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Roberto Ordóñez | director@roiconsultorias.com |
Consultor
En estas semanas anteriores se han disparado los ánimos y las críticas a diferentes aspectos relacionados con el Estadio Nacional que considero conveniente comentar. Advierto que solo soy un aprendiz de temas urbanos, discípulo y admirador ferviente de Enrique Peñalosa, ese colombiano sin par, que logró en su corto gobierno de tres años, transformar a Bogotá como ciudad, con parques, escuelas, bibliotecas, ciclorrutas, agua potable al 100%, hospitales, cárceles, aceras y alamedas, y proveerla de un sistema propio de transporte público, Transmilenio, de tal eficiencia y economía que hoy, por su éxito desmedido, necesita ampliarse, en su proceso de desarrollo previsto desde el inicio, hasta el 2015.
Cultura ciudadana. Con todo ello Peñalosa complementó con éxito reconocido en el mundo la labor invaluable de cultura ciudadana que inculcó Antanas Mocus y la estructura administrativa, legal y tributaria que dejó Jaime Castro, primer alcalde mayor de Bogotá, por elección popular. De allí nace posiblemente mi vocación por los temas de ciudad, al ver que Bogotá, una ciudad antes abandonada a la mano de Dios, anárquica, desordenada, sin doliente, y capital de un país en guerra contra el terrorismo y el narcotráfico, logra cuajar sus proyectos y convertirlos en obras; y logra crear una cultura ciudadana y un sentido de pertenencia vital para la sostenibilidad de la urbe.
Entonces, con este parámetro, me pregunto con mucha frecuencia: ¿por qué, en un país, en una ciudad y en un área metropolitana como la GAM de solo 2,5 millones de personas, alfabetas, cultas, pacíficas, amables, con un buen nivel de salud, y unas condiciones económicas mejores que las de muchas otras latitudes de nuestra América latina, no se puede?
Encuentro unas explicaciones como respuestas, resultado de mis infructuosas y fallidas gestiones por darle a nuestras ciudades espacio público e infraestructura, explicaciones que puedo sintetizar diciéndome: porque no había habido planificación urbana; porque no hay capacidad operativa en nuestras instituciones; porque nadie se atreve; porque los que excepcionalmente se atreven son blanco de toda clase de criticas; porque tenemos ya inculcada e indeleble la cultura del no se puede, sustentada en cualquier razón o disculpa, aún en la legislación –anticorrupción–; porque vivimos bajo el poder de los mandos medios de la burocracia gubernamental que cansan hasta al presidente de la República; porque no hay decisión ni voluntad política; porque se prefiere dejar que otros se arriesguen y nadie lo hace; porque nos falta sentido de pertenencia por nuestro país y por nuestra ciudad; porque nos da envidia el éxito de los demás; porque nivelamos basados en la mediocridad y al que trate de hacer, hay que nivelarlo, obstaculizando su propuesta o su programa; porque le tememos al cambio y al progreso; porque somos conformistas y porque no reclamamos ni protestamos por lo que debemos reclamar y protestar; porque preferimos seguir siendo ticos sin visión al futuro con grandeza; y podría, como muchos podrían, citar otras circunstancias más.
Una buena prueba de todo ello es el Estadio Nacional, regalo imperecedero de la República Popular de China, ese gigante que ahora despierta y comienza a recorrer el mundo. Resulta que algunas personas opinan que deberíamos haber conservado el viejo estadio como monumento; otros dicen que con el estadio se va a perder el parque de La Sabana; otros sugieren que generará invasión, desorden y destrucción en las vecindades; a otros les parece extraño que el trámite ágil y eficiente, nunca visto en nuestro medio, es dudoso y, si se puede, como se está pudiendo, eso es sospechoso; otros reclaman zonas de parqueo inspirados en la agotada cultura de llegar en el carro hasta la puerta de la pulpería, o del consultorio, o de la oficina, o del almacén, ignorando o desconociendo el crecimiento, el desarrollo y el progreso de la ciudad, donde ya no caben los carros, pero sí cabe un sistema de transporte público económico, eficiente y digno para las grandes mayorías, unas aceras, unos bulevares para la gente, que es para quienes se diseñan las ciudades, y eso es perfectamente aplicable al nuevo estadio.
Cambio de actitud. No hay razón para que la gente quiera llegar al estadio en su carro individual. Así no es. De esa manera no cabemos todos. Habría que diseñar una zona de parqueo para 15.000 carros o más, y eso si acabaría con el espacio del parque. El problema del parqueo se soluciona con cultura ciudadana, con cambio de actitud, con cambio de comportamiento. No podemos pretender en la San José de hoy llegar en el carro al estadio. Para eso habrá servicios alternativos de transporte público. Sin embargo, el meollo del tema está en el cambio de actitud. Si todos jaláramos la carreta para el mismo lado, el país sería otro y conservaríamos el liderazgo regional que hoy perdimos frente a El Salvador y Panamá. Dejemos hacer a quienes quieren hacer y saben cómo hacerlo. Cambiemos de actitud.
Puedo complementar estos comentarios con un aplauso para la Sala Cuarta por su decisión y por el tiempo que empleó en el trámite del fallido intento del “no se puede”.
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