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Silvia Castro |
Rectora de ULACIT
Creo que todos estamos de acuerdo en que cualquier institución que reciba fondos estatales, pública o privada, debe rendir cuentas sobre esos fondos. Nunca dije que bastase con compartir información financiera con el Sinaes para rendir cuentas, como alega don Rodrigo Arias , rector de la UNED ( La Nación , Foro 16/6/09).
Lo que escribí el 27 de mayo, en este mismo espacio, es que a Ulacit no le preocuparía ofrecer datos sobre su situación financiera y que llevaba años de compartirlos con Sinaes, y en ese sentido, me sorprende que don Rodrigo asevere que el Sinaes no le solicita información financiera a la UNED, puesto que las demás universidades adherentes debemos demostrar que contamos con recursos financieros adecuados para nuestro funcionamiento y que podamos satisfacer, en forma racional, las necesidades que demanda la ejecución del plan de estudios.
En Ulacit he discutido presupuestos y estados financieros con pares nacionales e internacionales invitados por Sinaes y hasta fui invitada por el Consejo de este organismo para explicarles la estructura financiera de mi institución. No hay nada irreal en eso.
Ataque ad hóminen. Como punto aparte, siempre indico a mis estudiantes que, al argumentar, no se vale tergiversar las palabras de la contraparte. Tampoco se debe incurrir en falacias ad hóminem, ataques a las personas o a las instituciones que representan, puesto que, además de no ser una conducta ética, es claro indicio de que se agotaron los argumentos de peso.
Para muestra basta un botón: en este último mes, fui tildada de mentirosa y detractora de la educación superior estatal por funcionarios públicos, miembros de las universidades de Conare, en un programa televisivo de la Universidad de Costa Rica, al cual ni siquiera fui invitada para defender mis puntos de vista ni la integridad de mi institución.
Por otro lado, en prensa pretenden ridiculizarme, alegando que soy defensora de la educación de mercancía, que no reconozco la investigación como función esencial en el quehacer de la universidad, que mi institución aspira a ser pública por pretender concursar por fondos públicos para la investigación, que no podemos considerarnos universidad si no contamos con fondos propios para investigar, y que concibo a la investigación alejada de una visión propositiva vinculada con los sectores más vulnerables. ¡Ataques ad hóminem en su mejor esplendor!
Problema de fondo. Volviendo a la discusión de fondo sobre el financiamiento de la investigación en universidades privadas con fondos estatales, no he leído ni un solo argumento sólido y convincente que descarte la posibilidad: hasta don Rodrigo aclaró que, aunque los fondos concursables fueron creados por el Conare, al servicio de los objetivos de la educación superior pública estatal, Conare está legalmente autorizada a contratar a terceros, incluyendo a investigadores de instituciones privadas, siempre y cuando sirvan a objetivos públicos y que rindan cuentas sobre el uso de esos fondos. Me parece razonable.
En cuanto al segundo punto, sobre la rendición de cuentas, querría entender la razón de la molestia generalizada de los jerarcas de las instituciones públicas: ¿por qué se irritan cuando sugiero que las universidades estatales deberían mejorar las tasas y tiempos de graduación, eliminar el subsidio de los alumnos más adinerados por medio de matrículas muy por debajo del costo real y becas por mérito, disponer de datos financieros sobre los costos por estudiante y abrir más cupos en carreras de alta demanda laboral? ¿Acaso esto es un secreto para alguien?
Sorprendentemente, ninguno ha reconocido estos problemas con humildad. En cambio, insisten en emplear falacias non sequitur , o de conclusión irrelevante: que las universidades estatales ya rinden cuentas cotidianamente, “ejecutando su razón de ser”, otorgando becas, brindando formación integral, abriendo sedes regionales, invirtiendo en formación docente, extensión e investigación. Las privadas, en cambio, gradúan a sus alumnos sin cumplir con planes de estudios rigurosos.
Todo muy bien, exceptuando la última falacia de generalización , ¿pero las respuestas a las preguntas que planteé? Del silencio puedo inferir una conclusión y es que no existen respuestas institucionales a estos problemas ni tampoco nadie dispuesto a reconocerlo. Finalizo esta discusión recordando lo que decía a mis estudiantes: no tiene sentido argumentar cuando su opositor no está interesado en discutir con humildad, valor e integridad intelectual.
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