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Costa Rica, Domingo 7 de junio de 2009

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EDITORIAL

Cuba, la democracia y la OEA

 La apertura a un eventual reingreso cubano mezcla el realismo y los principios

 Ha quedado explícito el mensaje de que la democracia será un requisito esencial

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En su tercera sesión plenaria, y tras un largo proceso de negociaciones internas, la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), reunida en San Pedro Sula, Honduras, adoptó el pasado miércoles una resolución sobre Cuba que debe ser bienvenida por dos razones principales. La primera es su carácter realista y pragmático; la segunda, y mucho más importante, su apego a los valores y normas del Sistema Interamericano, entre los cuales la democracia es pilar fundamental.

Desde esta perspectiva, el texto, aprobado por consenso, está muy lejos de representar una victoria para el régimen de los hermanos Castro. Al contrario, y pese a que tanto ellos como sus aliados incondicionales –como Hugo Chávez y Daniel Ortega– lo han celebrado, el mensaje real de la resolución es que, para poder reintegrarse al organismo, Cuba, lejos de ser “invitada”, deberá solicitarlo explícitamente y cumplir con una serie de requisitos.

Lo que, explícitamente, ha dispuesto el acuerdo es dejar “sin efecto” la decisión adoptada el 31 de enero de 1962 por la Octava Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores, la cual excluyó al Gobierno de Cuba –no al país– de su participación en la organización y entidades anexas, por considerar que el declarado carácter marxista-leninista de su régimen resultaba “incompatible con los principios y propósitos” del Sistema Interamericano.

Pero esto no implica, ni mucho menos, la posibilidad de una inmediata reincorporación; menos, como pretendía una propuesta inicial de Nicaragua y Honduras, darle disculpas a la dictadura e “invitarla” a regresar. Al contrario, el segundo aspecto resolutivo dice que su eventual retorno “será el resultado de un proceso de diálogo iniciado a solicitud del Gobierno” de Cuba, “de conformidad con las prácticas, los propósitos y principios de la OEA”.

Lo anterior implica, como menciona uno de los considerandos, respetar los principios “contenidos en la Carta de la Organización y en sus demás instrumentos fundamentales relacionados con la seguridad, la democracia, la autodeterminación, la no intervención, los derechos humanos y el desarrollo”. Y uno de esos instrumentos es, precisamente, la Carta Democrática Interamericana, baluarte en la defensa de la democracia representativa como valor esencial en el hemisferio.

El mensaje es que la OEA ha abierto sus puertas a los Castro, pero ha establecido, también, el procedimiento y los requisitos para que puedan franquearla, y ello implica dar muestras de respeto hacia la democracia y los derechos humanos.

El próximo paso corresponderá a la Isla, cuyos gobernantes, además, deberán solicitarlo y abrirse a un diálogo sobre puntos esenciales.

De este modo, la OEA ha mantenido sus principios y los de la Carta Democrática, ha despojado al régimen cubano de uno de sus argumentos propagandísticos como “víctima” de la entidad y Estados Unidos, ha eliminado un punto de fricción en las relaciones hemisféricas y ha creado condiciones que pondrán a prueba las verdaderas intenciones castristas sobre la organización, así como su actitud hacia la democracia.

Importante como es la resolución, la diplomacia hemisférica no debería quedarse aquí. Se impone precisamente que los Gobiernos latinoamericanos desarrollen iniciativas sinceras e inteligentes para presionar en pro de los derechos humanos y el ejercicio de las libertades en Cuba.

La responsabilidad es de todos, pero la iniciativa deberían tomarla países líderes como Brasil, México y Chile.

Es hora de que América Latina deje de actuar hacia Cuba por oposición a Estados Unidos. Lo verdaderamente realista, visionario y decente es hacerlo por el bienestar del pueblo cubano. Y esto pasa, necesariamente, por la promoción de la democracia.

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