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Página QuinceFernando Durán Ayanegui | ferduraya@racsa.co.cr |
Químico
Le agradezco a la agencia del Banco Nacional en San Pedro de Montes de Oca la oportunidad que me dio, el pasado primero de septiembre, de paliar mi profunda ignorancia sobre el funcionamiento de una eficiente y hasta entonces inédita combinación de maicerismo tecnológico y pertinacia burocrática.
Sobre todo, debo felicitar a la pública institución bancaria por su demostrada capacidad de reclutar el personal más apto para imprimirle a dicha combinación una inigualable singladura humorística. Ojalá todos los servicios que presta la institución ofrecieran a los usuarios la misma dosis de expansión pulmonar que se me proporcionó aquel largo mediodía gracias a una inevitable explosión de carcajadas.
La clave G146. Llegué a la agencia con el fin de realizar una operación de rutina y me encontré con que, como primera disposición organizacional, tenía que hacer cola para indicarle a una joven empleada a cuál servicio bancario deseaba acogerme. Se lo dije y en el acto ella procedió a golpetear diestramente el tablero de un novedoso artilugio electrónico que, en el primer momento, parecía más bien diseñado para imprimir los horóscopos del día, pero después del dulce tintineo producido por la ágil digitación de la operadora, surgió del artefacto, como ratón de la falda de la montaña, una simple hojita de papel en la que aparecía escrita una misteriosa clave: G146.
“Espere a que este número aparezca en las pantallas y pase a la caja que se le indique”, me dijo y ahí fui a sentarme tranquilamente, viendo cómo pasaban uno a uno los mensajes electrónicos: M345, caja 3; M346, caja 7; L187, caja 6; L167, caja 8, D407, caja 4 y así etcétera, etcétera, iban siendo atendidos los clientes uno a uno mientras yo maldecía la distracción que me había hecho olvidar el libro que siempre llevo en previsión de casos semejantes, y cuando habían transcurrido 40 minutos sin que ni por asomo apareciera en la pantalla maicero-tecnológica una sola ficha con la letra G, le puse cuidado al asunto y, fijándome en los universitarios que entraban –conozco a muchos–, me di cuenta de que todos me tomaban la delantera y pensé –sentido común, queridos burócratas– que algo andaba mal y se lo hice ver a la agitada joven que no paraba de teclear como una obsesa en el tablero de aquel armatoste desechado por la NASA, pero ella se limitó a preguntarme el número de mi cédula y a utilizarlo para agregar a su concierto de campanitas un breve arreglo de Stravinski para, finalmente, decirme de nuevo que tomara asiento.
Ahora, mi tiempo de espera se aproximaba a los sesenta minutos y todavía la letra G continuaba excluida del semianalfabeto abecedario del Banco, de modo que le pedí auxilio de nuevo a la señorita disfrazada de astronauta, quien se detuvo por un instante para explicarme que mi única oportunidad de arreglar aquello dependía de la intervención de otro funcionario al que debía localizar detrás de una puerta rotulada “Jefe de Operaciones”.
Lo hice y no tardé en descubrir que para el alto empleado no era imaginable que algo pudiera funcionar mal en su chilindrín cibernético originario de China o de California. Papeles en mano, trató de explicarme la perfección cuasi divina de una chatarra tecnológica a la que le había dado la taranta de suprimir del universo la letra G y se proponía mantenerme sentado en aquella vasta sala de espera hasta la hora de cierre del banco y hacerme pasar la noche ahí, sostenido por la esperanza de que el amanecer del día siguiente trajera el milagro de trasmutar la máquina borracha en un artefacto sano y desintoxicado.
La agencia infinita. Mi salvación podría haber estado en que de pronto surgió, de la estupefacta multitud de sentaditos bien portados, la voz de otra persona que estaba en trance de sufrir el mismo infierno, nada menos que el infeliz poseedor de la ficha G157.
Sin embargo, como el entusiasta cardenal de la iglesia-de-la-divina-computadora-del-sétimo-día insistía en demostrarme que Su Ilustrísima el artefacto sagrado poseía todas las virtudes del paraíso compútero-cientológico, le pedí que interrumpiera su complicado reporte técnico y procediera a resolver artesanalmente, antes de mi octogésimo cumpleaños, el problema que ahora era de varios.
Se indignó y, retirándose hacia la sacra intimidad de su cubículo, me espetó con una voz que parecía la de Homero Simpson: “Pues ahora les arreglo el problema a los otros y a usted lo dejo esperando”. Es así como, dado que en ese banco hasta las cosas más simples se tienen que hacer computadas, desde ese día duermo, desayuno, almuerzo, ceno y rezo desatendido en el recinto de una infinita agencia bancaria. Y ahora, ¿quién podrá ayudarme?
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