LN OPINIÓN

Costa Rica, Viernes 22 de mayo de 2009

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Ligia Olvera

Después de todo, ¿quién recuerda los genocidios?

 Por más doloroso que sea, no podemos, ni debemos, bloquear la memoria de genocidios

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Es sorprendente la capacidad de los seres humanos para soportar el sufrimiento y superarlo. Uno de los mecanismos de defensa individual ante las experiencias traumáticas, es bloquear u olvidar las memorias dolorosas del pasado. Sin embargo, como humanidad, es fundamental tener una memoria colectiva que nos recuerde los terribles sufrimientos a que hemos estado expuestos.

Recordar los errores cometidos y el sufrimiento como consecuencia de los mismos, en Chechenia, Sudán, Congo, Ruanda, así como en los tiempos del dominio nazi, es importante. Lo común de todos esos casos, son los crímenes violentos y sistemáticos contra ciertos “grupos”, con el propósito de aniquilarlos.

Categoría de genocidio. Esos crímenes entran dentro de la categoría de “genocidio”, término adoptado en 1944 por un abogado polaco-judío llamado Rápale Lemkin para describir las políticas nazis de matanzas sistemáticas que incluían la destrucción de los judíos europeos. (Geno, del griego tribu o raza y cede, del latin matanza).

Decía Hitler ante sus tácticas de exterminio: “Nuestra fuerza reside en nuestros extensivos ataques y en nuestra barbarie; después de todo ¿quién recuerda los genocidios cometidos contra los Armenios?”.

El espíritu humano –en franco contraste ante estas atrocidades– no termina de sorprendernos con sus características universales de solidaridad profunda y de resiliencia, independientemente de la ubicación geográfica o de la época histórica. Si Ana Frank viviera hoy, el punto no sería dónde viviría (probablemente en Darfur o en algún otro lugar de África), sino qué podríamos hacer para ayudarla.

El pueblo judío nos ofrece un ejemplo de resiliencia extraordinaria que, además, hace un esfuerzo sistemático en recordar, por más duro que sea. Cuando analizamos el Holocausto y la Alemania de la Segunda Guerra, no es difícil entender cómo los políticos de esa época tomaron ventaja de racismo antisemita para movilizar votos.

Cuando se mencionan más recientemente los casos de Chechenia, Sudán, Congo y Ruanda, se repite la misma historia del genocidio nazi. Por más doloroso y difícil que resulten estas realidades, no podemos, ni debemos bloquearlas como humanidad. Es una responsabilidad de todos.

Sería deseable que, a tantos años del exterminio nazi, los seres humanos nos percatáramos de que la comunidad judía, la comunidad cristiana, con sus subdivisiones, así como otras comunidades de la tierra definidas por religión, raza, etnicidad, sexo, nacionalidad, color de la piel o cualquier otro factor, al final tenemos mucho más en común que diferente.

La búsqueda de la felicidad; la importancia de el amor y la familia; el trabajo como forma de ganarnos los medios de vida y como forma de expresarnos para contribuir a la sociedad; la salud y lo efímero y frágil de la vida humana; la búsqueda por lo divino y los ritos como formas de conectar el alma con lo eterno e incomprensible; la búsqueda de una fuente de fuerza y de consuelo sobrenatural; la búsqueda de una guía espiritual; son algunos ejemplos de que el ser humano, independientemente de su origen, raza, sexo, color de piel, religión, etnicidad, nacionalidad y/o costumbres, tiene una esencia común que es más grande y es más fuerte que las diferencias accesorias que son evidentes a simple vista cuando no hacemos un análisis profundo.

Genocidios hoy. Hoy mismo, se están cometiendo en otras partes del mundo crímenes tan graves y tan masivos como los del holocausto. El Gobierno sudanés desde el 2003 ha promovido una campaña de genocidio.

En África, con frecuencia, el objetivo no es matar por exterminar rápidamente, sino exterminar luego de provocar sufrimiento indescriptible. Algunas de las víctimas más vulnerables –mujeres y niños– ruegan que los maten. Pero los perpetradores de los crímenes se niegan porque no pueden darles una “buena muerte”, la idea es hacer sufrir al máximo como el principal instrumento de guerra. Hay mujeres que luego de ser maltratadas y violadas, terminan su tortura con un bocado de su propio hijo, que los torturadores han matado y cocinado frente a sus propios ojos. (Según el testimonio obtenido de Chouchou Namegabe Nabintu del Congo).

¿Qué se puede hacer, entonces, para combatir el genocidio en el mundo? Aprender de él, conocerlo, identificarlo y denunciarlo. Conocer cuáles son los lugares en riesgo de genocidio u otros crímenes contra la humanidad. Contactar a los medios y exponer la situación. Comunicarse con quienes toman las decisiones para suministrar asistencia humanitaria, protección de civiles y paro de violencia: Naciones Unidas, por ejemplo.

Si continuamos usando las diferencias en la humanidad como base para argumentar división, odio, o superioridad de unos cuántos… debiéramos preguntarnos: todo este sufrimiento, todas estas pérdidas ¿para qué?; ¿fueron en vano? Y por eso la pregunta hoy es: ¿quién se acuerda de los genocidios? ¿Tenía razón Hitler al afirmar que casi nadie los recuerda y que, por tanto, se pueden seguir perpetuando en el tiempo impunemente?

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