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Robinson Rodríguez | robinsonrodriguezherrera@hotmail.com |
Médico y Docente Universitario
Cuenta una leyenda oriental, que un sabio y bondadoso monje encontró un escorpión que se ahogaba en uno de los estanques del monasterio. Compadecido por la angustia de la creatura, se acercó a la orilla, y lo sacó cuidadosamente, sobre la palma de su mano.
Al depositarlo en tierra firme, la alimaña clavo su ponzoña en la piel de quien le había salvado. Indignado, uno de los estudiantes, tomó una rama para matarlo; sin embargo, el monje no se lo permitió. “—¡Pero mira cómo te ha pagado el muy ingrato!” —le dijo el aprendiz. Y el maestro le contestó: “—En la naturaleza del escorpión está el herir, no por ello cambiaré la mía.”
Cuesta entender que existan personas que se divierten grotescamente haciendo llamadas falsas a los números de emergencia. Burlándose groseramente de la buena voluntad y altruismo de seres humanos que se apuran por acudir ante el llamado de auxilio. Y causa mayor desconcierto, el que se atrevan a agredir a los socorristas, a robar los equipos o dañar las ambulancias.
Estas acciones tan bajas reflejan un caos social, que se extiende como un cáncer, poniendo en riesgo a personas inocentes, e inclusive a los mismos delincuentes y sus familias.
Que haya sectores y barrios a los cuales no puedan entrar con seguridad los cuerpos de socorro (Cruz Roja, Bomberos, funcionarios de EBAIS) es una verdadera vergüenza. Quien intimide u obstruya la función de los rescatistas, merece una sanción ejemplar, pero, además, la sociedad misma debe poner sus barbas en remojo.
He conocido personas que nunca ayudan a la Cruz Roja, pero que despotrican porque no les envían un helicóptero o una brigada completa apenas reclaman un servicio. ¿Cuántos se han tomado la molestia de visitar los locales y constatar las grandes limitaciones de recurso humano y material que deben superar todos los días, para brindar el servicio que otorgan, muchas veces en forma voluntaria? Eso es una apología del egoísmo.
Recientemente, los medios de prensa destacan que muchos profesionales médicos se ven obligados huir de algunos hospitales, por temor a las amenazas y extorsiones contra sus vidas y las de sus familiares.
El resultado es la saturación de los servicios de los hospitales de referencia, con el riesgo para la vida de los pacientes, y el mayor gasto de recursos. La pregunta es: ¿cuánto tardarán esas lacras en llegar a inundar todo rincón posible de la patria, dejando a la sociedad sin posibilidades de santuario?
Urgen cambios no solamente en las leyes, sino en la conciencia y responsabilidad social contemporánea. Si permanecemos indiferentes cuando se lastiman las manos que nos salvan, probablemente ya no existirán cuando las necesitemos.
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