LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 24 de mayo de 2009

/OPINIÓN

Francisco Antonio Pacheco

¿Estados en vías de extinción?

 No atacar tanto a las personas y, más bien, combatir los problemas

Presidente de la Asamblea Legislativa

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Quienes observamos la vida social y su entorno internacional estamos preocupados, más que otras veces. Empezamos a constatar la desarticulación de algunos estados vecinos. Hace cuarenta años, Constantino Láscaris sostenía la tesis de que Guatemala no existía como Estado. Quizá entonces resultaba prematuro decirlo, aunque la profecía era deducible a partir de hechos constatables. La desarticulación que amenaza también a México, aunque esté en una etapa anterior de evolución, aun subsanable, compromete la existencia del Estado en sus rasgos elementales. Bolivia ofrece, por ejemplo, síntomas graves de inconsistencia interna.

Así es. Varios países están dejando de ser unidades políticas dotadas de una autoridad organizadora legítima que ejerza de manera razonable el poder territorial. Cuando esto ocurre, se vuelve a una situación similar a la de la fase pre-estatal, en la Edad Media. Es decir, la vida social se articula de manera intermitente por la interacción variable y desordenada de centros de poder en competencia, sobrepuestos y, a veces, de aparición transitoria. Y cuando todos mandan y nadie en particular lo hace, termina mandando cualquiera.

Y uno se pregunta: ¿pueden perecer los Estados? Formalmente, parece difícil. Siempre habrá un asiento en la ONU esperándolos. Sin embargo, se puede simular su existencia después de su desaparición en medio de la anarquía. Este fenómeno de simulación puede mantener a un pueblo en la peor de las situaciones: sangre, crimen, impunidad, ausencia de progreso, la feudalización del poder, la injusticia... Hay algo peor aún, sin embargo, y es acostumbrarse a vivir con los problemas terminales, sin buscar salida. Pero ¿qué hacer si no se encuentra una vía capaz de llevarnos a superar la situación?

Ser o no ser. En los casos extremos, ya se trate de individuos o de colectividades, cuando se juega la vida en una última instancia, los problemas se reducen a uno solo: ser o no ser. Y en esos momentos, por desgracia, solo vienen a la mente soluciones políticamente incorrectas, tentaciones inadmisibles en el concierto internacional de naciones, atajos éticamente tan malos, como la situación que se quiere corregir.

Esa es la gran encrucijada. Esa es la lección terrible que tenemos que aprender. Porque nosotros, en un grado menor, corremos peligros semejantes, muchos de ellos importados, según es de todos conocido, y otros generados aquí.

El barrio arde y, en lugar de preocuparnos de evitar la propagación del fuego, limpiamos el piso con una grasa inflamable, para quitarle las manchas. Ciertamente, nuestra encrucijada colectivamente no es, por ahora, entre el ser y el no ser. Pero, tal vez, va a ser pronto entre el seré o no seré. ¿Por qué, entonces, no adelantarnos? Mis ideas al respecto van contra corriente, según temo. Se oponen a los lugares comunes que alientan los críticos de pacotilla de la vida nacional que, sin conocimiento ni reflexión, opinan de todo con una seguridad absoluta. Yo podría precisar más, pero creo que no lo haré mientras me mantenga activo en la política. Todo sería interpretado como ataque o defensa partidista y hoy aspiro a que se me escuchase.

Recomendaciones. De un tiempo para acá, muchos nos sentimos amordazados por esos prejuicios nocivos, según los cuales, si piensas mal acertarás y todo el mundo es culpable mientras no se pruebe lo contrario. La política destructiva alimenta lugares comunes, concepciones equivocadas, y quienes desconocen las dificultades reales de la organización y marcha de un país aplauden, con tal fuerza, que ahogan las voces de los demás. (Tampoco se trata de ofrecerles una coartada a los verdaderos culpables, si los hay).

Solo me atrevo, por ahora, a dar algunas recomendaciones, producto de la experiencia. La primera es urgente: no confundir lo accidental y secundario con lo esencial. Pero, hay más. Mantener la perspectiva nacional, de conjunto, en todo momento. No atacar indiscriminadamente y sin fundamento sólido.

Cumplir con el deber de respetar las instituciones y cuando presenten defectos, con independencia de quienes las representan, usar los medios legítimos para emprender su rectificación. No atacar tanto a las personas y más bien combatir los problemas.

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