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Rodrigo Rodríguez | alerodgom@racsa.co.cr |
Educador
El niño asustado sintió en su cabeza la mano amiga, miró los enormes ojos del maestro y oyó un trueno –“¿Es usted hijo de Alejandro Rodríguez?”- La maestra respondió por el niño, quien no conoció a su padre. El maestro era don Rafael Cortés, la niña Evangelina Solís y el niño, quien escribe. A partir de esta desconcertante experiencia, se repitieron escenas similares, convertidas en interrogación existencial, en huracán silencioso que terminó con el descubrimiento de que su padre algo bueno había hecho; sembró una semilla en el campo fértil del magisterio a principios del siglo pasado: la Ley de socorro mutuo del personal docente , hoy Sociedad de Seguros de Vida del Magisterio Nacional.
Gracias a los muchos amigos de mi padre, fui comprendiendo la importancia de su iniciativa. Germinó la semilla y dio excelentes frutos. Hoy, es hermoso espectáculo en la crisis global; brilla más por la energía de la solidaridad. El maestro Carlos Luis Sáenz, entrañable amigo de mi padre y profeta en su tierra, en 1982 dijo: “Gloria para mi compañero Alejandro, cuya obra perdurará, como un monumento colosal de los educadores costarricenses”.
Muchos eminentes educadores y educadoras han trabajado para el desarrollo de la Sociedad, y en etapas críticas de la historia la han sabido proteger; la última, con la apertura del mercado de seguros. Todos, sin excepción, han contribuido para que cumpla su objetivo primordial.
Además, somos hermanos, hijos de la tierra paterna en que nacimos: la patria. Los innumerables huérfanos del país y del mundo han generado mucho dolor, pero también heroísmo en hombres y mujeres que cumplen la misión paterna. Se dice que tenemos algo de niño, de adulto y de padre. La niña que toma la mano de su hermanito para atravesar la calle expresa ternura y protección paternal. La tremenda necesidad de tener un padre sobrepasa el entendimiento humano y reside en el ADN del alma. Jesucristo crucificado, agonizante, gritó con intensidad: —“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Inclinó su cabeza y expiró. Vino la Redención y la Pascua.
Todo padre es un maestro y todo maestro un padre. Para cada uno mi saludo respetuoso, porque como el Sol, desde el amanecer hasta el ocaso, con la Tierra, madre de todos los dioses, cumple la misión de dar más vida a la vida, en solidaria convivencia social, que debemos extender a todo el país, como lo dice el lema de la sociedad: “Uno para todos, todos para uno. Hoy por ti, mañana por mí”.
Mañana, el mundo será mejor porque usted es una semilla que su padre sembró, y también el sembrador de otra.
En usted, con todos los trabajadores de la educación, saludo la memoria sagrada de mi padre.
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