LN OPINIÓN

Costa Rica, Martes 30 de junio de 2009

/OPINIÓN

EDITORIAL

¿Adónde nos lleva la economía mundial?

 Las posibilidades de reactivación para nuestra economía todavía se ven lejanas

 Se han soslayado las reformas fiscales y laborales, y más bien se revive el proyecto de inamovilidad sindical

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Eventos económicos recientes observados en los mercados internacionales nos obligan a plantear tres preguntas fundamentales: ¿Tocó fondo ya la caída de la producción y los mercados? ¿Será el momento de relajar las medidas para paliar la crisis? ¿Cómo afectará a la economía costarricense? Las respuestas nos permitirán evaluar el desempeño de las políticas adoptadas por nuestras autoridades en este período crucial.

La economía mundial, en especial la de EE. UU. y los países de la Unión Europea (UE), parecen estar tocando fondo. Pero todavía tienen un largo trayecto de estancamiento y bajo crecimiento por recorrer. A pesar de los denominados brotes primaverales ( green shoots ) observados después de un largo invierno de malas noticias en los frentes económico y social, todavía no hay luz verde. Es cierto que ha mejorado el sentimiento de confianza de los consumidores (Míchigan y otros índices) en la mayoría de los países avanzados, con excepción de Japón, y la venta de casas en EE. UU. comienza a despertarse. También se ha registrado un menor número mensual de nuevos desempleados, las cotizaciones de acciones en las bolsas de valores han repuntado, y los bancos comerciales comenzaron a repagar los préstamos concedidos por el Gobierno. Pero todavía hay signos de gran debilidad en todas las economías. Así lo reconocieron el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en sus más recientes informes.

Según estas organizaciones, la recesión ha erosionado los ingresos y las utilidades de las empresas y afectado severamente la inversión. El gasto privado permanece deprimido, los rendimientos de las acciones se mantienen bajos, el crédito permanece esquivo y oneroso, por razones de riesgo más que por ausencia de liquidez (las autoridades han inyectado cantidades impresionantes de recursos y bajado sus tasas de política monetaria a casi cero) y el ahorro autoimpuesto de las personas y empresas hará que el crecimiento de la producción, una vez que se reanude, permanezca muy bajo por un período prolongado.

Según el FMI, la economía mundial decrecerá alrededor de 1,9% en el 2009 y se recuperará poco a poco en el 2010, con una tasa esperada de crecimiento de solamente 0,7%. Esa magra expansión será insuficiente para absorber el desempleo registrado este año, alrededor del 10% de la fuerza laboral, y tampoco permitirá recuperar los salarios reales, golpeados fuertemente en esta recesión. Las previsiones de la OCDE son ligeramente más optimistas, pero van en la misma línea: La producción en EE. UU. caerá este año a –2,8% y en Europa a –4,8%. Estados Unidos se recuperará muy levemente en el 2010 para crecer 0,7% en términos reales, pero la UE se estancará en ese período. El desempleo proyectado en Europa alcanzará 10% en 2009 y 12% en 2010. El panorama luce poco menos que sombrío.

Recomendaciones. Los organismos internacionales sugieren a los países desarrollados mantener políticas monetarias expansivas durante este año y buena parte del 2010 para no abortar los ligeros brotes de recuperación y evitar los problemas de deflación como los que sufre Japón. Igualmente, recomiendan mantener políticas fiscales anticíclicas; es decir, deficitarias, pero concentrando el gasto en inversión pública y programas sociales fácilmente reversibles para evitar una eventual crisis fiscal. La consolidación fiscal a mediano plazo debe contemplar reformas tributarias compatibles con estímulos a la inversión, crecimiento y el ahorro de las personas para retomar sus tasas de crecimiento histórico y absorber el desempleo. Pero, además, deben reformar los mercados laborales para hacerlos más flexibles y mejorar el salario real.

Para los países en desarrollo como el nuestro, atrapados por la crisis con resultados fiscales relativamente estables, pero con políticas monetarias y cambiarias expansivas, la receta es diferente. La reducción en las entradas de capital ante el temor de los inversionistas ha forzado ajustes cambiarios en casi todos ellos y aumentos en las tasas de interés. Eso les impide ejecutar políticas monetarias más laxas para paliar la recesión. Pero sí pueden expandir el gasto público, sobre todo la inversión en infraestructura, para compensar la contracción en los gastos de consumo e inversión del sector privado. A eso se suma la reciente oleada de incrementos en los precios del petróleo; el riesgo aumenta y las posibilidades de una recuperación temprana y robusta parecen muy poco probables.

En Costa Rica, después de gozar una tasa de crecimiento real del 7% en 2007, la producción se contrajo abruptamente este año, alrededor de –2%. En el futuro inmediato también irá de la mano de la economía mundial. Así como el crecimiento se vincula con la expansión internacional del PIB, la recesión correrá la misma suerte. El crecimiento negativo se debe a la fuerte contracción del turismo y la construcción (muy ligada a la inversión extranjera en los últimos tres años), así como menores entradas de capital y exportaciones, todos muy ligados al comercio internacional, que ha caído un 33%. Si la recesión internacional se sentirá todavía este año y no será sino hasta en el 2010 cuando comiencen a reactivarse los gastos de inversión y de consumo y las importaciones de bienes y servicios, las posibilidades de reactivación para nuestra economía todavía se ven lejanas. Entre tanto, el desempleo y la caída en los salarios reales seguirán pasando la factura.

¿Qué han hecho nuestras autoridades para mitigar la recesión y acelerar la recuperación? La respuesta, hasta ahora, es desalentadora. La crisis nos atrapó con una política monetaria expansiva, tasas reales de interés demasiado elevadas y una estructura de erogaciones en el sector público más orientada al gasto corriente que a la inversión. El Gobierno no estuvo dispuesto a impulsar reformas tributarias ni laborales concordantes con la crisis para estimular la inversión y mantener el empleo; por el contrario, su fracción legislativa estuvo de acuerdo en revivir el proyecto de ley para generalizar la inamovilidad laboral a trabajadores sindicalizados, de efectos negativos en épocas de crisis. Tampoco supo prever, a pesar de que lo previnimos con suficiente antelación, los efectos en la recaudación fiscal por causa de la recesión. Y todavía no vemos un plan de reforma fiscal orientado en la dirección que recomiendan el FMI y la OCDE.

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