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Rafael León | rafael.leon@costarricense.cr |
Psicólogo
El título de este artículo no se refiere al tiempo de los adolescentes (adolescente viene de “crecer”, “desarrollarse”), pues este está lleno de vivencias, emociones, encrucijadas y decisiones; sino al tiempo de muchos adultos, que adolece (padece) de falta de todo lo anterior. La rutina –el tiempo sin sentido—se nos eterniza mientras transcurre, y se convierte en un parpadeo al mirar atrás. Solo envejece el espíritu que se aburre, y en nuestro aburrimiento, perdemos la noción de todo lo que puede pasar en un minuto.
Medimos el tiempo en un vano afán por controlarlo, nos fijamos horarios y compromisos a horas determinadas, como si eso nos diera autoridad sobre él. Pero el tiempo se burla de nosotros, mostrándonos que más allá de una sucesión de segundos, corresponde a una cualidad con la que percibimos el entorno. El tiempo tiene la capacidad de alargarse o comprimirse sin que esto sea notado por ningún reloj o cronómetro de facturación humana.
Quizá mi mejor ejemplo sea la forma relativa en que un padre o madre y su hijo o hija adolescente miden un mismo periodo temporal; pues una semana sin un sincero diálogo familiar representa para el primero un solo día laboral cinco veces repetido, mas para el segundo puede significar un hecho o una sucesión de hechos que podrían cambiar su vida para siempre.
Algún adulto digno y severo podrá tacharme, como se hace con los jóvenes, de iluso o dramático, pero la verdad es que cuando maduramos se nos olvida cuán significativos fueron los eventos que franqueamos durante la juventud, y nos atrevemos a medir la importancia del tiempo de los adolescentes en relación con la intrascendencia del nuestro: una broma de menos de un minuto, una respuesta mal dada en un examen, la ruptura con un novio o una novia, o el ofrecimiento de un cigarro que sucede en unos segundos, puede alterar el futuro de nuestros hijos de formas impensadas, y nosotros ni nos damos por enterados.
La teoría del caos enseña que pequeñas alteraciones iniciales pueden resultar en alteraciones inmensas en el rumbo final y previsto de cualquier acontecimiento; siendo así, los sucesos que afectan a los adolescentes y a los niños, por más irrelevantes que a algunos nos parezcan, pueden ser más importantes por sus consecuencias que cualquier cosa que acontezca a un adulto. Conviene entonces restar importancia a los relojes y devolverle al tiempo ese carácter cualitativo que le niegan los calendarios; al tiempo hay que medirlo, no por los días simplemente, sino por lo que hacemos durante ellos.
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