LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 1 de febrero de 2009

/OPINIÓN

Gustavo Román

Las desventuras del camaleón

 El individuo pierde su identidad por el deseo de ser aceptado por su grupo social

Abogado

La inteligente comedia de Woody Allen Zelig , relata la historia de un hombre, Leonard Zelig, con la extraordinaria debilidad de asimilarse a las personas que lo rodean; tanto, que incluso adquiere sus rasgos fisonómicos y sus particularidades lingüísticas. Asume la jerga de los médicos cuando está con ellos, la pose nazi entre los nazis y las maneras de los mafiosos en sus antros de esparcimiento. La prensa da cuenta del fenómeno del camaleón humano y ahí empieza la trama contada en formato de documental.

Identidad e influencia social. Allen aborda así el tema de la relación entre construcción de la identidad e influencia social, haciendo de su personaje el absurdo extremo de un comportamiento no solo usual sino además exigido en el mundo adulto. Allí donde la honestidad se convierte en desfachatez y la simulación en cortesía, es evidente que todos aprendemos, desde muy temprano, a modular nuestro tono y discurso según el auditorio al que nos dirijamos.

Son las lecciones de urbanidad que canta Serrat “a simple vista no se ve el charol de sus entrañas. Las apariencias engañan en beneficio de usted. Hágame caso y tome ya lecciones de urbanidad. Que usted será lo que sea, escoria de los mortales, un perfecto desalmado, pero con buenos modales”.

Algo de victoriano ha de tener quien quiera ser respetable, pues ser genuino es tan impropio como la desnudez. El degenerado Gog, de G. Papini, estima que las máscaras deberían ser parte fundamental de la indumentaria, como los zapatos o los pantalones: “Todos deberían tener en su guardarropa, junto con los sombreros, la máscara triste para las visitas de pésame y los funerales, la máscara patética y amorosa para los flirts y los casamientos, la máscara riente para ir a la comedia o a las cenas con los amigos ... la necesidad de disimular, de componer nuestros rostros con arreglo a sentimientos que casi nunca experimentamos, se vería muy reducida”.

Las motivaciones del fingimiento son variadas. Existe el camaleón político, con una versatilidad desconcertante para aquellos cuya memoria soporte el embate del spot publicitario. Está el fantoche de convicciones epidérmicas cuyas opiniones, al no articular su pensamiento, resultan en una locuaz contradicción francamente patética.

Igualmente famoso es el fanfarrón, presto siempre a pontificar sobre cualquier tema del que sea un completo ignorante pero del que haya captado una sentencia que pueda parafrasear con aplomo. Y quién no conoce al chico top ten , a quien el gusto artístico se lo dictan la taquilla, el rating o los best sellers . La lista se engorda con el servil, eco autómata de sus jefes, y el trepador profesional, cuya garra siempre se adapta a la siguiente piedra que aspira escalar.

Deseo de aceptación. Tan variada fauna no debería extrañarnos en la sociedad ortopédica de Michel Foucault, en la que ser diferente es angustiante; el valor de la imagen es absoluto y pertenecer a un grupo, es vital. En el fondo, anida la falta de aceptación. El camaleón menos pretencioso, aquel que se cubre del vendaval del rechazo con su total permeabilidad, solo quiere “caerle bien” a sus semejantes. Eudora Fletcher, la terapeuta de Zelig, lo descubre. El paciente recupera su identidad gracias a la aceptación incondicional de su persona por parte de la psicoanalista.

Una estructura débil de personalidad pasa por el poco ejercicio de lo que H. Arendt llamaba solitude , ese diálogo silencioso del sujeto consigo mismo, en el que se acompaña, se escucha, discierne y articula su pensamiento y motivaciones. En estos días hacemos la mayor parte de nuestra experiencia vital fuera de nosotros mismos, ajenos, exiliados de la conciencia, al punto que podríamos llegar a olvidar nuestro propio rostro en un mundo de espejos y resonancias estridentes.

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