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Página QuinceEduardo Ulibarri |
Periodista
Cada vez parece más seguro que el demócrata Barack Obama se convertirá en el primer presidente afroamericano en la historia de Estados Unidos.
Todas las encuestas serias lo confirman. Desde hace un mes, su tendencia ha sido ascendente. El promedio de todas ellas, que computa diariamente Real Clear Politics (RCP), sitio web especializado en la materia, le daba el martes 7,6 puntos de diferencia sobre el republicano John McCain.
Esta cómoda ventaja adquiere mayor relevancia al analizar las intenciones estado por estado. A partir de esas mediciones, Obama tiene asegurados 249 votos electorales, que se asignan según las poblaciones estatales, y casi la certeza de ganar 37 más; es decir, 16 por encima del mínimo de 270. Pero la diferencia podría ser mucho mayor.
Clara solidez. A lo que dicen las encuestas se unen su sólido desempeño en los dos últimos debates presidenciales, el empático carácter de su personalidad, la eficacia de su organización política, la claridad y emoción de su mensaje, los enormes recursos financieros de su campaña y una plataforma programática más cercana a las necesidades y ansiedades de la población, que son muchas.
McCain, en cambio, padece la sombra plomiza de George W. Bush, el presidente más impopular en la historia reciente del país; su mensaje es desarticulado; su personalidad, aburrida, y sus propuestas carecen de vigor persuasivo.
Dos de sus mayores virtudes –la madurez de juicio y la independencia respecto a los sectores más conservadores del partido Republicano– quedaron en entredicho con el nombramiento de la gobernadora Sarah Palin como compañera de fórmula. Fue una maniobra que galvanizó a su favor a esos grupos, pero lo alejó de aquellos votantes sin los cuales el triunfo es imposible: los independientes.
En cambio, la selección del senador Joe Biden, con gran experiencia en política exterior, compensó claramente una de las mayores debilidades de Obama.
En materia electoral nada es seguro hasta que se cuentan los votos. Sin embargo, hay tantos elementos a su favor, que la pregunta más importante, ahora, no es quién será presidente; es si Obama resultará, en efecto, la mejor opción para Estados Unidos, el mundo y, especialmente, América Latina. La respuesta es “sí”. Las razones para fundamentarla son múltiples; su necesidad de síntesis, inevitable.
Fuerza simbólica. Primero, y lo más evidente, es la enorme fuerza simbólica, el valor regenerativo y el ímpetu inspirador que tendrá la llegada a la Casa Blanca del hijo de un negro musulmán de Kenya y una blanca cristiana de Kansas.
¿Qué mejor muestra de la ductilidad social estadounidense, de su ejemplar apertura, y de su capacidad de reinvención y absorción? ¿Y qué punto de partida más vigoroso que este para potenciar, junto a su liderazgo inspirador, una ola de recuperación anímica, política y económica nacional, con claras repercusiones externas?
Obama no solo está en mejores condiciones de reimpulsar a su país; también, de dar a Estados Unidos mayores instrumentos para acercarse y acercar al mundo, incluido el resto del hemisferio.
Desde el sur. No sabemos mucho sobre los detalles de su eventual política latinoamericana, y no es este un campo al que le otorgue prioridad. Sin embargo, por lo que ha adelantado, por su falta de amarres al statu quo y por ser todo lo contrario del “americano feo” en que se convirtió Bush, está en mejor capacidad que su rival para lidiar con los crecientes desafíos políticos que vienen del sur.
Diversas modalidades de populismo autoritario se han impuesto en Venezuela, Bolivia y Ecuador. Daniel Ortega no cesa en sus ímpetus de arbitrariedad, y en El Salvador es posible que el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), antigua guerrilla convertida en partido de izquierda, gane la Presidencia.
Son desafíos que requieren una clara lectura de las similitudes y diferencias de cada caso, de las iniciativas más viables que se puedan emprender, y de las posibilidades de forjar alianzas con las democracias latinoamericanas para enfrentarlos; también, para asumir otros retos continentales.
Frente a la dictadura cubana, hace rato se requiere una política más creativa de Estados Unidos, que contemple la eliminación cuidadosa del embargo como una de las muchas tácticas para desarmar el totalitarismo y promover la democracia. Los republicanos no parecen entenderlo; Obama y los demócratas podrían ser mucho más eficaces al intentar cambios estratégicos hacia Cuba y otros países.
Fallas y vacíos. Las mayores inquietudes surgen en torno a su actitud hacia los tratados de libre comercio y Colombia.
Obama aún no ha sido capaz de entender –o reconocer– los grandes avances que, en medio del asedio de la narcoguerrilla y los paramilitares, ha logrado el Gobierno colombiano.
Insiste, además, en expresar dudas, no sobre las ventajas del libre comercio en sí mismo, sino sobre tratados que no incluyan disposiciones duras y expresas en materia ambiental y laboral, argumentos a menudo usados para camuflar el proteccionismo.
Lo bueno es que ha archivado la dureza de los comentarios sobre el tema formulados durante las primarias, y que no tiene una actitud ideológica al respecto. Por esto, podemos suponer que, de cara a las realidades de la Presidencia, y con una información más certera, sus actitudes en ambos casos evolucionen por buen camino.
Sobre migración y tráfico de drogas, sus planes aún tienen un excesivo nivel de generalidad. Es mejor esto que posiciones radicales de cualquier tipo, pero la falta de precisión inquieta.
La gran visión. Más allá de temas estrictamente hemisféricos, al imaginar lo que sería el impacto de un presidente Obama en América Latina no debemos olvidar que, en mucho, dependeráde qué pueda lograr en Estados Unidos y el resto del mundo.
En lo inmediato, su liderazgo y propuestas podrían ayudar a revertir con mayor rapidez la crisis financiera que, desde Wall Street, golpea a todos.
Sus visiones a largo plazo, sobre la seguridad social, la salud, la educación, el ambiente, las oportunidades y la productividad, aunque no siempre claras ni a prueba de errores, demuestran un sentido de dirección estratégica que McCain, al menos, no ha logrado exponer con convicción.
En diplomacia y seguridad exterior, Obama tiene una clara inclinación hacia la cooperación multilateral. Sin embargo, está lejos de ser ingenuo ante los riesgos, los desafíos y las hostilidades.
En esos temas, no es el clásico “halcón”, pero tampoco la típica “paloma”. No es Ronald Reagan; tampoco, Jimmy Carter. Luce como un realista dispuesto a analizar las opciones sin grandes prejuicios, pero apegado a los intereses políticos y geoestratégicos de su país. La ventaja es que, desde su visión, estos se acercarán con mayor frecuencia a los del resto de las democracias, incluyendo las de América Latina.
En una entrevista publicada en el número más reciente de la revista Rolling Stone , Obama se definió como una persona capaz de oír argumentos dispares, sopesar posiciones, analizar opciones y tomar decisiones.
Si, en efecto, actúa de esta forma desde la Casa Blanca, podrá enmendar vacíos y errores presentes en sus propuestas. No hay garantías, pero basta examinar el curso de su campaña y de su vida, para darnos cuenta de que estamos ante una persona de cualidades excepcionales, capaz de dirigir e inspirar, y de superarse a sí misma. Es decir, el mejor de los dos candidatos.
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