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Dr. Eduardo Arias Ayala |
Psiquiatra
La opinión pública se define como el sentir o la estimación en que coincide la generalidad de las personas acerca de asuntos determinados. Por otra parte, la opinión publicada es la que difunden los medios de comunicación, sin que esta, necesariamente, se encuentre en sintonía con la opinión pública y que en ocasiones más bien trata de encauzarla a su antojo. Lo anterior debe obligar al ejercicio del análisis de todas aquellas opiniones publicadas, cotejándolas incesantemente con la realidad. Esta actitud de discernimiento debe estar abierta a la verdad que pueda estar en lo que se publica, pero está obligada a denunciar toda distorsión de la realidad.
George C. Liechtemberg afirmó que “con frecuencia, para la mayor parte de los hombres, la incredulidad en una cosa se basa sobre la ciega creencia en otra”. Y es que muchas veces lo publicado logra influir eficazmente en lo que se debe y lo que no se debe creer o admitir. Como ejemplo de lo anterior, se tiene a la Iglesia. De esta forma, la Iglesia que es publicada, es retrógrada, anticuada, medieval, peleada con el progreso social y científico, llena de perversos secretos y sobre todo represora de cualquier manifestación de bienestar humano. A esta Iglesia publicada se le pone a decir lo que nunca ha dicho; se le manipulan sus declaraciones y actitudes y se descontextualizan sus opiniones. Esta imagen publicada de la Iglesia llega a asentarse en la sociedad y en los mismos cristianos que al no discernir sobre la información que reciben, llegan a creer ciegamente en lo que los medios publican y que no necesariamente está acorde con la realidad, confirmando lo dicho por Liechtemberg. La Iglesia publicada tiene algo de realidad: no hay otra institución pública que haya admitido y pedido perdón por tantos errores cometidos. Pero esto no debe obviar la infinidad de aciertos que ha tenido por más de veinte siglos y que sin duda seguirá teniendo.
La Iglesia publicada silencia a la Iglesia que se ha encargado de suministrar las bases para el desarrollo social, comercial, científico, académico que se goza en la actualidad. No muestra a la Iglesia llena de espiritualidad, fe, amor, solidaridad y compromiso social. La Iglesia que no es publicada es rica en actitudes heroicas, de esfuerzos por vivir fielmente las enseñanzas de Cristo, quien ha sido y será eternamente el Modelo de hombre que necesita nuestro tiempo.
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