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Costa Rica, Miércoles 4 de febrero de 2009

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Página Quince

Amalia Chaverri | amchave@racsa.co.cr

¡Qué lágrimas!

 Federer y Nadal han dejado una huella en la historia de las competencias deportivas

Filóloga

Antes de ver con entusiasmo el momento cumbre en el que se le entregaría a Rafael Nadal la copa como campeón del torneo de tenis de Australia, vimos aflorar las lágrimas de Roger Federer. Dominándose al principio, tratando de ocultarlas luego e incontenibles al final, se vio obligado a suspender sus declaraciones. Confieso que esos minutos (como pocos en el historial de las finales de tenis) produjeron más emociones, apelaron a más sentimientos y expresaron más mensajes que el momento en que Nadal –que, confieso, era mi favorito– recibió la codiciada copa.

Lágrimas que enaltecen. Fueron lágrimas de frustración, de fracaso de expectativas y, consecuentemente, de derrota. Sin embargo, veámoslas de otra manera. Fueron lágrimas espontáneas, humildes, sinceras y agradecidas por los fuertes aplausos del público, que dejaron de lado protocolos, convencionalismos, estereotipos, y el burdo mandato social (ya por dicha casi en extinción), según el cual los hombres no pueden llorar.

Federer demostró al mundo que su actuación al llorar por una derrota – y ante ese feroz oponente – no desmerece, sino que enaltece. Enaltece porque son lágrimas derramadas por quien ha sido, por muchos años, el mejor del mundo en ese deporte, puesto ganado con pasión, esfuerzo, rigor, dedicación y el apoyo –e intereses económicos indiscutibles de firmas patrocinadoras–, todo lo cual lo ha convertido en famoso, adinerado, alabado y también modelo, esencialmente por su dedicación, para la juventud.

Hay algo más. Posiblemente este extraordinario jugador ha tomado conciencia de que su supremacía y reinado absoluto como primero del mundo podría estar llegando a su fin. También, las lágrimas de Federer son metáfora o símbolo del paso del tiempo y de la consciencia de momentos irrecuperables. Por supuesto, cuando llegue el momento de retirarse como jugador activo, otras puertas se le irán abriendo tal como ser figura y modelo –muy rentable por cierto– en el mundo de los símbolos (y también negocios) deportivos, tema por lo demás interesante e importante, pero cuyo análisis escapa, en estos momentos, a nuestros propósitos.

Actitud honorable. Si bien millones de espectadores vieron a Roger Federer desconsolado, llorando sin restricciones ni contención, no menos ejemplar y honorable fue la actitud de su rival quien, todo parece indicar, no gozó (al menos frente al público) al ver y sentir la tristeza de su contrincante –a quien admira y respeta– ya que fue él mismo quien se la ocasionó. ¡Paradojas de la amistad!

Lo que puede beneficiar este triunfo (mucho se seguirá hablando de Nadal) y esta derrota son la enseñanza que a la juventud (y también a la “vejentud”) dejan ambos, al dar muestras no solo de sus respectivos esfuerzos individuales, sino de un respeto mutuo, de solidaridad y de humildad, más allá del resultado de las contiendas.

Federer y Nadal han dejado una huella en la historia de las competencias deportivas: saber perder con dignidad aceptando la derrota y, por otra parte, aceptar el reconocimiento sin actitudes de venganza y de triunfalismos.

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