Periodista
Dos victorias recientes, una en casa y la otra a domicilio nos tienen en el umbral del Mundial 2010, tras una semana realmente exitosa para la Tricolor y para el país futbolístico.
En lo personal, el valor que destaco de dichos juegos es la actitud que mostró el colectivo, la identificación como grupo, la convicción del ¡Uno para todos y todos para uno! Ese fue el caudal que alimentó el elenco, tanto en los instantes de felicidad, como en los pasajes de angustia que padecimos, sobre todo ante Trinidad y Tobago.
Uno lo pudo observar a través de la televisión. Por ejemplo, la algarabía que mostraron los suplentes luego de cada una de las anotaciones ante los corajudos trinitenses.
Los estelares del sudor se acercaban jubilosos a la línea lateral, y los del chaleco de los suplentes los abrazaban con sinceridad.
Eso no ocurre siempre así. Se dice, incluso, que en un equipo de futbol por lo general hay once jugadores satisfechos y plenamente identificados con su entrenador, mientras que una buena parte del resto no termina de rumiar su frustración y hasta el rencor.
Los escuderos. El gestor de esa renovada actitud y de la cohesión indiscutible que exhibe la Selección Nacional actualmente es, sin duda, Rodrigo Kenton, el timonel.
Sereno, firme en sus criterios, dispuesto incluso a debatir con argumentos cuando se le critica, Kenton ha impuesto su recia personalidad al interior del plantel y se ha ganado el respeto de todos quienes amamos el deporte.
Cuenta, además, con tres escuderos de altísimo nivel, como son sus asistentes Luis Diego Arnáez y Victorino Quesada, así como la tarea silenciosa, pero efectiva y constante de don German Retana en el terreno de la motivación.
Mi taza de café se enfrió varias veces en la tarde del sábado 6 de junio, cuando las gacelas rojinegras se acercaban con posibilidades y nos pintaban la cara con acciones de peligro, de las que salimos, al fin de cuentas, muy bien librados.
Mientras se jugaba el partido, los primeros planos de la televisión mostraban la recia personalidad de nuestro director técnico, presto a dar indicaciones sobre la marcha, con firmeza pero sin aspavientos.
Y al final, sobre la pista empapada del estadio Dwigth Yorke, observamos caminar a un hombre, quien, para ventura de nuestro más popular deporte, a raíz de hechos recientes conocidos por todos, en un trance crucial para el futbol, supo dar la cara y un efectivo golpe de autoridad. Ese es don Eduardo Li.
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