EDITORIAL |
La abrupta caída en la producciónindustrial observada en los últimos meses ha intensificado la ralentización de la economía costarricense. El producto interno bruto (PIB) crecerá menos este y el próximo año comparado con el observado en el pasado, y la tasa de crecimiento real del ingreso disponible se redujo prácticamente a la mitad. Eso tendrá repercusiones importantes en diversos campos de la vida nacional. El reto es identificar las causas y prepararse para paliar lo mejor posible los embates de esta fase descendente del ciclo productivo.
El desplome en la producción industrial, en especial la ubicada en las zonas francas, está estrechamente vinculado con las vicisitudes de la economía mundial. Si en Los Estados Unidos, Europa y otras regiones las economías crecen menos, o se deprimen, bajan sus importaciones, que son, precisamente, nuestras exportaciones. Una buena parte de la industria costarricense, principalmente la electrónica de alta tecnología, se destina a estos mercados que sufren los efectos de la crisis hipotecaria y, hasta hace poco, el embate de los precios del petróleo y materias primas.
En Costa Rica el índice mensual de actividad económica (IMAE) que calcula el Banco Central comenzó a disminuir marcadamente desde mayo del 2007 hasta ubicarse en un 2%, después de haber alcanzado un pico del 8% en términos reales. Y el índice de producción industrial alcanzó su nivel más alto en octubre del 2007, pero después comenzó a descender en picada hasta ubicarse en una tasa negativa (–6%). Hace mucho tiempo que no se veía una caída tan abrupta y en tan poco tiempo.
La industria es un alto generador de empleo e ingresos para los trabajadores costarricenses, el Banco Central (divisas) y el Estado (impuestos). La caída se hará sentir en todos esos sectores. Aunque no se han publicado todavía las cifras más recientes de desempleo, es de esperar que se incremente este año. Y la tasa de crecimiento del ingreso disponible descenderá del 7,7% registrada el año pasado a solamente un 3,6% este año en términos reales. Eso significa que el gasto total en bienes y servicios, incluyendo compras en el exterior, será menor y también se hará sentir en otras áreas: comercio, servicios, banca y agricultura. Si los ticos ganan menos, tenderán a comer y consumir menos. Es una dura realidad. Y, al recibir menores divisas e impuestos, será necesario efectuar otros ajustes. Eso exige tener una visión clara de las acciones a emprender.
En la entrevista que Francisco de Paula Gutiérrez, presidente del Banco Central, concedió a La Nación trascendió un concepto claro del problema interno: la economía está perdiendo dinamismo, pero esa desaceleración es necesaria en vista de las circunstancias. El PIB creció durante dos años consecutivos a tasas muy por encima del crecimiento real de largo plazo (5%) y no era sostenible. El crecimiento se dio por coyunturas externa e interna favorables, pero no era sostenible. La economía internacional se encuentra ahora en la fase recesiva del ciclo y afecta nuestras exportaciones y entradas de capital. Y la economía interna atraviesa un proceso de ajuste en la liquidez, tasas de interés y crédito. Ajustar las variables monetarias y financieras para reducir la inflación tiene su costo.
¿Cuál debe ser la reacción de las autoridades en estas circunstancias difíciles? Lo primero, reconocer que los factores aludidos imponen una menor tasa de crecimiento. Pretender estimular la economía con medidas monetarias o fiscales artificiales sería erróneo porque aumentaría la inflación. De ahí que las autoridades deben evitar la tentación de presionar al Banco Central para aumentar la liquidez y reducir las tasas de interés, aunque sea atractivo hacerlo en un período preelectoral. Afortunadamente, el Banco Central ha mantenido hasta ahora un alto grado de independencia.
También debe el Gobierno redoblar esfuerzos por mejorar los desembolsos y efectividad del gasto social en este período crucial, cuando la caída en el ingreso disponible deja a mucha gente desamparada. El uso ineficiente y mal planificado del gasto estatal ha sido criticado por la Contraloría General de la República.
La Nación también ha contribuido a señalar las falencias. Basta repasar sus titulares más recientes: “Instituciones desaprovechan dinero para comedores, agua e indigentes”, “Gobierno engaveta fondos para subsidiar el diésel”, “Dinero para becar limonenses cumple 14 años guardado”, “Junta retiene 10.700 millones en vez de invertirlos en zona sur”... El problema no es falta de recursos. La situación fiscal es holgada. Lo que falta es mejorar la planificación y eficiencia del gasto social en este período de vacas flacas, según lo denominó el propio Gobierno.
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