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Rodolfo Cerdas |
Politólogo
Desde hace algún tiempo aquí se confunde lo personal y familiar con lo político y estatal y sobran ejemplos que lo demuestran. Pero esto empeora cuando el Presidente es más proclive a confundir la representación del Estado con su persona y cuando se rodea de una claque que, como los coros del cielo, solo cantan la gloria del Señor. Entonces la crítica, los deberes y las limitaciones al poder, son vistos como atentados a la sagrada misión de decidir por los demás.
He ahí el origen psicológico de la democracia delegativa, en que no se elige un representante sino que se delega en él todo el poder, para que “decida por los demás”. De allí que la oposición, los recursos de amparo y de inconstitucionalidad, los cuestionamientos legislativos, las protestas ciudadanas y los demás reclamos son vistos como boicots y no como expresión de vida en democracia; y que no se considere necesario construir consensos y acuerdos. Este desvío caracteriza a este Gobierno y a su sello de hule legislativo; y lo hace encontrar tiempo para atender la farándula internacional, pero no para negociar con la oposición y dialogar con los sectores sociales.
Hoy, con la última ley complementaria al TLC se intentó saltarse el Estado de derecho so pretexto de urgencia y eficacia, introduciendo normas que afectaban a los indígenas, pero sin querer oirlos. Ello obligó a la Sala IV a devolver sin aprobación el proyecto, haciendo obvia no solo la torpeza cometida y el pobre concepto de Estado de derecho que tiene la mayoría legislativa, sino un cierto menosprecio cuasi racista hacia los aborígenes.
El fallo que obligó a dar toda la información sobre los “bonos chinos”, sacó a la luz la mentira y la opacidad. Sin embargo, en Hacienda aún se busca cómo limitar el alcance de la resolución a fin de ocultar otros aspectos que no se quieren revelar. Así que lo de China, el dinero de Taiwán, el del BCIE y la gestión multifacética del señor Ortuño han dado a conocer las mentiras y ocultamientos intentados, reforzando de rebote la conveniencia de que haya contrapesos democráticos.
¿Por qué actuar con tanta doblez? ¿Por qué no decirle al Gobierno de China la verdad? ¿No era el momento de explicarles nuestras diferencias legales y culturales? ¿Había que mentirles diciendo que no se revelaría lo que bien sabían que se revelaría conforme a la Constitución? ¿No era mejor decirles que era inconstitucional aceptar semejante compromiso?
La Constitución y una prensa acuciosa y democrática no son molestos factores que hay que saltarse para poder gobernar. Salvo cuando alguien, como el Rey Sol, se crea que “el Estado soy yo”.
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