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Página QuinceRodrigo Gámez |
Directordel INBio
Creo no equivocarme al afirmar que, quizá con muy pocas excepciones, todos nosotros disfrutamos profundamente, con gran felicidad, el contacto con la naturaleza. Puede ser en una playa, una montaña, un volcán o un río. El mundo natural constituye una fuente incuestionable de placer para el ser humano moderno que más y más pasa su tiempo en un entorno citadino.
Veamos algunos ejemplos. Ningún padre de familia duda que ir de vacaciones a la playa o a una finca va a hacer feliz a sus hijos; cualquier médico o sicólogo sabe que una vista panorámica de las montañas es mejor para la salud humana que una pared blanca; los empresarios turísticos o los constructores de casas y apartamentos saben que el valor de un bello paisaje natural de tonos verdes y azules es incuestionable.
Los humanos tenemos una afiliación innata con la naturaleza. Esta es una buena razón para conservarla. Por esta y muchas razones igualmente importantes, los costarricenses dedicamos casi una tercera parte del país a conservar muestras de esa extraordinaria naturaleza con la que este pequeño territorio fue dotado. El millón y resto de turistas que anualmente nos visita viene a Costa Rica a disfrutar de ese placer de ver, sentir y conocer nuestra naturaleza en un contexto educativo y recreativo, con alto valor agregado. Esto ha traído un enorme beneficio económico al país; ha sido un excelente negocio buscar esta forma de usar la naturaleza sin destruirla.
Dependemos de la naturaleza. Claro que existen muchas otras consideraciones prácticas y pragmáticas más que importantes para conservar la naturaleza por las cosas que nos provee y sin las cuales no podríamos vivir, como el aire limpio, el agua limpia o la comida.
Aunque nos cuesta mucho, gradualmente vamos reconociendo nuestra dependencia de la naturaleza y el hecho que la relación entre ese mundo natural y este otro mundo que los humanos hemos fabricado es muy mala.
La extinción masiva de especies en tierras y mares, la destrucción de los bosques tropicales, el deshielo de los casquetes polares producto del calentamiento global, la creciente contaminación y basura evidencian ese impacto negativo de los humanos en la naturaleza.
Y como muy bien lo expresan ya líderes como el mismo presidente Barack Obama, “...la elección que afrontamos no es entre salvar el medio ambiente o salvar la economía, es entre la prosperidad y el declive”. La búsqueda de una relación armoniosa entre esos dos mundos, el natural y el de los humanos, es la única escogencia que nos queda. La relación tiene que ser sostenible o no será.
Daniel Goleman, quien introdujo exitosamente el nuevo concepto de inteligencia emocional, habla ahora de la “inteligencia ecológica”. Dice que el nuevo mantra de éxito para la industria sin ninguna duda será que “…lo sostenible es mejor”.
Enseñanzas. Una gran pregunta y reto que enfrentamos ahora es el de encontrar la fórmula para que ese mundo de los humanos sea realmente sostenible, que coexista en armonía con el mundo natural. Y algo realmente interesante es que es precisamente en la naturaleza misma donde podemos encontrar las respuestas, pues, como lo dice la bióloga Janine Benyus, la naturaleza tiene mucho que enseñarnos.
Recordemos que los humanos aprendimos también de ella cómo obtener alimentos, medicinas, materiales de construcción, fibras y muchas otras cosas indispensables para nuestras vidas. Luego entendimos que podíamos usar organismos o partes de ellos para realizar procesos y obtener productos de interés industrial, en lo que hoy llamamos biotecnología.
Sin embargo, quizá lo más revelante ahora y que grupos pioneros de científicos y tecnólogos comienzan a aprovechar y copiar, es el hecho de que la naturaleza nos puede enseñar también cómo realizar procesos básicos para este mundo de los humanos pero de manera eficiente, como en la construcción, la generación de energía, el transporte, la producción de alimentos, el manejo de residuos o el reciclaje, sin afectar –sino más bien mejorar– nuestro entorno.
Estamos empezando a percibir algo que los humanos hemos tenido siempre frente a nuestros ojos y no lo habíamos visto: la forma en que la naturaleza y toda la gama de seres vivientes que la componen conducen todos los procesos requeridos para satisfacer sus necesidades. Lo hacen de una manera tal que no sólo no deterioran su ambiente sino que lo mejoran, por lo que sus descendientes encontrarán un mundo mejor que en el que sus antecesores vivieron. Exactamente lo contrario de lo que nosotros estamos haciendo.
Esta es una lección magistral de ética, de moral si se quiere. Es un principio que sabiamente ha guiado por millones de años el proceso de evolución de la vida en la Tierra. El organismo que no hace las cosas bien simplemente desaparece.
Día de la biodiversidad. Hoy se festeja el Día Internacional de la Diversidad Biológica, el día en que celebramos la diversidad de vida en todas sus formas, que han ocupado y evolucionado en este planeta por casi cuatro mil millones de años. Una biodiversidad de la que somos parte, de la que dependemos, de la que somos sus custodios y cuyo futuro depende ahora enteramente de nuestras acciones.
Quizá sea esta una buena ocasión para que reflexionemos sobre la oportunidad de oro que tenemos los costarricenses de orientar nuestros procesos de desarrollo en la dirección de construir ese mundo sostenible que desesperadamente necesitamos. No será fácil. Sí será necesaria mucha ciencia, tecnología e innovación para poder emular en esa construcción los diseños de la naturaleza en que debemos inspirarnos.
Y, como en todo emprendimiento humano, se requerirá el liderazgo, la voluntad y el compromiso de todos los sectores sociales del país, incluyendo los políticos, religiosos, empresariales, laborales y los de la sociedad civil. Nadie escapa a la responsabilidad de construir ese mundo mejor, pero el camino nos lo señala la naturaleza.
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