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Página QuinceFernando Durán Ayanegui | ferduraya@racsa.co.cr |
químico
Tengo un amigo, algo mayor que yo, lleno de sabiduría e irremediablemente optimista, con quien hablaba hace poco sobre el pasado y el futuro, ya que en algo coincidimos: el presente no existe. Para él, el futuro será siempre mejor y eso lo hace interesante; para mí el futuro es incierto y eso nos condena a considerarlo interesante. En cuanto al pasado, ambos le conocemos más o menos los mismos recovecos, solo que mi amigo lo ve como algo consumado y por ello irrelevante, mientras que yo lo siento demasiado repetible, casi como una versión revelada del futuro, y por ello de suma relevancia.
Para mi amigo, la palabra apocalipsis conserva su trivial sentido etimológico de revelación, mientras que en mi lenguaje significa terror último, terror definitivo. Para él, el apocalipsis es una fábula sin sentido porque, a su juicio, la humanidad es capaz de sobrevivir a las más extremas de las amenazas y las mutilaciones; para mí, el apocalipsis es una realidad que ha ocurrido y seguirá ocurriendo porque, si bien me importa la supervivencia de mi especie, me resulta más conmovedora la suerte individual, sobre todo la de esos individuos a quienes llamamos niños y deseamos que lleguen a ser adultos libres y felices. Hablamos de la crisis y de las guerras que están en curso y mi amigo el sabio repite que “la humanidad siempre se las ha arreglado para salir de lo peor”, y yo pienso que, a pesar de todo, hay un apocalipsis que se repite una y otra vez, del que no son los supervivientes los llamados a quejarse ni a dar testimonio. Se trata de algo que solo puede ser una certeza en los espíritus de las víctimas que experimentan el terror de saberse destinadas a sucumbir en masa y sin esperanza de auxilio ni de conmiseración. El apocalipsis ocurre para quienes sufren la aniquilación por el terror, no para los sobrevivientes que esperan morir en paz. “El apocalipsis, amigo mío”, quisiera decirle, “sí está aquí, ha estado aquí para muchos seres humanos como, por ejemplo, los niños de Auschwitz, los niños de Iraq y los niños de Gaza”. Y lo peor es que, al final, lanzar maldiciones contra los autores de cada apocalipsis no surte ningún efecto, pues el pasado seguirá siendo el futuro en alguna forma y siempre habrá, incluso, quienes deseen sobrevivir para avivar las atroces posibilidades del siguiente apocalipsis.
De modo que bien podríamos, el optimista y el pesimista, compartir un saludo de año nuevo con los sobrevivientes de todos los apocalipsis que se están perpetrando, con la certeza de que, a pesar de tantas víctimas, a la humanidad le espera una felicidad radiante y eterna.
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