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Costa Rica, Viernes 19 de junio de 2009

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Página Quince

Eduardo Ulibarri

Maestro del racionalismo liberal

 En el centenariode Isaiah Berlin,su legado sigue generando reflexión

Periodista

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En un siglo que, como el XX, padeció los peores embates del pensamiento determinista, con sus secuelas de totalitarismo, intransigencia y subordinación individual a las “corrientes inevitables” de la historia, Isaiah Berlin fue un implacable destructor de falacias y un persuasivo tribuno de la libertad.

Lo hizo desde el racionalismo crítico, mediante agudos análisis de las ideas en los que destacaron la solidez de sus reflexiones, la fluida transparencia de su estilo y un riguroso apego a la honestidad intelectual.

El 6 de junio se cumplieron cien años de su nacimiento en Riga, capital de Letonia, en el seno de un matrimonio judío que se vio forzado a huir del país tras la Revolución Soviética.

A partir de entonces, la familia se estableció en Gran Bretaña, donde Berlin desarrolló una creciente y distinguida carrera académica desde sus cátedras en Oxford.

Murió en un hospital londinense el 5 de noviembre de 1997. De él dijo su colega William Waldegrave:

“Si me hubieran pedido que les mostrara a lo que me refiero por el ideal de lo inglés, les habría llevado a ver una mezcla de todas las culturas de Europa: letona, judía, alemana, italiana. Les habría llevado a ver a Isaiah Berlin”.

Lucidez reflexiva.- Agudo pensador, conversador insigne, melómano pertinaz y amigo de la correspondencia, no se consideró un filósofo político, sino un historiador del pensamiento, particularmente de los siglos XVIII y XIX.

Nunca publicó una obra estructurada sobre filosofía política general. Su lúcida reflexión sobre la libertad no partió de esquemas conceptuales totalizadores, ni pretendió sistematizar, bajo un solo arco, sus componentes, dinámicas y desafíos.

Al contrario, Berlin fue construyendo su corpus analítico y conceptual de manera progresiva y circular, mediante diversos trabajos sobre pensadores, circunstancias y conceptos específicos.

La mayoría de sus libros fueron recopilaciones de conferencias, discursos y ensayos. Pocos, como su excelente biografía sobre Carlos Marx, publicada en 1939, siguieron un solo hilo argumental.

Tal como escribe Patrick Gardiner en su introducción a El sentido de la realidad , si optamos por un abordaje superficial de la heterogénea y dispersa obra de Berlin, podremos suponer que su pensamiento discurre por corrientes separadas, sin conexión entre sí. Pero un examen más concienzudo y profundo revela “un intrincado patrón de ideas sutilmente interconectadas”.

Las libertades.- Uno de sus principales aportes intelectuales, componente esencial de ese “intrincado patrón”, es la distinción entre libertad negativa y libertad positiva.

Para Berlin, la libertad negativa es la ausencia de limitaciones o restricciones a los individuos. La positiva consiste en la realización de nuestros propósitos: la posibilidad de “hacer” y desarrollar nuestro potencial.

Puesto a escoger entre ambas, se inclina claramente por la primera. Parece una proposición modesta, pero encierra una aguda reflexión. La libertad negativa nos protege de imposiciones; así, se convierte en una suerte de seguro contra el despotismo. La positiva, en cambio, puede impulsarnos a ampliar los ámbitos de acción, pero a riesgo de que algunos, para “ayudarnos”, interfieran en nuestras vidas, o que nosotros interfiramos en las de otros.

Su argumentación más articulada al respecto se encuentra en Cuatro ensayos sobre la libertad , el libro que mejor resume su pensamiento, y donde también desarrolla el concepto de la libertad como un valor autónomo.

Para Berlin, “cada cosa es lo que es: libertad es libertad, no igualdad o equidad o justicia o cultura, o la alegría humana o una conciencia tranquila”. Y considera una “confusión de valores” suponer que, al limitar la libertad individual para impulsar otros fines, se incremente una libertad “social” o “económica”. Lo que ocurre, al contrario, es una pérdida neta de libertad.

Choque de valores.- Esto no quiere decir que rechace otros valores, porque Berlin, incluso, acepta la posibilidad de que, en ciertas ocasiones, “la libertad de alguien… pueda ser limitada” para asegurar la de otros. En tales casos, asistimos a un choque de principios, frente al cual “debe encontrarse un compromiso práctico” y justo.

Cómo abordar las frecuentes pugnas entre valores equivalentes, a las que nos enfrentamos los seres humanos y las sociedades, es otra constante de sus reflexiones, con profundas implicaciones éticas y políticas.

“Estamos condenados a escoger, y cada escogencia puede conducir a una pérdida irreparable”, escribe, porque “los fines de los hombres son muchos, y no todos ellos en principio compatibles”.

Frente a los recurrentes conflictos, Berlin considera que “lo mejor que puede hacerse, como una regla general, es mantener un precario equilibrio, que prevenga la ocurrencia de situaciones desesperadas, de escogencias intolerables”. Este es “el primer requisito para tener una sociedad decente”.

Resulta lógico suponer que una persona tan alerta del imperativo de escoger y conciliar entre objetivos o conceptos contrapuestos, rechace cualquier asomo de determinismo para explicar o guiar la historia y la conducta de las personas.

Berlin reconoce que “uno de los deseos humanos más profundos es encontrar un patrón unitario en el cual la totalidad de las experiencias, pasadas, presentes y futuras; actuales, posibles y no alcanzadas, sea ordenada simétricamente”.

Sin embargo, rechaza de plano tal pretensión. Porque, si suponemos que la historia y la gente están determinadas por poderosos factores incontrolables, ¿qué valor tiene la vida individual?; ¿no se justificaría, entonces, aniquilar, torturar o exiliar a quienes obstruyan tales “leyes” históricas? Las respuestas ya fueron dadas por Hitler, Mussolini, Lenin, Stalin, Castro o Pol Pot.

Berlin propone trascender aquello que pueda ser “abstraído y condensado” en leyes sociales deterministas. En su lugar, recomienda abordar la historia como “un retrato” lleno de matices y profundidad perceptiva, que transmita el carácter único de cada momento.

Juicio político.- Como resultado de este abordaje, afirma que el buen juicio de los políticos no se basa en conocer macroteorías ni “en preguntarse a sí mismos en qué sentido una situación dada se parece o no a otras en el largo curso de la historia”. Más bien, deben “apreciar la combinación única de características que constituyen esta situación particular: esta y no otra”, y actuar en consecuencia.

Gracias a su depurada visión de lo específico, a su sutil instrumental analítico y a su capacidad de referir los conceptos a vidas y experiencias, Berlin no es solo fuente de lucidez; también lo es de deleite. Su agudeza conduce a la empatía con los personajes que aborda. Pero como, en sus palabras, “entender no es aceptar”, el resultado, a menudo, es la crítica respetuosa y severa, de la que pasa a las síntesis conceptuales, fundamentos su sólido andamiaje intelectual.

A los cien años de su nacimiento, ¿cómo compararlo con otros grandes pensadores que, en el siglo XX, también impulsaron con vigor el pensamiento liberal, entre los que destacan luminarias como Karl Popper, John Rawls, Norberto Bobbio o Raymond Aron? Difícil decirlo. Pero es fácil imaginar que si, en un hipotético futuro, Berlin pudiera escribir sobre ellos, sus juicios serían los más justos de todos.

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