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Costa Rica, Miércoles 18 de febrero de 2009

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Nacion.com

Julio Rodríguez | envela@nacion.com

En Vela

La saga del almuerzo de 13 funcionarios públicos en un restaurante de Santa Ana, el 11 de noviembre pasado, revelado el 3 de febrero de este año, no ha terminado todavía. Al parecer, la táctica del suspenso está de moda.

Este almuerzo ha pasado por todas las instancias del Estado y por todos los recovecos de los actores en liza: dos informes; reuniones de junta directiva; auditorajes internos; Poder Ejecutivo; Asamblea Legislativa, con sus respectivas interpelaciones; informaciones sin fin, verdades y mentiras, quejumbres, peroratas y hasta la réplica, a contrario sensu , de la sentencia solemne del Chapulín Colorado: “Si ella renuncia, ¿quién podrá defendernos?”. Y la cosa sigue por cuanto la junta directiva del Banhvi aplazó para el próximo miércoles el estudio del segundo informe.

Caigo en la tentación de esta segunda columna sobre la materia para excavar en la mejor lección de este convivio en el restaurante El Ceroti (como leyó un locutor): ¿qué no serían Costa Rica y el Estado costarricense si todo el empeño puesto en práctica en una factura de 667.000 colones hubiera inspirado y movido a gobernantes, diputados, políticos y todo lo demás en una lucha pertinaz contra el despilfarro de los recursos públicos, contra la corrupción, contra el clientelismo político y las malas yerbas que asfixian a una sociedad?

No me refiero a este Gobierno, sino a todos los otros y, en particular, a algunos personajes. Océanos de dinero de los contribuyentes se han evaporado por malos proyectos, por chambonería estatal o política, por ajustes y reajustes, por falta de planeamiento, de control y de sanción; por compadrazgo, por temor a ejercer la autoridad, por contaminación ideológica, por privilegios y fueros especiales, y por otras desventuras…

El tico explota y arde en ira ante cuatro pecados en la función pública: aumento de salarios, consumo de licor, uso de vehículos oficiales y viajes al exterior; es decir, de todo aquello que está a la altura de sus recónditos anhelos y, quizá, de la envidia. Todo lo demás, sobre todo si sobrepasa los ocho ceros, le es, al parecer, indiferente. Aún más, a no pocos delincuentes de la cosa pública se les rinde pleitesía. Pasan a la galería de la gente inteligente, de los VIP, de los vivillos…

Llama la atención que, en este largo túnel que nos espera, todo el esfuerzo gira alrededor de la economía, a la que se le exige una elevada cuota de ética, como si fuese una persona, con olvido de que la moralidad comienza con la libertad, nuestro bien más preciado, “la clave del enigma humano”.

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