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Juan Pablo Rodríguez |
Economista
Tal era el título de un artículo publicado por The Economist en noviembre del 2004, y que se convirtió en lectura obligada para los estudiantes de finanzas de la época. Exponía el texto cómo ciertos fondos de inversión estaban a la vanguardia del acontecer financiero y sus líderes se habían convertido en los reyes del capitalismo. Más específicamente, el rey tenía nombre y apellidos: Stephen Schwarzman, el billonario presidente del Grupo Blackstone.
Este artículo era parte de una forma bastante difundida de entender el desarrollo financiero. Años atrás, antes de que los fondos de cobertura estuviesen de moda, los bancos de inversión compitieron intensamente por la atracción de las “mejores” mentes para desarrollar instrumentos financieros complejos. Cuanto más complejo el instrumento, mejor.
Algunas de estas invenciones aportaron soluciones reales a necesidades reales de inversionistas o de corporaciones, pero muchas de ellas no eran más que apuestas elaboradas sobre la base de matemáticas relativamente avanzadas, pero apuestas, al fin y al cabo. Muchos de los inversionistas y empresas que invirtieron en estos instrumentos, ya desde finales de los 80, no entendían qué estaban comprando, pero invirtieron dinero propio y ajeno, en parte por lo novedoso, en parte por ambición y en parte por vergüenza a preguntar qué era eso que su banquero les estaba ofreciendo como una solución reservada para clientes exclusivos y sofisticados.
Nos engañamos. Decía Abraham Lincoln que se puede engañar a unos pocos por mucho tiempo, engañar a muchos por poco tiempo, pero no engañar a todo el mundo permanentemente. El problema fundamental al que nos enfrentamos es que por décadas nos engañamos unos a otros queriendo confundir la creación de riqueza con la cosmética financiera. Partiendo de la premisa incorrecta llegamos entonces a creer que un instrumento de cobertura complicadísimo, basado, digamos, en una potencia de cierto índice subyacente de tasas de interés, sería más apropiado que una cobertura sencilla basada en la tasa de interés de referencia. Llegamos también a creer que apalancar empresas a niveles de 10 veces y más su flujo de caja operativo anual era una receta para generar retornos de manera sistemática. Y llegamos a creer que un activo podía apreciarse indefinidamente, incluso a ritmos superiores al crecimiento sostenido de la economía.
Actualmente estamos en lo que muchos consideran la peor crisis económica desde la Gran Depresión. Este contexto ha sido el escenario soñado para quienes desde siempre han anunciado la caída del capitalismo. Tenemos entonces a Hugo Chávez comparando sus iniciativas de nacionalización con las inversiones que han realizado los Gobiernos de varios países desarrollados en empresas que en otro momento fueron sinónimo de pujanza, bancos y automotrices dentro de las más sobresalientes. Aquí mismo, en Costa Rica, tuve la ocasión de escuchar recientemente a un eterno aspirante a presidente, decir que las medidas intervencionistas implementadas por Estados Unidos frente a la crisis confirmaban que teníamos que volver a incrementar el tamaño del Estado, favorecer el intervencionismo y, más aún, cerrar nuestras fronteras, ser autosuficientes y olvidarnos del libre comercio.
Mucho cuidado. Aquí no se ha roto nada que no debiera haberse roto de todas formas. Por varios años, terminando en el 2008, vimos un ritmo de apreciación en el sector de bienes raíces que nadie puede, de manera fundamental, explicar. Esto generó la percepción de que se estaba creando mucha riqueza, y parte de esa riqueza se convirtió en efectivo, conforme los activos artificialmente caros cambiaban de manos. Tanto la riqueza percibida, en su forma de ganancias no realizadas, como la que efectivamente se hizo líquida, empujó la apreciación de otros tipos de activos.
Los índices accionarios alcanzaron máximos históricos y así lo hicieron también los precios de las viviendas como múltiplo del ingreso disponible de las familias. Las mismas mentes brillantes que años atrás generaron instrumentos de cobertura basados en “el cuadrado de un múltiplo de una función inversa de algún índice” se dedicaron a crear instrumentos para sacar hipotecas del balance de los bancos comerciales y ofrecérselas, con mil sabores distintos, a inversionistas “sofisticados”. Sobre algunos de estos instrumentos me limito a decir que Alan Greenspan, uno de los economistas más reconocidos del mundo y presidente por muchos años de la Reserva Federal estadounidense, cuando se le pedía su opinión sobre ellos, tuvo que reconocer que no los entendía.
Varias burbujas se desinflaron, unas de la mano de otras. Se dice que mucha riqueza se perdió. La verdad es que buena parte de esa riqueza no existió realmente. Ahora la economía está deprimida, entre otros motivos, por nuestra misma naturaleza a sobrerreaccionar, y porque nos comportamos todos como dice el libro que se deben comportar las personas cuando hay crisis. Postergamos ciertas decisiones, y todo eso hace que la profecía se vuelva tanto más real. Eventualmente retomaremos esas decisiones de largo plazo; cuándo y por qué detonantes, ningún modelo económico existente sabe predecirlo.
No confundir las cosas. Lo cierto es que debemos evitar confundir las cosas. Cuando Chávez nacionaliza una empresa, está irrespetando los derechos de propiedad, la capacidad empresarial y de trabajo de su propio pueblo y enviando el mensaje de que un grupo de burócratas puede arrogarse las decisiones de inversión, producción y consumo de millones de personas. Cuando Estados Unidos invierte en una empresa en bancarrota (y no analizo aquí la pertinencia de tal medida), no pretende que su función es gestionar empresas, sencillamente está enviando una señal para generar confianza y que los actores económicos incorporen ese mensaje a la hora de tomar su próxima decisión, ojalá con menos timidez que la anterior, pero con más sabiduría que la que degeneró en múltiples burbujas juntas.
Con la economía de mercado pasa más o menos lo mismo que con la democracia como la describió Winston Churchill: es el peor de los esquemas de asignación de recursos, a excepción de todos los demás que se han intentado.
Y, sobre los reyes del capitalismo, nos hemos equivocado en tratar el tema con tanta pompa. Los reyes siguen siendo los mismos: la empresaria que arriesga su capital esperando resolver, de manera rentable, una necesidad insatisfecha; el trabajador que sostiene a su familia sobre la estabilidad que le brinda su sueldo, y el consumidor que prefiere decidir cuál paquete de arroz comprar en lugar de hacer fila para que le entreguen la ración de la semana.
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