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PolígonoFernando Durán Ayanegui | ferduraya@racsa.co.cr |
químico
“Ser moral en un mundo inmoral es inmoral”. Leí la cita anterior en algún libro, y aunque una falla de la memoria me obliga a presentarla provisionalmente como anónima, tengo la certeza de que proviene, como habría dicho mi madre, “de casa aseada”; es decir, de uno de mis autores favoritos. En todo caso, es posible que al final haya resultado inútil utilizarla porque tal vez no agregue nada al hecho de que me haya sentido, una tarde de estas, incapaz de elaborar un juicio moral sobre un episodio demasiado simple o de nula importancia del cual, para mi desagrado, me tocó ser testigo en un supermercado local.
Varios jóvenes, al parecer empleados del negocio, corrían tratando de dar caza a otro joven que habría incurrido en el acto –si es que se permite en este caso el eufemismo que se aplica usualmente a los depredadores respetables que no se ven obligados a correr ni siquiera para llegar a tiempo a una comparecencia judicial– de “sustraer” alguna mercancía. Superado en número y en velocidad, el fugitivo resultó finalmente detenido y, antes de ser entregado a los vigilantes, objeto de un moderado vapuleo extrajudicial. Lo que más me conmocionó fue el alborozo casi heroico que expresaban los animosos captores al felicitarse entre sí –como si fueran los integrantes de un equipo de futbol que acaba de anotar un gol– por haber atrapado a alguien que, morfológica y etariamente, era indistinguible de ellos, al menos antes de la valiente golpiza. Un comentario escuchado por casualidad, me permitió calcular que el valor de la mercancía recuperada era tan penosamente irrisorio que bajo ningún concepto debería ser la justificación de una paliza o de un sentimiento de épica exaltación.
Era, a la vez, patético y desconcertante. Recordé una escena cinematográfica en la que unos niños, ocultos debajo de un patíbulo, procedían a decapitar a un insecto. Y vinieron a mi mente las imágenes de ciertos personajes, de quienes todos sabemos que, sin exponerse a paliza alguna y atenidos a la impunidad, se han arrogado gallardamente, en efectivo o en especie, sumas que alcanzarían de sobra para adquirir millones de objetos como el que trataba de llevarse el ahora cautivo ladronzuelo; figuras que los entusiastas vapuleadores de aquella tarde verán y oirán, en algún noticiario futuro, en el acto de perorar sobre temas más o menos moralizantes. Pensé que para entonces los héroes del día se sentirán ajenos a cualquier sentimiento de indignación y, curado ya de espantos, mentalmente le sustraje o le robé a un autor cuyo nombre olvido, la cita que aparece al principio de esta columna.
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