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Julio Rodríguez | envela@nacion.co.cr |
En un artículo publicado ayer, en La Nación , intitulado “El gran diálogo”, Kevin Casas, exvicepresidente de la República, nos invita a avanzar por los senderos del buen juicio y del sentido práctico, en contra del virus utópico, en la soluciones de los problemas nacionales, de la mano, por supuesto, del conocimiento y la investigación, su punto de partida.
En una de sus reflexiones dice: “Si hemos de labrar un país mejor, me parece que lo primero que debemos hacer es asumir con mayor modestia nuestra capacidad –como individuos y como generación– para modificar la trayectoria histórica del país. Podemos modificarla, pero no sucederá como resultado de un gran hito de ruptura o refundación del que seremos artífices, sino como el producto de la acumulación gradual de pequeñas decisiones sobre temas específicos, determinaciones cuyo alcance muchas veces apenas alcanzamos a conjeturar en el momento de tomarlas. Así construyen la historia las sociedades libres, en las que vale la pena vivir: no mediante episodios de iluminación colectiva ni arrebatos utópicos, sino quitando y añadiendo retazos a la colcha de una historia colectivamente construida. En una democracia esa colcha es siempre disonante y hasta caótica, pero también es siempre mejorable. Esa es la clave”.
La cita es extensa, pero vale la pena. Se trata, en síntesis, de dejar a la vera del camino a los iluminados, a los mesiánicos, a los adictos a la droga de la ideología y del profetismo político, a los vocingleros, a los plañideros de ocasión, explotadores profesionales de la pobreza y el sufrimiento ajeno; a los milagreros, a todos los que resuelven los problemas del mundo, aunque su casa y su familia se caigan a pedazos; a los mercaderes de la pomada canaria, a los insignes fracasados, que nos anuncian periódicamente el diluvio; a los inmaculados y santones, a los gurúes y, en fin, a la inmensa legión de los “pajudos”, vagabundos y mantenidos de profesión, incapaces de proponer una sola solución factible o de apoyarla, o de mostrar algún logro concreto en beneficio “de las grandes mayorías depauperadas”.
En el fondo, se trata de espíritus transidos de miedo, incapaces de una propuesta factible por cuanto se les acaba el negocio. Es más cómodo y rentable enunciar la gran utopía, que distrae y fascina a las almas pías, y produce publicidad, o bien, andar a la caza de chivos expiatorios, al amparo de la teoría de la conspiración, que presentar propuestas específicas, expuestas al paso implacable del tiempo, al sometimiento de la dura crítica, a la exigencia de la rendición de cuentas y a la oferta de resultados. En suma, el gozoso y retador esfuerzo de pensar, trabajar, producir y compartir.
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