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Costa Rica, Viernes 13 de marzo de 2009

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Mario Madrigal | papasil@ice.co.cr

Salomé

  Salomé es una obra poética de gran belleza y profundidad, tanto en el texto como en la acción

Escritor

En tiempos ya muy lejanos, hubo una época en la cual los jóvenes leíamos, con preferencia, a Oscar Wilde. Eran tiempos muy diferentes a los actuales. Caminábamos por el centro de San José sin el menor peligro y los únicos chapulines que conocíamos eran los que nos saltaban a la cara cuando jugábamos futbol en los potreros. Algunas veces nos reuníamos en la casa de Fabián Dobles quien, en forma paternal y bondadosa, dirigía nuestros intentos por descubrir misterios literarios.

En nuestro grupo nadie dudaba los méritos de Wilde, pero varios rechazaban sus inclinaciones sexuales que lo llevarían a la cárcel y fueron la causa de su destrucción. Sin embargo, ya se iniciaba la condena, que creo hoy es general, de un sistema puritano e hipócrita que hundió en la miseria, en la desesperación y el ostracismo a este genio literario.

El extravagante Wilde. Oscar Wilde nació en Dublín, Irlanda, el 16 de octubre de 1854. Su padre fue un médico famoso (involucrado, sin embargo, en la aparente violación de una joven paciente) y su madre, una escritora poco conocida. Fue un magnífico estudiante en la Universidad Trinity, y luego en Oxford, de los clásicos griegos, pero mediocre en matemáticas y pésimo en los deportes. La fama le llegó tan rápidamente como luego la perdió. Primero fue conocido por su poesía, rama en la cual ganó primeros premios en cuanto concurso participó. Llegó a ser el hombre más famoso, más inteligente, más ingenioso de Inglaterra.

Iba a las reuniones con pantalones extravagantes, con una melena larga y siempre con un clavel verde en el ojal. Hablaba de Baudelaire, a quien nadie conocía entonces, lanzando frases ingeniosas, pero, para algunos, ofensivas como “el éxito está en el exceso” o “la mejor manera de vencer las tentaciones es ceder a ellas”. Se volvió una celebridad amada, pero, al mismo tiempo, odiada.

Se casó con una admiradora, Constance Lloyd, fea e incolora, a quien no quería, pero tenía dinero. Le servía de proveedora, pero nunca la llevaba a las fiestas y círculos elegantes que frecuentaba. Atacaba los pilares sobre los que descansaba la sociedad inglesa de su época, como la religión –“los puritanos son interesantes por su indumentaria, no por sus convicciones”– y la monarquía, pero, al mismo tiempo, odiaba el socialismo –“la miseria de los pobres es necesaria; no así la del genio literario”–. Publicó magníficos cuentos, una novela: El retrato de Dorian Gray , que muchos consideraron inmoral, y, sobre todo, obras de teatro que fueron grandes éxitos literarios y de taquilla.

‘Salomé’. Escribió Salomé en francés. Fue publicada primero en ese idioma y fue estrenada en Francia. Lord Alfred Douglas, su amante y causante de su tragedia, la tradujo al inglés, pero, antes de que pudiera ser estrenada en Londres, fue prohibida por la censura y no se pudo presentar en ese país hasta 40 años más tarde.

Salomé es una obra poética de gran belleza y profundidad, tanto en el texto como en la acción. Ha servido para muchas interpretaciones y estudios filosóficos y literarios. Richard Strauss la usó precisamente para su ópera del mismo nombre.

Esta valiosa obra se estrenó en el Teatro Nacional por una corta temporada y luego pasó al Teatro de la Aduana . De nuevo, por motivos de salud, no pude asistir a los ensayos ni hablar con el director y los intérpretes, pero se trata de una obra extraordinaria de un gran dramaturgo, y los actores y actrices son de mucha experiencia, por lo que todo hace suponer que el espectáculo será, también, una experiencia teatral muy valiosa.

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