necesario tomar en cuenta que entran en conflicto el derecho individual y el derecho grupal. Este último ha tenido un mayor peso en las democracias liberales, sin embargo, en las últimas décadas, ante los conflictos étnicos surgidos en diversos países, se ha cuestionado la prioridad del derecho de grupo sobre el derecho individual, y se plantea que ambos deben tener una misma relevancia.
Las reglas. Suponga, para ilustrarnos mejor el caso, que usted decide recibir un huésped en su casa, es obvio que esta persona deberá adaptarse a las reglas que usted imponga y no a la inversa, pues la casa es suya. Si el huésped decide que la medianoche es buen momento para escuchar a todo volumen los éxitos de Iron Maiden, es claro que al despertar a toda la comunidad, el derecho individual a escuchar música violenta el derecho del resto a descansar, suponiendo que hablamos de una mayoría, que trabaja de día y duerme de noche.
En la película “Apóyate en mí”, estelarizada por el actor Morgan Freeman, se menciona un concepto interesante: los ineducables. Alguien ineducable es aquel que no es afectado por ninguna medida formativa, ni coercitiva. Es la persona en la cual no hacen efecto ningún tipo de técnicas psicológicas, ni pedagógicas. Es el joven que clava un lápiz en la pierna de su compañero, solo por placer. Es el joven que no manifiesta ningún respeto por la vida y que se regocija en conductas sádicas.
Es necesario establecer la diferencia entre el comportamiento rebelde del adolescente común, el cual se caracteriza por el cuestionamiento a la autoridad y al statu quo, y el comportamiento de estos otros individuos, el cual se caracteriza por ser inteligente y de extrema malignidad.
Uno de los propósitos del sistema educativo es el de formar personas capaces de vivir en armonía, conviviendo en sociedad y respetando el derecho ajeno. No existe democracia cuando se hace lo que se quiere, existe democracia cuando se hace lo que se debe. Es curioso que las personas que conocen al dedillo sus derechos no mencionan nunca sus deberes.
Convivencia social . El joven ineducable es un obstáculo desgastante para el docente que trata de cumplir con su labor. Este tipo de persona se convierte en un peligro latente, contra la vida de aquellos que asisten a la institución con el propósito de educarse. Al retirarlos del aula, no se les niega el derecho a la educación pues existe una enorme gama de opciones educativas a las que pueden acceder.
Pero es evidente que se les niega el privilegio de hacer uso de un recinto académico, pues no han podido manifestar las cualidades morales de convivencia social necesarias para ello.
Contrariamente a la visión idílica que tiene la legislación educativa sobre la naturaleza de la pubertad y la adolescencia, la psiquiatría demuestra, con evidencia abrumadora, que pueden existir individuos con conductas antisociales y psicopatológicas aun en esas edades. Los homicidios masivos ejecutados por jóvenes en diversas instituciones educativas de los Estados Unidos y Europa son ejemplos crudos de una realidad no prevista en la legislación.
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