LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 26 de abril de 2009

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Fernando Araya | consulfe@hotmail.com

Las izquierdas en su laberinto

 Nacieron para abolir el capitalismo; ahora lo reinventan y lo protegen

consultor

El giro a la izquierda en América Latina es un fenómeno previsible desde mediados de los años noventa, cuando eran evidentes los tres factores que lo explican, a saber: primero , las insuficiencias en la estrategia de apertura comercial y desmonopolización del sector público, vinculadas, sobre todo, al papel del Estado y a las políticas en materia de salud, educación y redistribución de la riqueza; segundo , las disfuncionalidades éticas de un sector de la clase dirigente latinoamericana que condujeron al clientelismo sistemático y al uso del estado para favorecer rentabilidades privadas; tercero , la existencia de grandes masas humanas excluidas del crecimiento productivo. La combinación de estos elementos hizo posible la expansión de movimientos políticos, comúnmente denominados de izquierda, que asumieron el ejercicio del poder a través de procesos electorales. Para interpretar este fenómeno conviene precisar algunos hechos vinculados a lo que denomino el laberinto de las izquierdas.

I. Paradoja. En los años sesenta y setenta las izquierdas latinoamericanas, al igual que las europeas, anunciaban su intención de abolir el capitalismo y colocar a las “clases sociales explotadores” en desventaja política y militar, luego – decían sus dirigentes– construirían el socialismo. Hoy, cuando los herederos de aquellos movimientos ganan elecciones nacionales y forman gobiernos, aplican políticas que lejos de superar al capitalismo lo estabilizan, preparando, en medio de la crisis, el relanzamiento de los mercados. Nacidas, en teoría, para erradicar “el sistema de explotación del hombre por el hombre”, las izquierdas se han transformado en sus guardianas y protectoras. ¿Por qué? ¿Dónde se origina tan peculiar paradoja? Sin más preámbulo, en un mal diagnóstico del capitalismo y de sus transformaciones; y, como consecuencia, en el enunciado de un objetivo – el socialismo – que, en el fondo, no es otra cosa más que una variante de capitalismo.

II. Marx. Es importante recordar que entre 1881 y 1920, estudiosos de muy distintos pensamientos, coincidieron en señalar los vacíos y errores contenidos en la teoría que Karl Marx formuló entre 1845 y 1883, la cual, como se sabe, constituía la fuente ideológica básica de las izquierdas. Baste recordar a los socialistas Bauer, Kausky, Hilferding, Bernstein, los liberales Mises, Böhm-Bawer, Hayek y los democristianos Ketteler y Pesch. A pesar de lo que estas personas indicaban, el movimiento que Marx inspiró hizo caso omiso de las críticas y se enrumbó hacia el precipicio donde, finalmente, hacia finales del siglo pasado, sucumbió. Luego de ese catastrófico resultado, las izquierdas en América Latina, unas más dogmáticas que otras, no han sido capaces de corregir a su teórico principal (Marx) y se han limitado a repetirlo sin descanso. Han realizado, es cierto, intentos de ampliar y modificar lo pensado por Marx, pero en todos los casos, después de tímidos destellos de originalidad, las izquierdas han recaído en la simple repetición del pasado o, en su defecto, lo han abandonado.

III. No decir nada. En tales condiciones de orfandad intelectual resulta comprensible que las izquierdas carezcan de una cobertura teórica precisa, olviden su objetivo histórico primigenio (destruir el capitalismo y construir el socialismo) y se decanten por estrategias de desarrollo capitalistas. Algunos, conscientes de esta situación, sostienen que lo que ellos llaman socialismo es en realidad la mejor opción ética que haya sido concebida, pero de este modo no dicen nada, porque dejan en la más completa oscuridad la traducción técnica de esa pretendida ética superior en los ámbitos concretos de la organización socioeconómica y política, olvidando, de paso, que la ética, en sentido primario, no es un discurso teórico, sino un componente inherente de la práctica. Así las cosas, el vocablo socialismo sufre las peores debilidades que puede padecer un concepto, a saber: no es claro en sus contenidos y no existe un referente empírico, experimental, respecto al cual se defina. El socialismo, entonces, semeja un fantasma en lucha constante por entrar en el mundo de los vivos y gozar sus placeres, pero sin conseguirlo nunca. Atrapadas en este laberinto, las izquierdas oscilan entre una utopía peculiar (el socialismo) y la imposibilidad de concretarla. En los sesenta y setenta, si bien equivocadas, como demostró la historia, al menos tenían una idea clara de lo que pretendían decir cuando utilizaban ese término, pero ahora la confusión es mayúscula, simplemente no saben a que se refieren y, lo peor, no pueden saberlo, porque la mejor explicación del socialismo (Marx) salto por los aires en millones de fragmentos y nadie, ni persona ni grupo, ha sido capaz de rearticularla o formular otra.

IV. La disyuntiva. Es en el seno de esta tremenda crisis de identidad, donde las izquierdas latinoamericanas se han configurado en dos tendencias, una mesiánica y dogmática, fiel imitadora del pasado y amante de un lenguaje que propicia el odio; y otra versátil, democrática y liberal, muchísimo más pragmática, realista y orientada al futuro. En ambos casos se utiliza el término “socialismo”, pero en la práctica promueven el capitalismo, sea autoritario (izquierda mesiánica) o democrático/liberal socialmente inclusivo (nueva izquierda); algo no muy distinto, esto último, a lo que es factible concebir desde ángulos de visión socialdemócratas, democratacristianos y liberales. En definitiva, las izquierdas no están en condiciones de plantear un tipo de sociedad poscapitalista porque fallaron en el diagnóstico del capitalismo, interpretaron mal sus transformaciones y el socialismo, que decían buscar, se reveló como un simple concepto sin referente empírico o como el disfraz emocional de algún tipo de dictadura. Lo anterior conduce a tres conclusiones: primera, las izquierdas constituyen fuerzas de relevo que el capitalismo genera para su propia autorreproducción; segunda, todos los sectores políticos de la región trabajan a favor del mismo sistema: el capitalismo; tercera, el calificativo ideológico que se cuelga en las espaldas de las personas o movimientos, es lo que menos importa o, mejor, no importa para nada. Lo decisivo, la disyuntiva real, es qué tipo de capitalismo se propone, dictatorial o democrático, promotor de los derechos humanos o policial y represivo, que propicie las libertades de la ciudadanía o el control centralista de los políticos; lo demás es adorno y, a menudo, macabro entretenimiento.

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