LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 24 de mayo de 2009

/OPINIÓN

Bernardo J. Alfaro

Administración de riesgos bancarios

subgerente general del BNCR

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A raíz de la crisis, caracterizada por una fuerte desaceleración del crecimiento económico y por el incremento del desempleo, algunos manifiestan que la banca estatal está llamada a jugar un papel protagónico en salvaguarda de los intereses de los costarricenses. Tales aseveraciones son correctas, la banca estatal es un baluarte del desarrollo económico del país. Lo que llama la atención es la discusión acerca del grado al que debe llegar ese apoyo, pues no han faltado quienes cuestionan el hecho de que los bancos del Estado generen utilidades, asunto al que me referiré en otra oportunidad.

El sistema financiero en la economía. Los bancos son empresas muy particulares. En la mayoría de los países son sometidos a leyes específicas, y por ende, cuentan con un marco especial de acción y regulación; son celosamente supervisados, y su salud es motivo de preocupación permanente para ciudadanos, autoridades, y la comunidad internacional.

Si intentáramos describir su negocio fundamental, diríamos que consiste en captar los dineros de los ahorrantes y depositantes, para entonces otorgarlo en el crédito que otras personas y empresas requieren para iniciar y desarrollar sus negocios, cubrir gastos, y en general para satisfacer sus necesidades. En otras palabras, los bancos están llamados a acompañar a sus clientes, compartiendo los riesgos que están dispuestos a asumir a lo largo de sus vidas.

Por llevar a cabo esa labor de distribución del dinero, desde las personas que son económicamente superavitarias, hacia las personas que requieren fondos, se dice que el sistema financiero equivale al sistema circulatorio del cuerpo. Ambos están llamados a irrigar los órganos vitales, llevando vida y salud a su paso. Si el sistema financiero no funciona adecuadamente, el “organismo” se atrofia y muere.

Ahora, puesto que toda acción que desempeñamos lleva implícito un riesgo, y dado que los bancos participan activamente financiando todo tipo de sectores a cambio de un rédito, podemos afirmar que una de las labores fundamentales de los bancos consiste en administrar riesgos, máxime en épocas de crisis. Entendamos que “riesgo” no es otra cosa que la posibilidad de que cualquier suceso, adverso a nuestros intereses y deseos, se materialice y obstaculice nuestros proyectos.

Los bancos están dispuestos a asumir riesgos que pueden ser de todo tipo, pues en la cartera de créditos hay operaciones de consumo, de vivienda, de empresas industriales, de servicios, comerciales, de turismo, de energía, de transportes, agrícolas, ganaderas, etc.

Solvencia patrimonial y administración de riesgos. La banca es un negocio cuya salud está estrechamente ligada a la solvencia de los participantes, que depende fuertemente del nivel de patrimonio de las entidades financieras, y de la capacidad que éste les brinda para soportar las pérdidas inesperadas y las crisis futuras. La razón es muy sencilla. Si se materializan los riesgos, es decir, si ocurren los sucesos adversos, el banco no puede simplemente dejar de atender sus obligaciones y decirles a los ahorrantes que no les devuelve el dinero. El banco otorgó los créditos bajo su cuenta y riesgo, y, por ende, los riesgos debe soportarlos con su propio patrimonio.

No en vano, en 1988, los supervisores bancarios de las diez naciones más industrializadas del mundo (el G10 de la época), reunidos en el Banco Internacional de Pagos, en Basilea, Suiza, emitieron el Acuerdo de Capital de Basilea. La idea era que los bancos contaran con un nivel de capital estándar y suficiente para enfrentar la posible materialización de los riegos de crédito a que estaban expuestos. La primera proporción que fijaron fue: por cada $12 en préstamos, la entidad debe tener $1 de capital que le permita enfrentar las pérdidas inesperadas.

En Costa Rica, se adoptó desde los noventa, una proporción de ¢1 de capital por cada ¢10 de crédito, una posición un poco más conservadora por contarse con una economía menos desarrollada y más propensa a los vaivenes que las economías desarrolladas.

En el año 1996, en Basilea, se determinó que había otros riesgos importantes que debían ser cubiertos por el patrimonio. Emitieron entonces una enmienda por Riesgo de Mercado, pidiéndoles a los bancos que fortalecieran más el capital. Y más recientemente, en 2006, entra en vigencia el Acuerdo de Capital de Basilea II, que entre otras cosas destaca la importancia de contar con patrimonio suficiente para cubrir los riesgos operacionales, es decir, aquellos que tienen que ver con defraudaciones, litigios, robos, procesos deficientes u otros.

Entonces existen razones sobradas para afirmar que “la banca es un negocio que gira en torno a la solvencia de los participantes”. Resulta que el capital aportado por los banqueros tiene que soportar riesgos de crédito, de mercado, cambiarios, de liquidez, operacionales, etc.

Aquí es donde la administración de los riesgos empieza a adquirir visos de “arte”. El buen banquero intuye una oportunidad de negocio, vislumbra cuáles son los riesgos, cómo podrá mitigarlos y si la gestión será recompensada adecuadamente por el precio o tasa de interés que fijará por participar en la operación. De no hacerlo adecuadamente, peligra el patrimonio de su banco.

El alma de una entidad bancaria. Aunque la frase de que “la administración de riesgos es el alma de una entidad bancaria” fue repetida constantemente durante las últimas décadas por banqueros y reguladores, no fue hasta que se produjo la actual crisis financiera mundial que se convirtió en una “verdad de Perogrullo”. Esta es la primera lección de la crisis: las entidades bancarias que no conocen, administran y controlan adecuadamente sus riesgos, están llamadas a desaparecer irremediablemente.

La alta solvencia o suficiencia patrimonial, por otro lado, resulta ser el ingrediente fundamental para garantizar el crecimiento de las carteras de crédito. Las entidades con un capital amplio tendrán siempre la capacidad de otorgar préstamos abundantes en los periodos de bonanza y crecimiento económico; y tendrán la posibilidad de soportar las pérdidas por operaciones incobrables, que necesariamente se producen en las épocas de “vacas flacas”.

Una situación de relativa congoja vivimos en Costa Rica a mediados del 2008, cuando los bancos estatales se vieron forzados a frenar abruptamente su ritmo de colocación de créditos, precisamente porque su solvencia se podría ver comprometida ante diversidad de razones; entre estas, el fuerte incremento que experimentaron sus portafolios de crédito en el 2007 y el primer semestre del 2008, la alta volatilidad en el valor de las inversiones, y un pago extraordinario de impuestos. La capitalización realizada por el Gobierno al Banco Nacional, al Banco de Costa Rica y al Banco Crédito Agrícola, a fines del 2008, que marcó un hito en la historia de nuestro sistema bancario, alivió sensiblemente la situación de solvencia.

Para sortear la crisis han sido determinantes los controles sobre los riesgos bancarios. El otro gran asunto, pendiente de discusión, es si se justifica que la banca estatal obtenga utilidades.

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