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Francisco Antonio Pacheco |
Presidente de la Asamblea Legislativa
Tengo presente aquel 2 de abril de 1989. Al final de la mañana nos reunimos en un pequeño auditorio al aire libre, situado entre la rectoría y la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Ha de haber sido un sábado o un domingo, porque casi no había actividad en el campus. De pronto, comenzaron a llegar los nuevos alumnos. Venían de muchos lugares del país, algunos remotos. Llegaban acompañados de sus padres, orgullosos de sus hijos, escogidos tras una cuidadosa selección, para ingresar a los dos colegios científicos que abrían sus puertas: uno en Cartago y otro en San Pedro de Montes de Oca.
Los nuevos alumnos debían cumplir un requisito fundamental: experimentar un gran deseo de aprender, estar dispuestos a exigirse más como estudiantes. Estaban ahí, por deseo de saber, porque poseían capacidad para disfrutar del esfuerzo de superarse intelectualmente, de someterse con gusto a la disciplina interior, la única que da frutos. Se trataba del mismo impulso que ha animado, en mayor o menor medida, a cuantos contribuyeron al crecimiento de la cultura universal, milenio tras milenio.
Pedagogismo crudo. La puesta en marcha no había sido simple. Por todas partes reinaba un pedagogismo crudo, opuesto a las diferenciaciones cualitativas hacia arriba. Pero, los nuevos aires que queríamos introducir en el sistema educativo, nos obligaban a innovar en esa dirección, sin miedo al boicot. Temí que dentro del Ministerio mismo hubiera oposición. Sin embargo, cuando planteé la idea me llené de optimismo. Algunos aportamos impresiones sobre instituciones que funcionaban en el exterior. Víctor Buján había estudiado algunas de ellas. El Consejo Superior de Educación dio su apoyo inmediato y muchos de mis colaboradores la tomaron con gran seriedad.
Lo importante es que la concepción costarricense de los colegios científicos no surgía como un hecho aislado, ni desde el punto de vista internacional, ni desde el punto de vista de nuestra gestión educativa. Según se recordará (sólo a mí se me ocurre que alguien pueda recordar algo de eso), en esa época desarrollamos en el Ministerio todo un movimiento de preocupación por los aspectos cualitativos de la educación y por la incorporación de la tecnología a la escuela. Era parte del enfoque general que dominaba nuestra acción en el Ministerio y centrada en la calidad y en el desarrollo científico y tecnológico del país, idea fundamental de la primera Administración Arias.
Hay que reconocer, de paso, que la Universidad de Costa Rica y el Instituto Tecnológico respondieron a nuestra propuesta y nos dieron un apoyo que era esencial. Los colegios científicos exigen un cierto grado de simbiosis entre el Ministerio y las universidades y, en este sentido, constituyen un ejemplo de lo mucho que se debería hacer en conjunto. No me costó convencer a los rectores, a pesar de que tuvieron que buscar recursos para ayudarnos. Algunos empresa- rios también colaboraron con becas y, por supuesto, el Gobierno de la República empujó la idea con entusiasmo.
Su permanencia. Teníamos el gran temor de que tanto empeño no durara mucho más que el período gubernamental. Por eso nos inventamos una estructura que ayudara a darles permanencia, afortunada, a juzgar por los resultados. Para lograrlo, involucramos, cuando los colegios ya estaban funcionando, al Ministerio de Ciencia y Tecnología. Usamos su ley de creación como una especie de portaaviones en el que aterrizamos, para darles un sustento legal más sólido. ¿Será eso lo que ha motivado la equivocada idea de que fueron creados en colaboración con ese Ministerio?
Experimento una gran alegría de haber tomado las decisiones correctas, entre las que destaca el haberle encargado las responsabilidades más directas de la puesta en marcha del proyecto a Víctor Buján, que ha seguido tutelándolos de lejos o de cerca, durante dos décadas. Otros funcionarios del Ministerio dieron un apoyo ivaluable, en el campo administrativo. Lorenzo Guadamuz puso gran empeño para que la idea se hiciera realidad, y Mireya Hernández de Jaén, entonces viceministra, fue factor decisivo en el logro del éxito. En lo que a mí respecta, decidí invisibilizarme al final de la Administración para reducir la vulnerabilidad del proyecto ante los inminentes cambios políticos. Por for- tuna, el Gobierno siguiente le otorgó apoyo, lo que reconozco complacido.
Pero, lo importante es que los Colegios Científicos de Costa Rica (C.C.C), sobrevivieron y se multiplicaron, diseminando su sabia lección de disfrute en el aprender, empeñados en mostrar que el esfuerzo es la base de la superación, ofreciendo al país testimonio de seriedad y de rigor. Esto se lo debemos a directores, a estudiantes y a profesores. Ojalá los graduados, sobre todo ellos, apoyen en el futuro esta experiencia, ahora consolidada, una de las ideas verdaderamente innovadoras en materia educativa que se han hecho realidad y se han mantenido en Costa Rica, en los últimos lustros.
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