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Costa Rica, Domingo 26 de abril de 2009

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Página Quince

Kevin Casas Zamora

Obama en la Cumbre

 Buenos modales y respeto también pueden ser una estupenda política exterior

exvicepresid. de costa rica

El presidente Obama debe sentirse satisfecho. En la Cumbre de las Américas le esperaba una audiencia escéptica y, sin embargo, la cautivó. Se mostró elocuente, accesible, modesto y firme. Se le vio desprovisto de todo rasgo de la caricatura del “Americano feo” que claramente acosaba a su predecesor. Pese a la absurda diatriba de Daniel Ortega, cuando Obama se muestra en pleno control, como fue el caso en Trinidad, resulta muy difícil de antagonizar.

Los resultados concretos de la Cumbre fueron, por supuesto, pírricos. Lo cierto es que ni los resultados ni la soporífera declaración final tenían mayor relevancia para América Latina. Lo importante era palpar a Obama. El mensajero era el mensaje. Y Obama, con enorme habilidad, entendió que un tono de modestia le podía llevar lejos en una región cuya creciente seguridad en sí misma coexiste con un profundo resentimiento histórico hacia los Estados Unidos. Los países latinoamericanos no tenían ninguna esperanza de que el recién llegado apareciera con algo concreto en la Cumbre y dinero menos que nada. Como la gran Aretha Franklin, todo lo que esperaban era respeto. Y eso recibieron.

Pequeñas empresas. Con todo, el compromiso estadounidense de dedicar $100 millones a un fondo para apoyar a pequeñas empresas en el Hemisferio, no está desprovisto de significado. Como mínimo, viene a reforzar uno de los mensajes clave planteados por el presidente norteamericano: el de reconocer que la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades para la juventud son temas vitales para América Latina. Obama dio muestras de que entiende que el logro de la prosperidad en el Hemisferio requiere bastante más que libre comercio e inversión extranjera, por importantes que estas puedan ser. También son necesarias políticas sociales robustas e innovadoras, un área en la que la mayoría de los gobiernos de América Latina han hecho genuinos esfuerzos en la última década, en formas tanto moderadas como radicales. Comprobar que el presidente de EE. UU. tiene una comprensión matizada del desarrollo es, sin duda, un alivio para la región.

Pese a la escasez de resultados inmediatos, esta mutación en el tono de la comunicación conducirá eventualmente a cambios concretos en las relaciones hemisféricas. Ya lo ha hecho, a juzgar por algunos movimientos diplomáticos imprevistos. Hugo Chávez ya ha anunciado que su Gobierno volverá a nombrar un embajador ante los Estados Unidos. Esto, que es un gesto de civilidad elemental, no es menor viniendo de un líder que siente delectación por el conflicto.

¿Reacción de Cuba? Y luego está Cuba. En este punto, la pelota está ahora firmemente en la cancha del gobierno cubano, aún más que antes de la Cumbre. Sobre la base de los anuncios bastante modestos realizados por Obama antes del encuentro continental, la diplomacia norteamericana hizo un buen trabajo para poner a los cubanos bajo las luces del reflector. Ahora tienen una presión real de reciprocar el gesto con algo tangible, así sea un paso pequeño. Será interesante ver, por ejemplo, si permiten las inversiones norteamericanas en telecomunicaciones en la isla, que para ser efectivas requieren de autorizaciones y licencias emitidas por el gobierno cubano. O si hacen posible que las remesas enviadas desde los Estados Unidos lleguen íntegramente a los bolsillos de las familias destinatarias en Cuba, sin que el Gobierno de la Isla reciba una parte. Gestos como estos podrían desencadenar una dinámica de pequeñas concesiones mutuas que desembocaría relativamente rápido en pasos sustantivos para desmantelar la compleja estructura del embargo.

¿Debe ser uno de los pasos tempranos en este intercambio la readmisión inmediata de Cuba a la Organización de Estados Americanos (OEA), una propuesta repetidamente mencionada durante la Cumbre? No, no lo debe ser, y los Estados Unidos hicieron lo correcto prestando oídos sordos. La OEA es hoy una comunidad de democracias, imperfecta pero real, y definida, entre otras cosas, por su adhesión a la Carta Democrática Interamericana. Más aún, el gran logro latinoamericano en la última generación consiste en haber dejado atrás una larga noche autoritaria. Ninguna otra región del mundo en desarrollo puede decir lo mismo. Sería una lástima entregar tan fácilmente ese legado.

Silencio apropiado. Es deseable abrir las puertas para que Cuba se aproxime gradualmente al Sistema Interamericano, en la medida que así lo quiera. Pero concederle una membrecía inmediata e incondicional solo enviaría una desafortunada señal, no solo a Cuba sino a otros países de la región que se encuentran cerca del abismo autoritario, como Venezuela y Nicaragua. Es obvio que el régimen cubano no merece ser castigado con un embargo por ser lo que es, pero tampoco merece que se le premie dándole acceso en un concierto de naciones definidas por valores que son negados cotidianamente en la isla. El silencio de Obama en este tema también fue lo apropiado.

Desde el punto de vista del presidente Obama y de los Estados Unidos, la Cumbre fue un éxito. Pese a los reclamos del habitual coro de voces histéricas de la derecha norteamericana, siempre presta a ver debilidad en cualquier gesto de humildad, los intereses y la seguridad de los Estados Unidos en el Hemisferio están mucho mejor resguardados por el comportamiento de Obama durante la Cumbre, que por la soberbia que tantas veces ha sido la norma de la diplomacia estadounidense en el pasado.

Respuestas colectivas. No hay ninguna nación en América Latina que represente amenaza estratégica alguna a la seguridad norteamericana y deba ser por ello confrontada o contenida. Sin excepción, los retos que definen hoy las relaciones hemisféricas –desde la seguridad energética al cambio climático, desde la inmigración hasta el crimen organizado– demandan respuestas colectivas. Se trata de asignaturas comunes que deben ser resueltas a través del diálogo y la cooperación en todo el Hemisferio. “Lo cortés no quita lo valiente”, dice el viejo refrán. En el Hemisferio Occidental, un poco de modestia, buenos modales y respeto también pueden ser una estupenda política exterior.

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