LN OPINIÓN

Costa Rica, Jueves 4 de septiembre de 2008

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Jorge Vargas Cullel | jovargas@nacion.co.cr.

Enfoque

Politologo

Ahora que iniciamos el mes de la patria, pregunto: ¿para qué queremos seguir siendo independientes? Formulé la pregunta hace cosa de año y medio: “¿por qué un país pequeñito, con poca población y localizado en el patrio trasero de una gran potencia, tiene que ser una nación soberana?” En un mundo que dentro de una generación será mucho más globalizado que el actual: ¿tiene sentido y futuro Costa Rica?

La pregunta cayó mal en algunos lados: “¿Cómo se le ocurre cuestionar la independencia?” Circuló el rumor de que Varguitas abogaba por volvernos colonia norteamericana. Alguien dijo que si queríamos desarrollo rápido lo mejor era mandar una carta al Rey de España denunciando la independencia como un error sobre el que no asumimos responsabilidad. Caritas aparte, la pregunta es válida y la repito: ¿Para qué queremos la independencia?

Con la independencia no se come ni se educa. De los más de 180 países en el mundo, buena parte son estados fracasados que albergan poblaciones muertas de hambre. Ahí la independencia no sirve mucho más que para que élites locales tengan carta blanca para saquear y para que proliferen selecciones de futbol. El tema, entonces, no es ser independientes, sino lo que después hagamos con la independencia.

La promesa del desarrollo humano, sin embargo, no es suficiente. Pueden alcanzarse cotas importantes de progreso sin ser independientes, el caso de Puerto Rico. Tiene que haber algo más. Los historiadores han estudiado la formación de las identidades nacionales a lo largo de los últimos siglos. Desde esta perspectiva, la clave de la independencia es sentirnos independientes. Pero estas “comunidades de sentido” tampoco garantizan nada. Pueblos enteros han sido manipulados en sus sentimientos nacionalistas solo para descubrir que eran fichas de otros.

La independencia, como autonomía plena, es una quimera. Nunca fuimos totalmente independientes, menos ahora cuando buena parte del bienestar depende de los lazos con el mundo. Nuestro pequeño estado nacional maniobra entre poderosos actores internacionales. Con todo, creo que un país es independiente cuando tiene potencia innovadora. Hicimos valer la independencia con la abolición del ejército (demostramos que se puede vivir sin milicos) o cuando impulsamos la pacificación regional a pesar de Reagan. Sin embargo, las glorias pasadas no alcanzan. Hoy somos un país con el alma partida y atenazada por la desconfianza. Sin rumbo nacional compartido, hace rato que gateamos con más pena que gloria. Debemos renovar la promesa de la independencia.

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