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Costa Rica, Domingo 7 de junio de 2009

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Polígono

Fernando Durán Ayanegui |

Globus atomicus

químico

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El propósito de evitar la proliferación de las llamadas armas de destrucción masiva es moralmente intachable. De ahí que la condena de los avances de Irán y Corea del Norte en el ámbito nuclear militar, así como la presión diplomática para que ambos estados renuncien a ir más lejos, estén más que justificadas. Sin embargo, el inútil y a veces inaplicable sentido común recomienda, a las potencias que podrían caer en la tentación, no considerar con ligereza el recurso a la fuerza militar como medio para impedir que nuevos países se unan al club nuclear. Comenzando porque, hasta donde es sabido, muy débiles son, si es que existen, las presiones de orden moral o diplomático que se ejercen sobre los actuales socios de ese club para que, voluntariamente, dejen de serlo. De hecho, solo Sudáfrica desmanteló por voluntad propia su programa de armas nucleares y solo la inerme Ucrania del período inmediato a la disolución de la URSS fue convencida de –o pagada para– que renunciara a un arsenal nuclear de su legítima propiedad. Claro que en este último caso el arsenal no habría sido operativo sin la colaboración de Rusia y esa es una de las razones por las cuales los nacionalistas ucranianos –de muy mala memoria, por cierto– no tuvieron oportunidad de proponerse una salida diferente. En todo caso, fue una gran suerte para Europa y para el mundo que no emergiera una potencia nuclear cosaca.

Fuera de eso, ningún miembro del club troglodita quiere salirse ni está bajo presión para que lo haga. Y ahora resulta que, si algo debería estar en la agenda internacional de manera más prioritaria que la persuasión de Irán y Corea del Norte, es la desnuclearización de Paquistán, un estado enfermo que parece estar a punto de extinguirse. Es un sueño, no hay duda, pero ojalá los mismos dirigentes paquistaníes tomaran la iniciativa de desmantelar su parafernalia nuclear antes de que se convierta en el bien de un difunto que no dejó testamento.

Para volver al punto del sentido común, suponiendo que en algún momento se decidiera –¿decide quién?– una acción militar para obligar a Irán, a Paquistán o a Corea del Norte a desnuclearizarse, ¿sería eso imaginable sin la participación de por lo menos uno de los estados nucleares ya reconocidos? Puesto en lenguaje de barrio, debemos preguntar si es válido reclutar a los policías en una cárcel, aunque esta sea de mínima seguridad. Al fin y al cabo, la más reciente conducta política y militar de las democracias y seudodemocracias nuclearizadas –hasta hace poco Paquistán era una de estas– no da para cinco en una escala de diez.

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