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Jorge Vargas Cullel |
Politólogo
Una vez conocí a un corrupto transparente. El individuo era ficha del entonces presidente nicaragüense Arnoldo Alemán, quien lo había puesto a cargo de la negociación de un préstamo internacional para un programa social en ese país. Me tocó formar parte de la misión técnica que evaluaba la factibilidad de la operación. En las primeras de cambio, el corrupto transparente nos dijo: “En Nicaragua las elecciones se ganan con guaro y nacatamales, y yo necesito mucho guaro y muchos nacatamales para financiar la campaña mía y la de mis amigos. Tengo instrucciones de decir que sí a todas las condiciones que pidan, pero quiero que sepan que la plata no se usará en obras sociales, sino para ganar una elección”.
Nos quedamos de una sola pieza. Más claro no canta un gallo. ¿Varguitas quería transparencia? ¡Tome, chichí!, ahí recibió un cañonazo de transparencia pura. Pocos días después, a propósito de nada, el tipillo declaró: “Yo soy político desde que soy funcionario público y mi mayor orgullo es haber llevado al partido un millón de dólares al día”. Por supuesto que “el partido” era la buchaca de algunos vivazos y el millón de dólares eran recursos públicos. Anotaba las cosas que le pedíamos en un cuadernillo de esos que uno usaba en la escuela, desaparecía por un rato, después volvía y... : “Dice el Presidente que está de acuerdo”.
La entidad internacional fue informada sobre la situación y escogió seguir adelante. Me salí de la negociación. Al final, el préstamo no cuajó , aunque no por falta de ganas. Una vez que todo el papeleo quedó listo, los sandinistas atravesaron la burra e impidieron su aprobación en la Asamblea Legislativa. Supongo que no se pusieron de acuerdo en algunos “detallitos”.
De esa vez aprendí que transparencia y corrupción no siempre son cosas opuestas. El poder impune es, si le da la gana, arrogantemente transparente. La transparencia solo se convierte en veneno para la corrupción bajo ciertas condiciones: cuando las normas legales crean un robusto régimen de rendición de cuentas que reconoce el derecho ciudadano a la petición de cuentas (incluido el derecho de información); cuando hay instituciones abiertas a la denuncia ciudadana con suficientes capacidades para garantizar la rendición de cuentas; y cuando existe una plantilla de funcionarios públicos altamente calificados y bien pagados, capaces de enrumbar la barca del Estado. Bajo esas condiciones se acaba el espectáculo de los corruptos transparentes y el de los corruptos a lo “mátalas callando”, la especie más frecuente en nuestro medio. Exigir transparencia no daña, pero nos quedaremos cortos si lo que queremos es abatir la corrupción.
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