Cinchona de Sarapiquí, Heredia. Las palas se hunden en el barro una y otra vez en un unísono golpeteo, interrumpido solo por el grito de algún socorrista que ordena detenerse para revisar un bulto sospechoso.
Pero no es lo que buscan.
Los cuerpos de unas ocho personas siguen sepultados por toneladas de escombros en la soda La Estrella, donde desde las 6 a. m. de ayer 30 hombres, entre voluntarios, bomberos, cruzrojistas y policías, luchan por encontrarlos.
El sitio es muy peligroso por lo inestable del terreno.
Todos deben estar atentos a la parte alta del resquebrajado cerro, revuelto como si manos gigantes lo hubieran cercenado a punta de machetazos.
“Soquen, que el tiempo es oro, esto se puede nublar ”, grita alguien para animarlos.
De la apacible Cinchona, con su gente siempre sonriente y amable, solo quedan laderas atrozmente destrozadas y casas despedazadas a consecuencia del terremoto de 6,2 grados en la escala de Richter que escupió aquí dolor y muerte en segundos.
De al menos 18 vecinos desaparecidos nadie sabía nada ayer, y la esperanza de localizarlos con vida se desvanece.
Quizá por eso casi no se dirigen la palabra y, cuando lo hacen, es sobre el avance de las excavaciones o “del buen tiempo que hace” para seguir paleando.
“Yo vine hace dos días porque tengo a un amigo, a un hermano del alma, desaparecido y prometí encontrarlo. Aquí me quedo hasta dar con él... Dios manda”, dice Eduardo Pérez, de 48 años, vecino de Puerto Viejo de Sarapiquí.
Pérez se refiere a Francisco Zamora, a tres hijos de este y a una empleada de la soda, de 18 años.
Más allá, otros voluntarios se detienen para tomar aire.
“Vine desde Aguas Zarcas de San Carlos para buscar a Julio César Rojas, un amigo y vecino a quien queremos sepultar como manda la ley de Dios", exclama, con voz entrecortada, respirando hondo, Luis Picado Hidalgo.
La búsqueda de las personas sepultadas en la soda La Estrella es una prioridad. Pero, aunque nadie osa decirlo, las horas de este humanitario trabajo parecen estar inevitablemente contadas.
FOTOS

Los hombres trabajan en silencio, pendientes de cualquier bulto en la tierra que pueda ser una señal. Carlos León

De la comunidad de Cinchona ya no queda nada. Las laderas que la rodean amenazan con caer, y las casas están en el suelo. Carlos León
Caminata y búsqueda
Por el amigo
Cuando llegaron a Río Cuarto de Grecia, donde diariamente despegan helicópteros hacia la zona del desastre, les informaron de que no había campo, pero eso no los desanimó.
Nadie los vio quejarse. Conocedores de la zona, se echaron palas y picos al hombro para dirigirse hacia San Miguel, donde iniciarían una caminata de más de cuatro horas.
Estos vecinos de Aguas Zarcas de San Carlos se la jugaron convencidos de “una buena causa”.
“Venimos por Julio César Rojas, un gran amigo, y no pensamos irnos sin él”, exclama Luis Picado Hidalgo.
“Es un amigo de esos que nunca se olvida. Él no merece terminar aquí, merece ser enterrado en su pueblo por su familia, por la gente que amaba", afirma, por su parte, Mauricio Gómez Soto.
Han comido poco y el agua apenas alcanza, tienen ampollas en las manos, pero eso tampoco los amedrenta.
“La fe es hallarlo, él sabe que no lo dejaremos solo", dice Gómez.
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