LN OPINIÓN

Costa Rica, Jueves 18 de junio de 2009

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Jorge Vargas Cullell | jovargas@nacion.co.cr.

Enfoque

PolitÓlogo

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Un “gatazo” es un gato muy gato (o gata), un tipo más listo que todo el mundo. Gatazo es muy astuto: saca petróleo del más mínimo resquicio … aunque se lleve entre las patas a los demás. No tiene más horizonte que satisfacer sus deseos y, como gato que es, panza arriba defiende sus derechos. Es un llorón a la hora de “pedir cacao”; sin embargo, no comparte nada cuando a él (o ella) le toca ayudar. Gatazo va a misa los domingos y reza compungido, faceta piadosa que siempre me descoloca. En fin.

Decía yo que en Costa Rica abundan los gatazos (yo soy gatico, pero me falta echar uñas). Cuando a Gatazo le hicieron un parte por ir sin cinturón, descubrió que se le violaba el derecho de ir como le diera la gana. Puso un salacuartazo y se echó abajo la regulación. Claro que cuando chocó, se llevó un tortazo y lo llevaron rápido al seguro, consumió en gastos médicos la parte de él y los dineros de los demás. Ahí, sí, Gatazo se quedó calladito.

A Gatazo le molestaba no poder ir a todas partes cuando quería. Invocó la violación de su sacrosanta libertad de tránsito y, ¡paf!, se echó abajo la restricción vehicular, una norma que en otras ciudades del mundo se usa para controlar el flujo vehicular. (Hay que decir que Gatazo se empachó al día siguiente cuando tuvo que meterse su libertad en cierto sitio ante el colapso vial).

La historia no es tan sencilla como parece. El fondo del asunto no es que a Gatazo lo alcahueteara la Sala IV, aunque a veces ella lo hacía ronronear. Resulta que Gatazo tenía un conocido, de nombre ignorado, pero al que todo el mundo llamaba Chapiollo , un inútil a cargo de poner orden. Me resulta difícil describirlo. Quizá si ustedes piensan en el MOPT, sacan al personaje. Un verdadero soplas, pues.

Chapiollo no hacía nada bien. Decía que haría una carretera en un año y pasaban treinta. Dijo que modernizaría el sistema de transporte colectivo de San José y en diez años no había hecho nada. Diseñaba mal procesos licitatorios que, por supuesto, después hasta un niño de pecho se los apeaba (y con razón). Concesionaba aeropuertos que siempre estaban a medio hacer. Sin embargo, apariencias aparte, Chapiollo no era nada bruto. Su inutilidad era recompensada por varios gatazos, que muchas veces le ajustaban “para el cafecito”. Sobra decir que Chapiollo se justificaba echándole las culpas de todo a la Sala IV o la Contraloría.

Gatazo y Chapiollo se necesitaban uno del otro: uno para sentirse un gato y otro para seguir comiendo. Entre ellos se escribió la triste historia de un paisillo tropical de cuyo nombre no quiero acordarme.

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