Página QuinceOttón Solís |
Excandidato presidencial
Tuve el privilegio de asistir a la toma de posesión de Barack Obama, acompañado por mi esposa, Shirley Sánchez, y el jefe de Fracción del PAC, diputado Francisco Molina. La invitación del Comité Organizador de la Ceremonia me permitió vivir intensamente un gran momento en la historia. Estuve cerca físicamente (a pocos metros del podio presidencial, entre personalidades de la política, la cultura, los negocios y el entretenimiento de Estados Unidos) y me sentí cerca conceptual y éticamente.
Llegamos varias horas antes de los actos de traspaso de poderes, tiempo en el que participamos en conversaciones con otros asistentes sobre las razones para estar ahí y el significado de lo que estábamos viviendo. Me presenté enfatizando mi nacionalidad costarricense y una vez más pude constatar la deferencia que se confiere a quienes nacimos en esta bendita tierra.
Festivo y solemne. El ambiente mezcló lo festivo con lo solemne, lo emocional con lo intelectual, el pasado con el futuro. A lo largo de las horas frecuentemente hubo abrazos efusivos totalmente espontáneos, hurras repentinos a Obama, lágrimas de felicidad y reflexiones sobre las nuevas posibilidades. Todos coincidimos en que Obama mismo era un mensaje contra cualquier tipo de discriminaciones: por género, por color de piel, por clase social, por orientación sexual, por religión, por cultura, por nacionalidad o por historia. También conversamos sobre sus conceptos en relación con el ambiente, con la participación ciudadana, con la transparencia y la vocación de servicio que debe caracterizar a los gobernantes, con la justicia social, con el respeto a otras naciones y su compromiso con la diplomacia.
A mi memoria recurría Imagine , el “himno” de Lennon al amor y a la paz. En los segundos de su juramentación un silencio expectante se apoderó del auditorio. Muchos en oración pedimos para que el nuevo presidente se deje guiar por Dios y para que Dios escuche sus peticiones.
Su discurso no será al que acudan quienes se especializan en reiterar citas sobresalientes, pero sí el que estudiarán los que deseamos un cambio en el mundo hacia más justicia, más inclusividad, más honestidad, más valores, menos cinismo, menos dogmatismo y más paz.
Comenzó diciendo que se presentaba con humildad y agradecido, consciente de lo que sus ancestros habían hecho por Estados Unidos. Luego habló sobre la necesidad de unirse, de eliminar el conflicto, la polarización y los dogmas. Afirmó que lo importante no es el tamaño del Estado, sino si funciona o no funciona. También fue contundente en establecer que las fuerzas del mercado deben regularse y controlarse y que “una nación no se enriquecerá cuando favorece sólo a los ricos”. Agregó que el “éxito económico… no depende únicamente del tamaño del producto interno bruto, sino de a cuántos beneficia la prosperidad; de la posibilidad de brindar oportunidades a toda persona dispuesta”.
Haciendo una reverencia inspiradora a la supremacía de los valores y una descalificación mayúscula al maquiavelismo, enfatizó que no hay contradicción entre logros y fidelidad a los ideales y que no los sacrificaría en aras de la conveniencia o la oportunidad. Recordó que en grandes victorias de la humanidad las convicciones y la fuerza del ejemplo han jugado un papel central.
Afirmó que los valores de los que el éxito nacional depende son el trabajo duro, la honestidad, el coraje, la tolerancia, la curiosidad científica, el juego limpio, la lealtad y el patriotismo. Con claridad meridiana habló sobre los deberes ciudadanos: “Lo que se requiere ahora es una nueva era de responsabilidad… un reconocimiento de cada uno de que tenemos deberes con nosotros mismos, con el país y con el mundo… Este es el precio y la promesa de ser ciudadano o ciudadana”.
Calor espiritual. En el frío de Washington ese 20 de enero –tanto por la recesión económica como por los -3 grados centígrados de temperatura– las palabras de Obama calentaron el espíritu de quienes le escuchamos. Parecía que el sentido común y la sabiduría habían tomado la capital norteamericana. Entendemos la enorme influencia que en el pensamiento de muchos políticos y analistas ejerce Washington. Por ello sentimos regocijo cuando el nuevo presidente dice, lo que en nuestra narrativa sería que lo importante es la productividad del estado y no su tamaño, que debemos superar la polarización y los dogmas, que las fuerzas del mercado no deben dejarse a la libre, que no hay desarrollo si no es para todos, que debemos brindar acceso universal a las cañas de pescar, que los ciudadanos deben tener mística y ser conscientes de sus responsabilidades, que el ejemplo es una fuerza transformadora y que los valores y principios deben estar por encima de todo.
El nuevo paradigma de Wash- ington nos ofrece enormes oportunidades. Hoy Obama es el nombre de la esperanza; depende de nosotros que la convirtamos en realidad.
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