LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 25 de enero de 2009

/OPINIÓN

Bennett Ramberg

Las retiradas americanas

 Le retirada de Iraq redundará probablemente en provecho de los Estados Unidos

Bennett Ramberg prestó servicio en la Oficina de Asuntos Políticos del Departamento de Estado de los EE. UU. durante el gobierno de George H. W. Bush. Copyright: Project Syndicate, 2009. www.project-syndicate.org Traducido del inglés por Carlos Manzano.

LOS ÁNGELES – Cuando el próximo gobierno de Barack Obama debata el ritmo y las consecuencias de la retirada del Iraq, hará bien en examinar las repercusiones estratégicas de otras salidas americanas en los decenios finales del siglo XX. Aunque los compromisos americanos con el Líbano, Somalia, el Vietnam y Camboya difirieron en gran medida, la Historia revela que, pese a los inmediatos costos para el prestigio de los Estados Unidos, la retirada redundó en última instancia en provecho de los Estados Unidos.

En todos esos casos, una relativa estabilidad regional surgió después de una retirada militar americana, si bien al precio de una importante pérdida de vidas. Los antiguos adversarios de los Estados Unidos se dedicaron a consolidar o compartir el poder o sufrieron una derrota interna o se enfrentaron con los Estados vecinos. En última instancia, prevalecieron los intereses vitales de los Estados Unidos. En la actualidad todo indica que se puede repetir esa tónica cuando los Estados Unidos abandonen Mesopotamia y dejen a los iraquíes decidir su propia suerte.

Líbano e Iraq. De las cuatro retiradas, se puede decir que la intervención americana en el Líbano en el período 1982-1984 constituye el paralelismo más próximo al Iraq actual. En los enfrentamientos del Líbano, país desgarrado por la violencia sectaria a partir de 1975, participaba un número mayor de opositores mutuos que en el Iraq actual.

En esa contienda intervinieron los EE. UU. y sus aliados occidentales. Su objetivo era crear una zona tampón entre las fuerzas israelíes y las de la OLP, que entonces estaban combatiendo en Beirut, para fomentar la retirada de las dos. Las matanzas en los campos de refugiados palestinos movieron a subscribir un nuevo compromiso para “restablecer un gobierno central fuerte” en el Líbano, por citar al presidente Ronald Reagan, pero el resultado de la intervención fue el de que las fuerzas de los EE. UU. pasaron a ser simplemente otro blanco de ataques, que culminaron en el atentado con bombas de 1983 contra un cuartel de la Marina de los EE. UU. en el que murieron 241 soldados americanos. Un ataque suicida con bombas similar se cobró la vida de 58 soldados franceses.

En febrero de 1984, ante semejante atolladero, Reagan accedió a la recomendación del vicepresidente George H. W. Bush de abandonar el Líbano, pero la retirada de las fuerzas occidentales no puso fin a los combates. La guerra civil continuó durante seis años y le siguió un período políticamente accidentado: la intervención de Siria y su expulsión (dos decenios después), cuando los libaneses decidieron su suerte, mientras los EE. UU. ejercían sólo una influencia en segundo plano.

Misión en Somalia. En 1992, las sirenas del desplome político de Somalia atrajeron a los EE. UU. a otra guerra civil para salvar a un país de sí mismo. La misión humanitaria de los EE. UU. en ese desgraciado país intentó salvar una misión fallida de las Naciones Unidas para proteger y alimentar a la asolada población de Somalia.

Los Estados Unidos aportaron 28.000 soldados, que durante un tiempo impusieron un mínimo de seguridad, pero unas fuerzas, mal equipadas y deficientemente dirigidas, de las Naciones Unidas encargadas de substituir la presencia americana colocaron en la diana a las tropas de los EE. UU. que permanecieron, cuando intentaron llevar ante la justicia al señor somalí de la guerra responsable de la muerte de agente pakistaníes de mantenimiento de la paz. El posterior baño de sangre de soldados de los EE.UU. que siguió ofreció imágenes que el público americano no pudo soportar, lo que precipitó la salida de las fuerzas americanas y de las Naciones Unidas.

Al aumentar los desórdenes con esas retiradas militares, las tropas de los EE. UU, situadas fuera de las aguas territoriales vigilaron e interceptaron a yijadistas que intentaban entrar en Somalia, mientras que Kenia y Etiopía bloquearon los disturbios para que no produjeran metástasis en toda la región. En 2006, con la captura de la capital de Somalia, Mogadiscio, por las Cortes Islámicas surgió el espectro de un Estado yijadista, pero aquel caso de Somalia no tardó en probar que los atolladeros pueden ser una vía de dos direcciones. Tras la intervención de Etiopía, los islamistas se vieron privados del poder.

En la actualidad, Somalia sigue siendo un Estado desestructurado, mientras clanes rivales, yijadistas y un gobierno provisional con apoyo de Etiopía compiten por el poder. Los EE. UU., ahora fuera del atolladero, ejercen una influencia limitada desde lejos.

Aunque el Líbano sigue siendo un Estado dañado y Somalia, un Estado fallido, factores regionales y nacionales han cauterizado las consecuencias de la retirada de los Estados Unidos del Vietnam y del Asia sudoriental. El resultado es la estable región que el mundo contempla actualmente, pero EE. UU. no lo veían así en el decenio de 1960, cuando los fantasmas de Munich se cernían sobre las junglas del Vietnam.

Como sostuvo el presidente de los EE. UU. George W. Bush, a propósito de la guerra en el Iraq, el también presidente de este país Lyndon Johnson predijo que la derrota en el Vietnam “se repetiría en un país tras otro”. Lo que Johnson no supo ver fueron los obstáculos nacionales y regionales que impedirían la caída de las fichas de dominó del modo como él lo predijo.

Aunque los EE. UU. bombardearon intensamente la zona nordoriental de Camboya durante todos los años de la guerra del Vietnam, no pudieron superar la aversión que les inspiraba la posibilidad de intervenir por tierra. Cuando aún había limitaciones impuestas por el Congreso, el gobierno de Nixon intentó reforzar el gobierno militar de Camboya, pero, pese al modesto apoyo material, los EE. UU. no podían sostener a un Gobierno que no podía sostenerse.

En lugar de la caída de las fichas de dominó tras la retirada de los Estados Unidos de Saigón en 1975, lo que hubo fue una guerra entre el Vietnam y Camboya, lo que, a su vez, estimuló la fracasada intención de China en Vietnam del Norte. La retirada de todos esos ejércitos invasores tras los límites internacionales reconocidos demostró que lo que predominaba en la región eran fuerzas nacionalistas, no la solidaridad comunista.

Ninguna de esas salidas americanas careció de consecuencias, pero, aunque supusieron un costo para el prestigio de los EE. UU. en todo el mundo, las supuestas ventajas de ello para sus oponentes resultaron ilusorias.

Asimismo, la retirada de los Estados Unidos de Mesopotamia hará recaer la carga de la solución del problema sobre los iraquíes y otros protagonistas regionales y los EE. UU. podrán prestar asistencia desde fuera cuando y donde consideren oportuno. La Historia sugiere que, a trancas y barrancas, Iraq, como Vietnam y el Líbano, será capaz de resolver sus propios asuntos.

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