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Página QuinceConstantino Urcuyo | curcuyo@racsa.co.cr |
Politólogo
Aprendamos del pasado sin quedar atrapados en él. Esta frase del presidente Obama se me ha quedado grabada. En la existencia individual, es imposible entender el hoy sin atender los significantes del ayer. La biografía es la clave para explicarnos quiénes somos y hacia dónde vamos.
Algunos usan el pasado para guiar sus pasos, mientras que otros no cesan de llorar sus penas, se arroban en la contemplación de sus heridas y se condenan al estancamiento. En las relaciones entre los pueblos, la preservación de la memoria histórica es crucial para la identidad, la que no equivale a ser siempre iguales a sí mismos, sino a cambiar frente al devenir del mundo, pero con conciencia de las raíces y de los desafíos futuros.
Dos interpretaciones. La frase de Obama, sin embargo, es susceptible de dos interpretaciones. Por una parte, puede leerse como un llamado a un nuevo comienzo en las relaciones entre EE. UU. y América Latina, dejando de lado recriminaciones recíprocas que impiden avanzar. Los norteamericanos dejarían el resentimiento por la instalación de cohetes que amenazaron su seguridad nacional y los cubanos cesarían de traer sobre la mesa la invasión de playa Girón.
Pero, por otro lado, hay una lectura de olvido, de “presentismo” que sugeriría presionar el botón de eliminación. No pasó nada, borrón y cuenta nueva, empecemos de cero.
Esta última es insuficiente para guiar el nuevo comienzo. Lo que oculta, de alguna manera, siempre vuelve. Las experiencias de las comisiones de verdad y reconciliación en los países que han hecho transiciones hacia la democracia son un buen ejemplo de como se puede fortalecer un proceso conciliatorio sin dejar a un lado la verdad, como en Chile y Sudáfrica.
Difícil que muchos chilenos olviden la intervención de Kissinger en el derrocamiento de Allende. Nicaragüenses, haitianos y dominicanos no dejarán a un lado el recuerdo de las ocupaciones. ¿Podrán olvidar los mexicanos la pérdida territorial o los estudiantes panameños, sus muertos en lucha por la soberanía?
No obstante, insistir en los agravios, renovar el odio en cada generación y transformar los conflictos en una lucha cósmica, como la de Bush, contra el mal, representado por los gringos enemigos de la humanidad, como proclamaba el himno del Frente Sandinista, solo lleva a la prolongación de la enemistad y a eternizarse en la condición de víctimas. El victimismo no sale de traumas que han sido reales, pero que se apoderan del presente e impiden el futuro en nombre del pasado. Veámonos en el espejo del Medio Oriente, donde la animosidad y el odio tienen siglos, vestidos de diferencias étnicas y religiosas, ¿queremos acaso un conflicto sin fin?
Reconocer errores. Un nuevo comienzo en las relaciones entre EE. UU. y América Latina solo puede darse si se reconocen los errores. Del norte debe venir, como ya lo han comenzado a hacer Obama, Hillary Clinton y Joe Biden, el reconocimiento de que las relaciones deben darse en un marco de igualdad. Las frases de Hillary aceptando corresponsabilidad en el problema de las drogas y el fracaso de su política hacia Cuba van por buena dirección. Biden ha dicho que se acabó la época de la imposición y se abre el espacio para negociar.
Por nuestra parte, a la vez que pedimos el reconocimiento de las injusticias, debemos dejar de lado la simplista actitud de atribuir todos nuestros males a la perfidia anglosajona. La desigualdad de nuestras sociedades y el autoritarismo de nuestros dictadores tienen profundas raíces en la conquista y en el sojuzgamiento a que sometieron nuestros antepasados a las poblaciones originarias. Cuando Evo Morales habla del Estado neocolonial opresor lleva gran dosis de razón; Obama estaba lejos de nacer cuando esa penosa realidad se constituyó.
Invasiones, ocupaciones, golpes de Estado, entrenamiento de militares gorilas, intercambio económico desigual deberán ser aceptados con humildad, como lo predica Obama. Los gestos cumplirán un gran papel y debe evitarse humillar al que se acerca, así como la ampliación de la agenda incluyendo nuevos temas, como lo hizo Daniel Ortega, pidiendo la independencia de Puerto Rico.
Si algo de bueno tiene la crisis económica para este nuevo comienzo es que los norteamericanos carecen de los recursos financieros para establecer programas de cooperación amplios, lo que nos aleja de la actitud muy frecuente, de insultar al yanqui y extenderle la mano como mendigos.
Aprender del pasado significa precisamente mantener viva la memoria, sin quedar atrapados en el odio. Sin embargo, llegar a esto no es sino un pequeño inicio para resolver los problemas del presente.
¿Cuáles formas tomará la lucha contra las drogas? ¿Seguiremos en guerra contra la oferta de estupefacientes o se combatirá también la sed insaciable de drogas del Norte? Y la inmigración, ¿qué? ¿Podrá Obama evitar las deportaciones y las redadas? ¿Y el tráfico de armas hacia América Latina? ¿Seguirá la National Rifle Association siendo el cómplice de los narcotraficantes?
¿Controlarán los EE. UU. la venta de armamento a los ejércitos latinoamericanos como lo ha pedido el presidente Arias? ¿Podrá Lula impedir los obstáculos a la importación del etanol brasileño? ¿Lograrán Panamá y Colombia llegar a acuerdos de libre comercio, venciendo la tentación proteccionista del Congreso norteamericano?
¿Podremos entender que las crisis de los capitalismos son cíclicas, que se resuelven con política y que la etapa final del imperialismo, fase superior del capitalismo, como lo postulaba Lenin, no pasa de ser un espejismo?
La tendencia hacia la multipolaridad debería llevarnos a escoger el multilateralismo y no el antagonismo.
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