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Diego Víquez |
Filósofo
Nuestros tiempos evidencian en múltiples sectores, un enorme desconcierto de frente a cómo vivir la vida, cómo construir proyectos facilitantes de vida, o establecer con qué elementos orientar la conducta o construir el entramado social.
La ruptura con el antiguo orden, parece habernos dejado al menos en la confusión. Hoy los padres de familia experimentamos no pocos dilemas frente a la educación de nuestros hijos; los maestros y profesores claman por los problemas que traen los niños de casa, estando ellos mismos bastante mal preparados para enfrentar el mundo infantil y juvenil. Adicional a lo anterior, hemos de afirmar, que de todas maneras, el sistema educativo, se ha venido preocupando, desde los más chiquitos, hasta los universitarios, en transmitir capacidades técnicas, prácticamente ayunas de conocimientos sapienciales, esos que permiten descubrir el sentido de la vida, y enfrentar los dilemas grandes y pequeños que realmente van conformando la vida diaria de las personas.
Ante este panorama, que fundamentalmente consiste en carecer de certezas, uno comienza a ensayar respuestas y a preguntarse cómo se llega a tal estado de confusión, en el que parece que todo da igual. Tengo la creciente impresión, de que el panorama actual resulta bastante semejante a la ruptura que se produjo en Europa entre cristianismo y sociedad luego de la Ilustración, aunque lógicamente por razones diversas.
Nueva rebelión. Mientras que la Ilustración se rebela frente a un orden social inmensamente injusto, fruto de un contubernio entre el poder político y el religioso –herencia del Edicto de Milán–, esta nueva rebelión frente al mundo religioso, parece tener otras causas: revancha frente a un discurso religioso casi negador de la vida y deterioro del gremio clerical ( caracterizado esto último por el centralismo de la institución de frente al mensaje cristiano, pérdida del rigor intelectual y moral y ausencia casi absoluta del debate nacional, así como cierto culto a la riqueza).
El resultado es evidente, la institución cuya única razón de ser es transmitir los tesoros del Evangelio, que han permeado y dado forma a la cultura occidental, replegada sobre sí misma, mientras que la humanidad se encuentra cada vez más necesitada de esas certezas. En la Francia de las primeras décadas del siglo XX, se produjo, como en toda Europa, una importante ola de conversiones al catolicismo, por parte de gentes provenientes particularmente de las letras y de la filosofía, se trató de una especie de rebelión, frente a la demolición del entramado naturalmente cristianos que amalgamaba la cultura europea. Entre estos hombres, cabe señalar a Charles Péguy.
Péguy se describe a sí mismo: “No soy un santo, porque los santos se ven inmediatamente; yo soy un pecador, un buen pecador, un pecador que asiste a misa los domingos en la parroquia, pero soy un pecador con los tesoros de la gracia divina”.
Al analizar las causas del abandono que del cristianismo venía haciendo su tiempo, Péguy no señala amenaza externa al cristianismo mismo, afirma que los responsables son los eclesiásticos y los intelectuales religiosos de su época. Para él, la tragedia de los últimos decenios en la Iglesia ha sido la reducción del cristianismo a símbolos religiosos para transmitir una ética normativa, además de la búsqueda incesante de poder y riqueza, así como dar mantenimiento a los últimos privilegios existentes.
El cristianismo siempre y solamente será el misterio de la gracia, de un encuentro, de una presencia ante la que se produce asombro, estupor y luego adhesión; todo lo demás solo son palabras al viento, nada y vacío.
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