LN OPINIÓN

Costa Rica, Miércoles 7 de enero de 2009

/OPINIÓN

Daniel Villalobos

Sindicatos y gollerías

Profesor Universidad Nacional

La edad de oro del sindicalismo terminó desde los años ochenta del siglo pasado. Esas organizaciones fenecen a causa de su incapacidad para transformarse, o al menos adaptarse a los cambios sociales, económicos y políticos. Los intereses de los trabajadores, y de la sociedad en general, están ahora más que nunca supeditados a los beneficios de un grupo reducido de líderes.

Los intereses particulares de estos últimos aparecen como necesidades de la colectividad de trabajadores y sus familias. La experiencia de la Central General de Trabajadores en 1980-1982, no le ha servido de nada al sindicato en Japdeva. Van camino a la destrucción de las condiciones que brindan el sustento de cientos de familias.

Presos del engaño. El monopolio de los intereses de la colectividad impide el bienestar de los trabajadores, presos como están en la incertidumbre, la confusión y el engaño. Ni la colectividad de los trabajadores ni el país en general, se beneficia de la incompetencia, ineficiencia e ineficacia. “El progreso del país, así como las oportunidades para sus ciudadanos, no pueden convertirse en rehenes de pequeños grupos que... obstaculizan, deliberadamente, el avance para defender sus propios y estrechos intereses (La Nación, 04/01/09).

Hoy como siempre, el país requiere transmutaciones constantes, orientadas a elevar sus ventajas comparativas y ponerlas al servicio de las ventajas competitivas. En todos los ámbitos, el mejoramiento continuo y la innovación de las condiciones que brindan la competitividad, el progreso y el bienestar general, es un requisito ineludible de trabajadores, empleadores, organizaciones, grupos de interés –entre ellos los grupos políticos–, Gobiernos y Estado.

La única cultural nacional que tiene sentido en un mundo intensa y aceleradamente globalizado es aquella que evidencia capacidad para el cambio positivo.

Egoísmo y avaricia. El egoísmo y la avaricia de unos cuantos en el sindicato en Japdeva, presumiendo de líderes, no apela a la satisfacción de las necesidades vitales de la mayor parte de los trabajadores –voluntariamente o no– agremiados. La experiencia de los bananeros en el sur del país es que sus líderes se esfumaron, de la misma forma que lo hacían una vez que cobraban la cuota de sindicalización. Esos trabajadores solo están en la memoria de sus familiares, muchos de ellos sumidos en la pobreza y dispersos por el país.

La transformación de los puertos es urgente para la economía global del país, lo que permitirá a los trabajadores actuales que así lo deseen incorporarse a empresas concesionadas modernas. El trabajador de Japdeva es un sujeto social que merece la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida y la de su familia. Es hora de que el egoísmo y la ignorancia reconozcan que no podemos mantenernos atrasados. La mayor parte de los costarricenses estamos, desde hace mucho tiempo, obstinados de tanto obstáculo al progreso –crecimiento y desarrollo– nacional.

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