![]() |
Página QuinceJacques Sagot | jacsagot@gmail.com |
Embajador de Costa Rica ante la Unesco
Reír con alguien es hermoso. Reírse de alguien es vil. La risa común elimina casi la distancia entre el tú y el yo. Nunca están dos espíritus tan cerca el uno del otro como cuando se ríen de lo mismo. En esa risa coinciden existencialmente. Solo el amor es capaz de reducir aún más la distancia natural entre dos seres humanos. Piénsenlo bien y verán que es cierto. Al reírnos de lo mismo vibramos al unísono, nos hacen cosquillas exactamente en el mismo nervio del alma.
Pero hay un rasgo peligroso en el reír, y es, como ya lo he mencionado, reírse de alguien. La burla, la mofa, la degradación de la víctima. Veamos qué es lo que pasa. Si frente a nosotros pasa un caballero muy atildado, se para en una cáscara de banano y se cae aparatosamente, ¿debe esto movernos a la risa o a la solidaridad? Si movilizamos lo que Bergson llamaba la “empatía imaginativa”, es decir, si nos ponemos en el lugar del caballero de marras, la caída es experimentada como una pequeña tragedia personal. Para ello hay que, por así decirlo, transmigrar al alma de la víctima, contemplar el mundo desde su óptica, en otras palabras, asociarnos a él emotivamente. Nos moveremos en su auxilio, lo ayudaremos a levantarse del suelo, le preguntaremos si no se ha hecho daño.
La risa del mal. Sin embargo, existe la otra actitud: la risa. Esta solo es posible cuando, por el contario, nos disociamos de la víctima. Interponemos distancia entre él y nosotros. Lo vemos “desde fuera”, como si se tratara de un espectáculo. Y la risa adquiere aquí algo de perverso e inhumano. Resulta significativo que Cristo, que monta en furia, castiga e incluso duda, no ríe una sola vez a lo largo de los cuatro evangelios. Uno de los rasgos míticos de Satán es, por el contrario, la carcajada procaz, la risa del mal que se complace en su obra. No en vano decía Baudelaire que en la risa había siempre algo de demoníaco. Es esa disociación de la que hablábamos. Solo desde la distancia ética y existencial se puede uno reír del percance de un ser humano. Tan pronto nos asociamos a él, la caritas prevalece y corremos en su auxilio.
Reírse de alguien equivale a decir: “Eso nunca hubiera podido pasarme a mí, qué tipo tan torpe”. Nos instalamos de pleno en una perspectiva superior a la de la víctima. Por el contrario, la compasión y la solidaridad nos dicen: “Esa caída, ese dolor, ese azoramiento es también el mío. Un ser humano ha sido lesionado, ergo yo he sido lesionado”. El individuo se reconoce como parte de un mismo cuerpo espiritual y se socorre a sí mismo socorriendo a la víctima.
Identificación con el dolor. Una comedia está escrita de manera tal que el espectador se des-identifique de las calamidades que acaecen a los personajes. Una tragedia nos identifica intensamente con ellos, y la risa queda, por ende, proscrita. Al reír, preguntémonos siempre: ¿De qué parte de mi alma procede mi risa? ¿Estoy riéndome de algo o de alguien? ¿Quién se degrada más con las carcajadas: la víctima o el burlón? Lo que de lejos es comedia, ¿no será tragedia cuando lo miramos de cerca? Es una cuestión de perspectiva: la lejanía temporal tiende a convertir en comedia lo que en su momento quizás vivimos como tragedia. La razón es que el tiempo nos des-identifica de esa experiencia dolorosa, nos disocia de ella, podemos entonces vernos desde “fuera” y reírnos de nosotros mismos.
Pero guardémonos de asumir que este sea siempre el caso. El tiempo no siempre es tan buen cirujano como la gente dice. Hay heridas que los años van cavando más y más adentro, hasta adquirir la profundidad de fosas comunes. El tiempo en estos casos cambia quizás el cariz del dolor, pero mantiene intacta su terrible intensidad. Decir que “el tiempo todo lo cura” o que “no hay mal que dure cien años” es hacerse eco de frases acríticas, automatismos del pensamiento, lugares comunes de esos que nunca se revisan ni analizan seriamente.
La risa, la risa, ¿qué haríamos sin ella? Pero tengamos cuidado. Donde hay carcajadas, no hay solidaridad. Donde hay burla, no hay compasión. Donde hay risotadas, no hay identificación con el otro esencial. Nadie tiene derecho de reírse de nadie. Ningún ser humano lo merece. Es un crimen de lesa humanidad. La respuesta a una burla procaz no es el enojo, ni una igualmente estrepitosa carcajada, sino la lástima. Porque el burlón es, en el fondo, un pobre hombre que no comprende el dolor ajeno, que vive disociado del ser humano y, por ende, de sí mismo.
FOTOS

![]() |
EN VELA | ![]() |
EN GUARDIA | |
| JULIO RODRÍGUEZ | JORGE GUARDIA | |||
![]() |
LETRAS DE CAMBIO | ![]() |
OJO CRÍTICO | |
| LUIS MESALLES | RODOLFO CERDAS | |||
![]() |
ENFOQUE | ![]() |
POLÍGONO | |
| JORGEVARGAS | FERNANDO DURÁN | |||
![]() |
TAL CUAL | ![]() |
ENTRE LÍNEAS | |
| ALEJANDRO URBINA | ARMANDO GONZÁLEZ |
| SERVICIOS |
|
En tu Celular |
|
En tu PDA |
|
Noticias por email |
|
RSS |
|
Fax |
|
Horóscopo |
|
Cartelera de cine |
| QUIENES SOMOS | | GRUPO DE DIARIOS DE AMÉRICA | | ESTADOS FINANCIEROS | | ANÚNCIESE | | TARIFARIO | | TRABAJE EN LA NACIÓN |
|
© 2009. GRUPO NACIÓN GN, S. A. Derechos Reservados. Cualquier modalidad de utilización de los contenidos de nacion.com como reproducción, difusión, enlaces informáticos en Internet, total o parcialmente, solo podrá hacerse con la autorización previa y por escrito del GRUPO NACIÓN GN, S. A. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.com Apartado postal: 10138-1000 San José, Costa Rica. Central telefónica: (506) 2247-4747. Servicio al cliente: (506) 2247-4343 Suscripciones: suscripciones@nacion.com Fax: (506) 2247-5022. CONTÁCTENOS |
|||||