LN OPINIÓN

Costa Rica, Martes 21 de abril de 2009

/OPINIÓN

EDITORIAL

Nueva etapa hemisférica

 La Cumbre de las Américas simboliza el cambio en las relaciones con EE. UU.

 Lo que siga dependerá de nuestra seriedad y responsabilidades compartidas

La V Cumbre de las Américas, celebrada el pasado fin de semana en Trinidad y Tobago, se puede caracterizar de muchas maneras, algunas contradictorias. Sin embargo, muestra un balance positivo, cuyos verdaderos efectos dependerán de la labor que se realice de ahora en adelante, tanto en los planos regionales como bilaterales y nacionales.

La reunión de 34 gobernantes, todos elegidos mediante las urnas (a diferencia del ausente Raúl Castro), ha marcado el inicio de una nueva era de relaciones entre Estados Unidos, Latinoamérica y el Caribe, ha evidenciado las fuertes diferencias de criterios entre el pequeño grupo de Gobiernos populistas que orbita alrededor de Venezuela, y la mayoría que respeta los verdaderos valores de la democracia, ha impulsado el liderazgo hemisférico del presidente Barack Obama y ha dejado en claro que, para él, la posible normalización de relaciones con Cuba no es un ejercicio de poses, sino una cuidadosa estrategia para impulsar la democracia en la Isla.

Su reciente llegada al poder, tras ocho años de distanciamiento interamericano durante la administración de George W. Bush, otorgó a Obama la ventaja del contraste y la coyuntura adecuada para impulsar un estilo cuyo eje no fue dictar o imponer, sino “escuchar” y “aprender” de sus colegas. Este punto de partida, aunado a su carisma personal, su respeto por las diferencias (pero sin eludirlas) y su claro llamado a superar los traumas o prejuicios históricos para enfocarnos en el futuro, fueron esenciales para marcar un antes y un después en las relaciones continentales; también, para proyectar su figura e influencia más allá del encuentro.

Obama, además, manejó con gran habilidad política y coherencia democrática el tema de Cuba. Al levantar, antes de la Cumbre, las restricciones para las remesas y los viajes de cubanoestadounidenses a su patria de origen, neutralizó en gran medida el tinglado retórico de Hugo Chávez y compañía. Tanto el joven Presidente como sus colaboradores dejaron muy en claro que corresponde a la dictadura castrista dar el próximo paso y que la clave para avanzar hasta el posible levantamiento del embargo o un futuro restablecimiento de relaciones, es mayor libertad y democracia para los cubanos.

Desde esta justa perspectiva, Obama pidió a sus contrapartes de Sudamérica –los más insistentes sobre el embargo y menos interesados por los derechos humanos en la Isla– que lo ayuden presionando para que La Habana dé el próximo paso.

A pesar del clima de cordialidad, resultó imposible llegar a un acuerdo unánime sobre la declaración final, que, extrañamente, solo fue firmada por el primer ministro anfitrión, Patrick Manning, como señal de un “consenso” inexistente. La ruptura fue producida por Venezuela, Nicaragua, Bolivia, Ecuador y Honduras, con el argumento de que debía incluirse el tema cubano. Pero la realidad puede estar en otra parte, porque en esa declaración hay compromisos con la democracia, la institucionalidad y la Carta Democrática Interamericana que están muy lejos de las políticas de esos países.

Paradójicamente, este fracaso aparente fue parte del logro real, al poner de manifiesto que ese quinteto, agrupado alrededor de Chávez y su Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA), marcha a contrapelo de los Gobiernos más serios y de las corrientes hemisféricas mayoritarias.

A partir de ahora, el ritmo y las características del nuevo comienzo serán una responsabilidad colectiva, pero también individual. Atrás queda la época en que tenía credibilidad atribuir a Estados Unidos la paternidad de todos nuestros males. Delante se abre, de forma totalmente clara, la necesidad de trabajar en conjunto y de manera seria a favor de nuestros pueblos, algo en extremo difícil siempre que haya presidentes como Hugo Chávez y Daniel Ortega.

Sin embargo, al margen de esta dificultad multilateral, cada Gobierno, en ejercicio de sus deberes propios, deberá actuar de manera inteligente para aprovechar precisamente las oportunidades que se abren a sus respectivos países, particularmente en momentos de crisis.

Costa Rica está bien preparada para hacerlo, por sí misma y en conjunto con otros. La nueva etapa será de más trabajo; también, de promisorios avances.

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